¿Paz?, ¿qué paz?

¿Paz?, ¿qué paz?

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10/03/2026 07:54
La Hora
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Resumen Inteligente

Autor: Andrés Alborná Instagram: @aalborna Editorial: [email protected] El sistema internacional contemporáneo está compuesto por organizaciones, empresas, Estados y otros actores; aunado a ello, coexisten procesos, reglas y normas que configuran el inestable escenario internacional, el cual, posee tantos intereses y necesidades en pugna, como actores lo componen. Es decir, el sistema internacional es el entramado […]

Autor: Andrés Alborná
Instagram: @aalborna
Editorial: [email protected]


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El sistema internacional contemporáneo está compuesto por organizaciones, empresas, Estados y otros actores; aunado a ello, coexisten procesos, reglas y normas que configuran el inestable escenario internacional, el cual, posee tantos intereses y necesidades en pugna, como actores lo componen. Es decir, el sistema internacional es el entramado engranaje en el que operan las relaciones internacionales estatales como entre Estados u otros actores.

Considerando que estos actores desean satisfacer esta misma diversidad de intereses y necesidades por cualquier medio posible, incluyendo en ocasiones medios bélicos, se suele considerar al sistema como anárquico, ya que no existe una autoridad supranacional que posea la legitimidad o los medios para gobernar unilateralmente y doblegar a cualquier actor para desistir en su persecución por conseguir sus metas y propósitos institucionales.

A raíz de las dos guerras mundiales en el siglo XX, se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con el supuesto propósito principal de conservar la paz y la seguridad internacional; hasta el momento, si bien ha ayudado a cualquier desenlace de guerra mundial, siguen existiendo guerras a menor escala que ponen en duda la credibilidad de dicha organización. Es por ello que surge la duda, ¿de qué paz se hablaba?, y aún más importante, ¿de qué paz se habla ahora?

Desde hace 100 años, la definición del concepto de paz se atribuía a la ausencia de guerra y violencia directa, o paz negativa; es decir, la paz definida como “no guerra”, en donde se percibe “guerra y paz como fenómenos entre los que se establece una relación de oposición excluyente”, tal como la describe Francisco Harto de Vera en su recopilación de definiciones de este concepto (2016). Se percibía entonces a la paz como una tregua de guerra o reconciliación de diferencias.

Sin embargo, es gracias al sociólogo Johan Galtung que, en la década de los ochenta, se redefine el concepto de paz, o al menos se consideran otras acepciones. Nace, entonces el concepto de “paz positiva”, que dependiendo de otras variantes y grados de orden, se define como la consolidación de un entorno social, político, económico y ambiental en el que todos los individuos disfrutan de la igualdad real de oportunidades, estructuras económicas sustentables, libertades fundamentales garantizadas y espacios libres de represión.

Si bien esta definición es más apropiada a la realidad de un estado de paz, considero que existe una paz más genuina y duradera, que no depende de condiciones externas, causas sociales, demostraciones científicas o datos estadísticos: es la paz interna que lo transforma todo.

Diversas investigaciones sobre conciencia colectiva y neurociencia aplicada han comenzado a explorar esta idea desde una perspectiva científica. En Sobrenatural (2017), Joe Dispenza expone estudios y experiencias en las que grupos de personas que practican meditaciones enfocadas en una intención común, por ejemplo la reducción de la violencia, han coincidido con disminuciones medibles en indicadores como la criminalidad en determinadas ciudades o comunidades. Aunque el fenómeno continúa siendo objeto de debate académico, la hipótesis es sugerente: cuando suficientes individuos cultivan coherencia emocional, atención plena y una intención dirigida hacia la armonía social, pueden generarse efectos sistémicos que trascienden al individuo. Así, la paz interior dejaría de ser únicamente una experiencia personal para convertirse también en un posible catalizador de transformaciones colectivas.

Sin embargo, retornando nuestra atención a la paz clásica, que se vislumbra en el exterior, la estabilidad, el respeto y la cordialidad de las relaciones interestatales que componen el complejo sistema internacional se encuentra al borde del colapso, ante actores que buscan maximizar sus recursos, expandiendo su esfera de influencia, y que además, buscan modificar nuevas reglas al tablero de ajedrez con base en sus propios intereses.

Así pues, la paz mundial no se logra a través de discursos bien elaborados o juntas clientelares que dicen buscar la paz; se logra con la voluntad de construir un ecosistema –un hogar, una comunidad, una ciudad o un país– más amable, respetuoso, solidario y pacífico; aceptando y respetando las diferencias, y construyendo con ellas murallas con bloques de diferentes colores, tamaños y materiales, que consoliden el gran imperio de la paz positiva. Porque la paz, es posible.

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