Shanghái y las paradojas de China

Shanghái y las paradojas de China

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28/04/2026 00:04
Prensa Libre
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Resumen Inteligente

Vi también algo que llama la atención de inmediato: seguridad.

Escribo estas líneas desde Shanghái, una ciudad de casi 25 millones de habitantes, donde todo parece moverse con una naturalidad asombrosa. Hay torres inmensas, trenes que llegan a tiempo, calles limpias y una actividad constante que no descansa. Muy cerca corren las aguas del Yangtsé, río decisivo en la historia china y uno de los grandes caminos comerciales de Asia. Por las noches pasan barcos iluminados frente al Bund, mientras detrás se levantan edificios que parecen venir de otro siglo. Shanghái mira hacia adelante, pero nunca deja del todo atrás lo que fue.

Y con esta columna cierro mis crónicas sobre China; un viaje trascendente y muy ilustrativo.

La ciudad también conserva rastros de los antiguos enclaves extranjeros, sobre todo británicos. En algunas fachadas, en ciertas avenidas arboladas y en edificios de otra arquitectura todavía permanece el recuerdo de una etapa difícil para China. No es casual que este país hable tanto de soberanía, estabilidad y control. Las naciones también reaccionan a sus heridas coloniales.

Durante estas semanas recorrí China lejos de las rutas turísticas, acompañado por amigos chinos de muchos años. Gracias a ellos conocí la vida diaria: pequeños poblados, restaurantes sencillos, agricultores, empresarios, centros comerciales llenos de familias y ciudades que trabajan desde temprano hasta entrada la noche. Vi una clase media numerosa, bien vestida, consumiendo con tranquilidad.

Vi también algo que llama la atención de inmediato: seguridad. Personas caminando a cualquier hora, mujeres solas usando el teléfono en la calle, ancianos moviéndose con calma, jóvenes saliendo de noche sin miedo visible. En tiempos donde la violencia urbana se ha vuelto costumbre en tantas ciudades, eso pesa más de lo que solemos admitir.

Mientras en otras regiones muchas decisiones se empantanan, aquí se construyen carreteras, puertos, líneas férreas y zonas industriales con notable rapidez. El sistema chino mezcla mercado con mando central. Existen empresas privadas gigantescas, propiedad, competencia y deseo de prosperar. Pero todo opera dentro de una estructura política vertical que premia resultados y exige disciplina.

En la Feria de Cantón vi miles de empresarios llegados de África, Oriente Medio, América Latina y Europa. Había idiomas de todas partes. La presencia estadounidense era casi nula, reflejo de las políticas tarifarias y las tensiones comerciales. Es evidente que el comercio mundial sigue su curso, aunque cambien las rutas.

Europa merece reflexión aparte. Varias políticas ambientales, sumadas al alto costo de la energía redujeron competitividad industrial. Alemania, antiguo símbolo manufacturero, enfrenta cierres y reacomodos. Casi toda la industria de automóviles sucumbió a la capacidad productiva y logística de China y se trasladó acá. Algunos amigos liberales me escribieron tras leer mis primeras crónicas. Uno me recordó algo esencial: aquí muchas libertades dependen del permiso del Partido, no de derecho individual firmemente garantizado. Tiene razón. La eficiencia no reemplaza la libertad, ni el orden basta por sí solo.

Pero también sería injusto no ver la otra cara. Muchas democracias parecen incapaces de resolver problemas básicos o ejecutar obras urgentes sin años de disputas politiqueras, lo vemos en Guatemala, Latinoamérica, pero especialmente en Europa y Estados Unidos.

China tampoco vive sin sombras. El desempleo juvenil urbano se ha mantenido elevado, tras superar el 20% en mediciones anteriores, según la Oficina Nacional de Estadísticas. El crecimiento económico se ha moderado hacia rangos cercanos al 5%, de acuerdo con el FMI y el Banco Mundial. También pesan el exceso de vivienda vacía, la deuda y la desigualdad entre ciudades costeras y regiones interiores.

Una mañana, al bajar al gimnasio del hotel, vi a varios trabajadores formados en fila frente a su supervisor. Escucharon en silencio las instrucciones del día. Al terminar, respondieron al unísono, hicieron una breve reverencia y se dispersaron con rapidez hacia sus tareas. Allí entendí mejor una parte de la ventaja china: disciplina, jerarquía y sentido colectivo. Por eso pienso que el sistema chino no se puede exportar. Está tejido a su historia, a su escala y a una cultura milenaria que no se improvisa. China seguirá despertando admiración, recelo y debate. Me voy con una conclusión sencilla: China es una potencia que disputa la hegemonía mundial y tiene ventajas competitivas que se están comiendo los mercados locales mundiales. Pero es evidente que enfrenta sus propios desafíos y fisuras. El futuro lo decidirá. Pero es innegable que existe un nuevo orden mundial.

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