Ya a nadie llama a duda que los valores del “bienestar” ocupan una posición muy baja dentro de políticos y funcionarios actuales, a pesar de que hablan de ellos en una escala muy alta y los practican a muy baja o nula. El bienestar, individuos y poblaciones lo disfrutan, cuando los gobiernos echan a funcionar […]
Ya a nadie llama a duda que los valores del “bienestar” ocupan una posición muy baja dentro de políticos y funcionarios actuales, a pesar de que hablan de ellos en una escala muy alta y los practican a muy baja o nula.
El bienestar, individuos y poblaciones lo disfrutan, cuando los gobiernos echan a funcionar de forma conjunta los valores espirituales superiores como el amor, la bondad, el esfuerzo, la alegría, el entusiasmo, la amistad, el compañerismo, el trabajo por los demás. Cuando –como dicen los filósofos éticos– se dejan atrás prejuicios raciales, nacionales o religiosos y se echan a andar todos estos valores, el bienestar se generaliza. Misión que corresponde al Estado.
Y no estoy diciendo no darle ningún valor a las condiciones materiales y a la seguridad económica del funcionario y el político. De lo que estoy hablando es de acercar a la mayoría de ciudadanos la facilidad a comer; un lugar confortable en donde vivir, estudiar, trabajar y dormir como se debe; de un lugar en dónde conversar con nuestros familiares y nuestros amigos y participar en acciones comunitarias. Esto demanda de cambios no solo políticos sino también de culturales severos.
En la actualidad, tampoco podemos abstraernos de que la era de las comunicaciones universales en la que está envuelto el mundo, ha hecho que mucha gente tenga una visión directa de lo mejor que se puede tener en otras circunstancias y en otros ambientes. Y que se haya producido lo que los psicólogos llaman la “explosión de las expectativas”. Es decir, gran cantidad de seres humanos, cada vez mayor, quiere alcanzar los niveles más altos a que apenas unos pocos han llegado. Un nivel material adecuado es muy importante en ello y en eso, el papel de las remesas de los migrantes es en estos momentos importante.
El dolor, la violencia, la enfermedad, la enemistad, el odio, el sentimiento de inferioridad, el desprecio de los demás, son situaciones que no puede soportar el ser humano normal. Lamentablemente, de ello estamos inundados en nuestro país y ello a pesar de los adelantos de la ciencia y de la tecnología, modernas y los progresos de las ciencias sociales, herramientas que facilitan entregar al ciudadano, lo mejor para su desarrollo y el de su territorio.
En consecuencia, nuestros gobiernos y su gobernanza, deberían tener claro y enfocarse a facilitar el acceso a la ciudadanía de cosas elementales: comida, vestido, salud, vivienda, salario, diversiones, transporte, reconocimiento, amistades. Cosas de valía y utilidad que no tienen por qué ser excepcionales o exclusivas solo para algunos. Pero ello solo es posible con gobiernos democráticos y de alta eficiencia y eficacia.
Mientras el valor económico rija los anhelos y deseos del político y los funcionarios públicos, dejando a un lado el mandato constitucional de implementar el bienestar físico, social y espiritual, muchos ciudadanos seguirán sumergidos dentro de un mar de insatisfacciones. Si continuamos dejando a un lado el valor de la convivencia entre los seres humanos; el valor de la paz; el valor de la colaboración y de la amistad entre los hombres; el valor de la justicia; el valor de la libertad, ciertamente; el valor de la propia decisión; el valor de la independencia de criterio; en aras de la satisfacción personal, nunca haremos de Guatemala una nación libre y llena de bienestar.
De allí la importancia de conformar un gobierno capaz de ayudar al que más está en un problema, en una necesidad, en un apuro. De ayudar al que más lo necesita; al más pobre, al más infeliz, al más desgraciado. Pero no de ayudarlo, simplemente, con un regalo material, aunque a veces éste puede ser lo más importante para él, sino en un sentido más amplio, si se quiere lograr su felicidad y su mejor vida.