Autor: Meylin Mendizabal Instagram: @ m._mendizabal Editorial: [email protected] He pasado un tiempo sin escribir en este espacio. Durante ese período reflexioné y reuní ideas que hoy, finalmente, me animo a compartir. Con frecuencia escuchamos cómo se culpa al gobierno de diversos fracasos, atribuyéndolos directamente a su orientación política. En conversaciones con amigos, en redes sociales […]
Autor: Meylin Mendizabal
Instagram: @ m._mendizabal
Editorial: [email protected]
He pasado un tiempo sin escribir en este espacio. Durante ese período reflexioné y reuní ideas que hoy, finalmente, me animo a compartir.
Con frecuencia escuchamos cómo se culpa al gobierno de diversos fracasos, atribuyéndolos directamente a su orientación política. En conversaciones con amigos, en redes sociales o en reuniones familiares, la narrativa suele repetirse: “es que son de izquierda/derecha, por eso no funciona”. Pero esta explicación simplista es injusta y, además, impide comprender las verdaderas causas de los problemas que enfrentamos como sociedad.
El problema fundamental no radica en ser de izquierda o de derecha. Tanto la historia como la realidad que nos rodea muestran algo más complejo y, a la vez, esperanzador: lo que realmente determina el éxito o el fracaso de un gobierno es la voluntad política genuina de sus líderes y su capacidad para generar trabajo coordinado entre instituciones, respondiendo de manera efectiva a las necesidades concretas de la población.
Empecemos con la teoría
La Ciencia Política superó hace tiempo la idea de que existe una fórmula ideológica única para el buen gobierno. En La construcción del Estado, el politólogo Francis Fukuyama explica que el éxito depende de dos dimensiones: el alcance del Estado (qué tanto pretende hacer) y su fuerza (la capacidad real de ejecutar políticas y aplicar la ley). Él señala que un Estado puede aspirar a hacerlo todo, pero si carece de fortaleza institucional, inevitablemente falla. Y, para evitar malentendidos, estos criterios son herramientas analíticas, no pertenecen a ninguna corriente política.
De manera similar, la teoría del neoinstitucionalismo sostiene que el desarrollo de un país no depende de la ideología, sino de la calidad de sus instituciones. Douglass North, premio Nobel de Economía, demostró que las sociedades prosperan cuando cuentan con estructuras sólidas, predecibles y coordinadas, independientemente del signo político de quienes las dirigen.
El acertar y fallar de la izquierda
Miremos algunos ejemplos concretos. Uruguay, bajo los gobiernos de izquierda del Frente Amplio entre 2005 y 2020, redujo de manera notable la pobreza, impulsó reformas importantes y mantuvo estabilidad macroeconómica. ¿La clave? Voluntad política, diálogo constante entre distintos sectores y una coordinación institucional eficaz. No abandonaron sus principios progresistas, pero los aplicaron con pragmatismo y coherencia.
Los países nórdicos, mediante modelos socialdemócratas, han construido sociedades con altos niveles de bienestar, educación de calidad y salud universal. Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia demuestran que este tipo de políticas puede coexistir con economías dinámicas, siempre que exista liderazgo dispuesto a coordinar esfuerzos entre Estado, sector privado y sociedad civil.
También es necesario hablar de los tropiezos. Venezuela es quizá el ejemplo más doloroso en la región: un proyecto que, partiendo de un discurso progresista, derivó en un régimen autoritario con instituciones cooptadas, corrupción sistemática y una economía colapsada. ¿Fue culpa de la izquierda? No exactamente. Fue consecuencia de la concentración de poder y la erosión de contrapesos.
Argentina, por su parte, ha atravesado ciclos de inestabilidad bajo distintos gobiernos peronistas (de izquierda y centroizquierda) que no lograron acuerdos duraderos entre actores políticos y corporativos, lo cual ha impedido consolidar una estabilidad económica más allá de los ciclos electorales.
Las virtudes y errores de la derecha
La derecha también ofrece ejemplos de éxito. Chile, durante décadas, construyó instituciones sólidas y logró un crecimiento económico sostenido. Singapur, gobernado por el conservador Partido de Acción Popular, transformó una ciudad portuaria en una potencia global mediante inversión en educación, infraestructura y una burocracia meritocrática.
