Es una epidemia mundial que nos hace estar ausentes y cautivos de la pantalla.
Quizás fue la imagen de miles de personas viajando en el metro de Guangzhou. Vagones repletos, una mano agarrada del riel y la otra sosteniendo el celular. Miradas fijas en la pantalla, cerradas al entorno, con apenas un atisbo ocasional para verificar la estación. Tal vez fue ver la misma escena repetida en cenas, entrevistas, vuelos y, de regreso a Guatemala, hasta en elevadores. O tal vez fue descubrirme sacando el teléfono de manera automática, para llenar ese vacío de ansiedad conectándome a la matrix.
Desde aquel viaje he estado más consciente de este fenómeno. Nosotros, los baby boomers, crecimos de otra manera. Hubo juegos de calle, amigos de barrio, conversaciones cara a cara, tardes de chamuscas y una comunicación directa. La primera pantalla importante fue el cine, un centro social y lugar de encuentro, amistad y romance. Después llegó la televisión, todavía con horario, sala común y límites. Nadie habría imaginado tener en la mano un aparato capaz de absorberlo todo.
La semana pasada fui a comer a un restaurante. En una mesa cercana vi a una familia completa encerrada en sus pantallas: padre, madre, un adolescente y un niño preadolescente; estaban juntos, pero no parecían convivir. No quiero juzgarlos. Esa escena me afectó porque todos participamos del mismo hábito. Por eso esta columna nace también desde un humilde mea culpa. Yo mismo peco de revisar más de la cuenta chats, noticias y mensajes que llegan sin pedir permiso.
Buscando fuentes e investigaciones sobre el tema, encontré datos que ayudan a entender el cambio. DataReportal estima que el usuario promedio de internet pasa más de dos horas diarias en redes sociales. Pew Research Center ha reportado que cerca de la mitad de los adolescentes estadounidenses dice estar conectado a internet casi constantemente. Los CDC (Centros de Control de Enfermedades) han asociado el uso elevado de pantallas en jóvenes con más síntomas de ansiedad, depresión, problemas de sueño, menor actividad física y desarrollo de habilidades sociales.
También encontré libros muy comentados sobre el tema. Jonathan Haidt, en The Anxious Generation (2024), plantea que la infancia basada en juego y contacto humano ha sido desplazada por una infancia basada en teléfono. Y Chris Hayes, en The Sirens’ Call (2025), analiza cómo la “atención humana” se ha convertido en uno de los bienes más disputados de nuestro tiempo. Ambos enfoques, desde ángulos distintos, muestran que no estamos ante una simple incomodidad moderna, sino ante un cambio profundo, en la manera de vivir, de convivir y de prestar atención.
Presentes, conscientes y despiertos para salirnos de la matrix y poder también pensar en Dios.
Lo preocupante es ver a nietos, hijos y adultos atrapados durante horas en redes que mezclan amistad, pose, aprobación y ansiedad. Sienten que deben dar likes a quienes les dan likes. Todo se vuelve imagen.
Tampoco se puede negar lo bueno: información, estudio, trabajo, comunicación con quienes están lejos. Pero junto a eso aparecen el bullying, sin dar la cara; la sexualización temprana; la comparación permanente, y una dependencia que se disfraza de normalidad.
Y es que el celular ya no es solo teléfono. Es correo, escuela, banco, cámara, mapa, periódico, televisión, oficina, Google y, ahora, inteligencia artificial. Por eso, su mal uso se ha vuelto más delicado y peligroso.
No podemos volver al pasado, pero sí podemos recuperar el mando. Teléfonos fuera de la mesa. Menos pantalla antes de dormir. Más conversación con los hijos. Más ejemplo de los padres. La verdadera modernidad no consiste en estar siempre conectados, sino en saber cuándo apagar la pantalla para mirar a quien tenemos enfrente.
Presentes, conscientes y despiertos para salirnos de la matrix y poder también pensar en Dios.