De regreso al hospital: la vejez de los hospitales 

De regreso al hospital: la vejez de los hospitales 

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09/06/2026 07:50
La Hora
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Resumen Inteligente

(Historia de los encuentros con papá) Hoy debí ir a un hospital. No era un hospital cualquiera. Era aquel hospital donde papá luchó por su vida por semanas, luego de que un muro perimetral, a la orilla de un río, se derrumbó en su espalda, perforándole el pulmón ya hace un cuarto de siglo, 25 […]
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(Historia de los encuentros con papá)

Hoy debí ir a un hospital. No era un hospital cualquiera. Era aquel hospital donde papá luchó por su vida por semanas, luego de que un muro perimetral, a la orilla de un río, se derrumbó en su espalda, perforándole el pulmón ya hace un cuarto de siglo, 25 años. No le puse mayor atención a la excelente doctora al enviarme a aquel hospital de recuerdos. Quedaba el hospital a un par de cuadras de la clínica de la doctora que revisaba mi rodilla derecha luego que un carro (coche le dicen en México) me atropelló meses antes en la esquina de la calle donde vivo. Yo iba en bicicleta e hice un giro en U hacia la calle paralela. Yo llevaba la vía, el coche, literalmente coche, venía rápido y en contra de la vía, de tal forma que me tiró luego de una colisión tangencial y caí con la rodilla y el brazo. Hubo raspones y dolores. Intenté levantarme, pero no pude. A lo lejos escuché la voz del piloto del auto, del coche, diciéndome: «Burro».

Unos buenos samaritanos me ayudaron a levantar mientras cuidaban de mis raspones. La llanta delantera de mi bicicleta dejó de ser un círculo perfecto para convertirse en un aro con forma más de «infinito», esto es: ,por lo que solamente cargué la misma hacia el basurero de la casa, quedaba realmente cerca. Mi rodilla derecha y mi llanta delantera parecían inservibles, porque ambas quedaron casi inmovilizadas.

Cambié más rápido la llanta de la bici que ponerle atención a mi rodilla. Luego de meses de estar utilizando medicina casera, que paños de agua caliente con vinagre y árnica, que este y aquel menjurje, lo que de a poco se fue transformando en fisioterapias. El dolor se parecía al de la democracia guatemalteca: Se iba y luego medio regresaba. Probé esto y aquello, que la ciática, que la columna, que el esto y que lo otro, que el dedo gordo del pie derecho. Todos tenían que ver con mi rodilla y todos habían dado ya su diagnóstico menos la traumatóloga. Pasaron casi dos años antes de que me animara a ir por un buen diagnóstico. Hasta hoy lo hice.

No cabe duda que los recuerdos más profundos los tiene el olfato. Apenas ingresé a ese hospital sentí el olor a limpio de las semanas que acompañé a papá. Era mi tercer semestre de mis estudios doctorales en Michigan, State University, la Universidad Estatal de Michigan. Ya era diciembre y estábamos en finales. Decidí volar de inmediato a Guatemala. Un amigo del condominio universitario donde yo vivía, Peter, me llevó en su carro a Chicago, gracias Peter. Fue un viaje tenso como el que todos hemos hecho a la carrera, cuando tenemos información incompleta y cuando te dicen: «Tu papá está hospitalizado en el intensivo…». El mundo se le cae a uno.

Todos esos recuerdos se vinieron de golpe cuando ingresé a ese hospital de hoy. Eso, ahora lo puedo analizar con más calma, un hospital alcanzado por la vejez de los hospitales. El hospital era pulcro hasta no más poder. Llegué al área de ingreso y pregunté a la señorita encargada dónde quedaba Rayos X. Era una jovencita de no más de veinte años que vestía como una señora enojada de cuarenta quien me indicó con la boca y la mano derecha hacia donde debía dirigirme. Desde allí ya se observaba la primera fila de habitaciones y podía leer Intensivo en letras grandes y azules sobre una pared intensamente blanca, como casi todo lo que se miraba ahí.

Quise ir al baño y busqué el mismo. Las puertas limpias color café tenían una cromatografía de los hospitales cubanos de los años 80, limpios, limpios con olor a viejo, viejo. Todo era así. Solamente tengo ese recuerdo de los baños de la casa de mi abuela Lola y mi abuelo Tono, un olor a viejo limpio, que raya con el miedo mío a la vejez.

Luego de hacer los pagos respectivos, hice mi turno. Es el mismo turno que uno hace en un hospital cualquiera del mundo. Ya metido en mí, pedí diagnósticos a la IA, queriendo imaginar qué es lo que van a diagnosticar ahora que todos echamos mano de la IA y esta da un diagnóstico completo, pero muchas veces equivocado si no tiene la información correcta. Así que mi IA empieza a adelantarse a los hechos con: «Desgaste de la columna lumbar». Y eso qué será digo yo, y pregunto, y responde: «Estenosis foraminal del túnel donde pasa el nervio…» y así la sarta de posibles causas de mi dolor de rodilla, aunque el diagnóstico artificial de la IA no decía nada de mi rodilla. Alienación creo que le llaman a eso. Ah no, es alucinación. Bueno, es ambos.

En eso dicen mi primer nombre, al que no me acostumbré nunca por lo que no me di por enterado hasta que lo leyeron completo e ingresé a una zona extremadamente antigua que me recordaba nuevamente a un hospital cubano de los años 70 u 80, viejo, viejo. Sin embargo, este con un equipo japonés de diagnósticos ultra moderno que no se miraba bien en esos antiquísimos espacios. Había un biombo de madera de cedro viejo que solamente debí verlo en la casa de mi abuela Lola, desde donde se escondía un computador moderno que gobernaba todo el sistema de toma de radiografías.

Mi mente, yo, el contexto social en que me encontraba hoy no dejaba de pensar en papá. Ahora recuerdo que cuando lo vi sonrió como siempre y me dijo: «¿para qué viniste?, esto no es nada, allá tenés mucho que hacer». Sonreímos entonces al unísono. Sentí sus brazos débiles en mi espalda grande, pero nos dijimos juntos la frase aquella que nos dijimos siempre cuando debíamos salir de algún problema: «Arriba Tecún valiente, no temáis al enemigo, recordad que estoy contigo, que soy Witizil Sunum».

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