Un Mundial raro

Un Mundial raro

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14/06/2026 00:02
Prensa Libre
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Resumen Inteligente

No sé si sea solo yo, pero este Mundial se siente raro.

Personalmente, el del 90 es el Mundial que recuerdo con más nostalgia. Cursando el quinto bachillerato, ese junio nos tomó a tres meses de graduarnos. Eran esos tiempos de la vida cuando cualquier segundo era excusa para un junte. Los partidos en la televisión acompañaron eso. Un amigo la pasó en el hospital y nos era imposible no gritar los goles, que se escuchaban en todo el pabellón. Coleccionamos estampitas con fervor. Un’estate italiana fue más que solo una canción. Sus notas se colaban del oído al corazón. A pesar de la decepción por su escasez de goles, aquel verano europeo se proyectó a todo un mundo entero, que, de pronto, pareció ponerse en pausa. Y muchos habremos querido, aunque fuera por un instante, ser un poco más italianos.

El mensaje dice “bienvenidos”. Pero el país no suena a invitación.

Cierto, hablo desde la nostalgia personal. Pero no fue solo Italia. Esto no sucedió solo en el 90. Es precisamente lo que provocaban los mundiales. Aquello que conocemos como la “diplomacia suave”, vestida de un balón. Es lo que hacían los anfitriones. En su momento lo hizo España, que pensó necesario mostrarse por fin democrática. Francia, en su eterno empeño por proyectarse como universal. Alemania, como amable. Sudáfrica, reconciliada. Brasil, alegre. Y Rusia, menos amenazante. Y todos amarrando su particularidad con un mensaje que siempre fue el mismo: Conózcannos. Las puertas están abiertas. El Mundial, así, era vitrina… fue invitación.

Pero en cada uno de esos mensajes, los países tenían acciones concretas que les daban credibilidad. En España 82, Franco había muerto siete años antes. La democracia avanzaba y la integración a Europa estaba apuntalada. Francia simbolizó ese universalismo con un equipo diverso y multicultural. Alemania, en el 06, no digamos. Su reunificación estaba quince años añejada y dos generaciones separaban al país de los horrores de la historia. Sudáfrica llegó con un apartheid derrotado. Y así, muchos más: Brasil con su optimismo económico del momento, y Catar posicionándose como más que un desierto. Se cumplió, en cada uno, una máxima que escuché una vez de un ilustre diplomático: La proyección —a lo externo— se acompaña de congruencia —en lo interno—.

No sé si sea solo yo, pero este Mundial se siente raro. Primero, porque su triple sede esfumó aquello de conocer, con un torneo, una cultura. México no podría diferir más culturalmente de sus coanfitriones. Y Canadá, asumo, no podría pasar por un momento de mayor deseo de alejamiento de su vecino del sur. Estados Unidos, mientras tanto, se llevó el protagonismo del torneo. Pero le toca hacerlo en un momento en que su mensaje no resuena como invitación. La página del torneo ofrece un eslogan perfecto: “Ready to welcome the world once again”. Listos para volver a dar la bienvenida al mundo. Pero no hace falta subrayar la incongruencia. ¿Con qué nos la darán? ¿Con una cuadrilla de ICE en pasamontañas? ¿Quién dará esa bienvenida, Stephen Miller, Thomas Homan… Kristi Noem, acaso?

Lo lamento, pero este Mundial se siente diferente. No porque Estados Unidos carezca de la capacidad organizar algo grandioso. Al contrario, creo que estamos prestos a presenciar un espectáculo impresionante de la historia. Y tampoco porque los países anteriores hayan sido alguna vez perfectos. No. Pero durante décadas —mi vida consciente entera, de hecho— todos estos torneos dijeron “aquí estamos”, “conózcanos”. Eso mismo del 90: sírvase sentirse hoy, usted, un poco italiano. Esta fiesta global llegó, en cambio, en un momento, a un lugar, donde el mensaje es mucho menos claro. En un tiempo cuando la invitación no se siente real. Y cuando la diplomacia intenta borrar lo que no se puede olvidar.

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