Justicia necesitamos
El asesinato esta mañana del licenciado Juan Francisco Solórzano Foppa y Gustavo Adolfo Aguilar Gamarro, realizado frente a cientos de personas, en plena luz del día, en un lugar donde hay cámaras y frente al hijo pequeño de Foppa cuando estaba participando en una actividad deportiva en el Campo de Marte, ha conmocionado a buena […]
El asesinato esta mañana del licenciado Juan Francisco Solórzano Foppa y Gustavo Adolfo Aguilar Gamarro, realizado frente a cientos de personas, en plena luz del día, en un lugar donde hay cámaras y frente al hijo pequeño de Foppa cuando estaba participando en una actividad deportiva en el Campo de Marte, ha conmocionado a buena parte de la sociedad, al margen de las diferentes posturas políticas, puesto que marca el retorno a un pasado que ya nos causó demasiado dolor y angustia. Sentido pésame a las familias de ambos y la solidaridad con quienes vivieron momentos de angustia ante el vil asesinato.
Estamos en las vísperas de una nueva campaña política y todos sabemos cuáles son los grandes intereses en juego para la siguiente elección. Desafortunadamente, no disponemos de una estructura judicial ni del Estado de Derecho que proteja y privilegie la vida humana, sino, al contrario, un aparato que se ha dedicado ya por años a perdonar a los criminales, sean estos ladrones de fondos públicos o asesinos de diverso nivel y envergadura. Aquí quien mata a alguien sabe que podrá disponer de un sistema de justicia que le apañará sus hechos. No importa si el victimario es sicario, traficante, ladrón, asaltante de autos, médico que descuartiza pacientes o automovilista que deliberadamente embiste a un motorista, puesto que pueden salirse con la suya tranquilamente.
¿Quién entonces no sentirá la tentación de ganarse la vida como sicario? Ante la falta de justicia, se vuelve más fácil recurrir a al asesinato para acallar una voz, terminar una disputa o matizar una diferencia. El fallido sistema de justicia, secuestrado hace décadas por las mafias de todo tipo, termina alentando a muchos a convertirse en un sicario más, es decir trabajar como asesinos a sueldo que ejecutan a las víctimas no solo con total sangre fría sino con la tranquilidad y confianza que brinda el aparato montado para favorecer con la impunidad a todos los delincuentes. El sicariato se convierte así en un “empleo” más que atrae a muchos.
Los autores intelectuales de esta y otras muertes, se vuelven mentes que pueden operar en la clandestinidad, arropados por una impunidad que duele, impacta, preocupa y nos genera una frustración especial. La porosidad del sistema de justicia y los caminos para “llegar a algunos jueces”, ahora se sienten con más fuerza.
La muerte de Solórzano Foppa viene a materializar el temor que muchos han venido comunicando desde hace algún tiempo al ver cómo la vida dejó de ser el valor más apreciado y respetado por la sociedad. Hace muchos años que los juzgadores se hacen de la vista gorda de su responsabilidad y tanto ellos como un Ministerio Público que durante 8 años decidió dar consuelo a los criminales, han coadyuvado a crear este régimen de inseguridad y podredumbre, del que ahora tenemos que salir con la ley en la mano.
El Ministro de Gobernación dio una explicación racional y objetiva de lo que están haciendo, tratando de esclarecer los hechos y pareciera un buen punto de partida, pero si los ciudadanos no exigimos que nuestra justicia cambie, que deje de ser la asquerosidad en que se ha vuelto, de nada servirá un nuevo Ministerio Público o una autoridad de Gobernación con deseo de hacer las cosas.
Sin duda es un momento muy difícil y nos toca confiar en la calidad de quienes dirigen el Ministerio de Gobernación y el Ministerio Público para lograr una investigación basada en hechos demostrables y elementos irrefutables para que la justicia cumpla su papel.
Foppa alcanzó un nivel de notoriedad que pudo hacer pensar a cualquiera que su muerte no pasaría desapercibida por las autoridades, pero sus autores intelectuales y materiales mandan un mensaje escalofriante: no nos importa.
Llorar la muerte de cualquier ciudadano es obligado en las circunstancias actuales, pero más lo es cumplir con nuestra obligación de exigir que el modelo cambie, que termine esa podredumbre que durante años ha incidido en que algunos que debían investigar no lo hicieran y otros que usan la toga para burlarse de la justicia. Guatemala y sus ciudadanos merecen mejor y si esto no nos hace despertar y alcanzar acuerdos, nada lo hará.