Alemania, bajo gobiernos de centroderecha encabezados por Angela Merkel, mantuvo estabilidad, prosperidad y cohesión social mediante responsabilidad fiscal, inversión en capital humano y diálogo social permanente.
Pero la derecha tampoco está libre de fracasos. La dictadura de Pinochet en Chile generó crecimiento, sí, pero a costa de graves violaciones a los derechos humanos y desigualdades que estallaron décadas después. El gobierno de Macri en Argentina llegó con promesas de modernización, pero la falta de coordinación, errores en el manejo económico y ausencia de consensos lo llevaron a un fracaso electoral.
El peligro de los extremos
Hay algo que me frustra cuando observo la realidad latinoamericana: la desesperación ante la corrupción, la inseguridad y la ineficiencia ha llevado a muchos a estar dispuestos a ceder libertades a cambio de promesas de orden. ¿A qué costo?
Los extremos, tanto de derecha como de izquierda, tienden a ofrecer soluciones rápidas para problemas complejos.
La extrema derecha promete mano dura y orden “tradicional”, culpando a minorías o grupos específicos. El caso de El Salvador con Nayib Bukele lo ejemplifica: si bien la violencia disminuyó drásticamente, fue mediante la suspensión de derechos constitucionales y una concentración creciente de poder.
La extrema izquierda, por su parte, promete justicia inmediata para los más vulnerables, pero a menudo destruye instituciones y concentra poder en pocos. Nicaragua es un caso claro: Daniel Ortega pasó de impulsar un proyecto de izquierda a instaurar una dictadura familiar que reprime cualquier oposición. Cuba y Corea del Norte también muestran cómo las revoluciones pueden derivar en sistemas opresivos y empobrecedores.
La historia lo demuestra: perder libertades es fácil; recuperarlas, casi imposible. Los autoritarismos, sin importar su color político, rara vez retroceden.
El factor común
Al observar estos casos con detenimiento, surge un patrón claro: los gobiernos eficaces combinan liderazgo orientado al bien común y funcionan desde un “centro democrático” que respeta las instituciones. Sean de centroizquierda o centroderecha, rehúyen los extremos y operan dentro del marco democrático para construir soluciones.
En contraste, los gobiernos que fracasan suelen presentar debilidad o corrupción institucional, falta de coordinación, ausencia de diálogo con oposición y sociedad civil, e incapacidad para adaptar políticas a realidades cambiantes. Muchos fallan precisamente cuando adoptan posturas extremas que priorizan la ortodoxia antes que el bienestar ciudadano.
Hacia una crítica más constructiva
Cuando reducimos todo a “es que son de izquierda” o “es que son de derecha”, simplificamos tanto que oscurecemos preguntas esenciales: ¿Existen instituciones coordinadas? ¿Hay voluntad política real? ¿Se están construyendo acuerdos que trasciendan el ciclo electoral? ¿Hay mecanismos efectivos de rendición de cuentas?
Como ciudadanía, merecemos algo más que consignas. Necesitamos gobiernos que, independientemente de su orientación, sepan coordinar, rendir cuentas y priorizar el bien común. Pero también debemos ser cautelosos: cuando la frustración nos tienta a respaldar soluciones autoritarias, podemos terminar sacrificando libertades a cambio de promesas inmediatas.
La democracia es imperfecta, lenta y a veces frustrante, pero es el único sistema que permite corregir sin destruir.
Mi postura personal
No suelo decir que pertenezco a un paradigma político; más bien sostengo que siempre estaré del lado de los derechos humanos, sin excepciones. Creo en el derecho a una vida digna, lo que incluye acceso a servicios básicos garantizados por el Estado. No me avergüenza pensar así. Pero también entiendo que mis convicciones no son absolutas. Cada persona posee su propia verdad, moldeada por su experiencia, contexto, valores y prioridades. Esa diversidad es el fundamento de la democracia, la que permite encontrar nuevos ángulos cuando dialogamos con honestidad.
De las diferencias ideológicas podemos (y debemos) aprender. El capitalista enseña eficiencia, el conservador continuidad, el liberal límites al poder. Y yo, desde mi perspectiva, puedo aportar la urgencia de la justicia social y la inclusión de los más vulnerables.
No se trata de abandonar nuestros principios, sino de tener la madurez política para comprender que el bienestar colectivo exige tejer un proyecto común que nos permita convivir, prosperar y cuidarnos mutuamente.
Esa es la Guatemala (y la Latinoamérica) que merece existir.