Las dictaduras universitarias 

Las dictaduras universitarias 

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23/07/2026 07:54
La Hora
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Resumen Inteligente

Como si fuera una película de terror lo que viven los y las estudiantes criminalizadas en la Universidad de San Carlos de Guatemala durante los fraudes consecutivos del usurpador y destazador de universidades alias Walter Mazariegos, todo esto parece un retroceso a las dictaduras de America Latina de los años 70 y 80 del siglo […]
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Como si fuera una película de terror lo que viven los y las estudiantes criminalizadas en la Universidad de San Carlos de Guatemala durante los fraudes consecutivos del usurpador y destazador de universidades alias Walter Mazariegos, todo esto parece un retroceso a las dictaduras de America Latina de los años 70 y 80 del siglo pasado. Parecía, pero solamente parecía, que habíamos superado las dictaduras de entonces con la emergencia de la democracia en todos los países latinoamericanos lastimados por autócratas, psicóticos, dictadores, asesinos y muchos genocidas como Pinochet en Chile, Stroessner en Paraguay y claramente nuestro premio nacional al asesinato en masa: Ríos Montt. Pero regresaron envueltos en papel de academia.

La Alianza Criminal es el diseño del Pacto de Corruptos para mantener el control del país por todos lados, desde lo espiritual, aliándose a las iglesias rancias que usan a Dios como pretexto para extraerle la sangre a los guatemaltecos hasta lo académico, donde la Alianza Criminal encontró no un amigo, no. No encontró un amigo, encontró varios rectores que en lugar de ser figuras académicas se mostraron como dirigentes de la Alianza Criminal que se asegura de limpiar el camino para que el Pacto de Corruptos pueda hacer lo que le venga en gana en Guatemala.

Las universidades organizadas no solamente en el Consejo Superior de Universidades Privadas sino en la parte medular de la Alianza Criminal, se han asegurado de que el Pacto de Corruptos pueda hacer lo que le venga en gana, como siempre lo ha hecho. Sin embargo, luego de los ataques de la Comisión Internacional Contra la Impunidad (CICIG), el Pacto debió reorganizarse para asegurarse que nunca más le sacarán los trapos al sol y mostrarán lo que realmente son: Ladrones, corruptos, de todo, lo peor de la sociedad guatemalteca.

Es en ese contexto que emerge un personaje siniestro que se cree dictador de un país bananero capaz de hacer lo que le venga en gana a la Pinochet o a la Stroessner o para ser más chapina como si fuera el psicótico de Rios Montt.

Walter Mazariegos no llega con tanquetas ni con escuadrones de la muerte a plena luz del día como en 1980, cuando las balas entraban al campus de la zona 12 y asesinaban a estudiantes que solo querían pensar libremente. No. Llega envuelto en togas, con resoluciones amañadas del Consejo Superior Universitario, con el manto de impunidad de una Corte de Constitucionalidad cooptada y con el silencio cómplice de quienes debían defender la autonomía. Llega con el mismo método que Anne Applebaum describió en su libro Cortina de Hierro, cuando analizó cómo el totalitarismo soviético aplastó las universidades de Europa del Este: no siempre con fusiles, sino con el control burocrático, la purga de los disidentes, el miedo instalado en los registros académicos y la transformación de la institución en un aparato de obediencia.

Applebaum muestra en El Ocaso de las Democracias y Autocracia S.A. que las nuevas autocracias ya no necesitan una ideología grandiosa. Solo necesitan redes de poder, impunidad y la captura de las instituciones que deberían producir pensamiento crítico. Mazariegos es el producto local de esa lógica. No es un intelectual. Es un destazador. Un usurpador que llegó sin finiquito, con denuncias acumuladas, y que se perpetúa mediante fraudes consecutivos porque el Pacto de Corruptos necesita a la San Carlos controlada: no solo por las 76 sillas que la universidad tiene en el Estado, sino porque una universidad pública crítica es el último espacio donde todavía puede nacer una idea peligrosa para ellos.

Lo que hoy se llama “muerte académica” –la desaparición de expedientes de estudiantes opositores, el borrado de registros, el hostigamiento a quienes denuncian– es la versión chapina de las listas negras de las dictaduras de ayer. Pinochet cerró facultades y expulsó a miles. Stroessner convirtió la universidad paraguaya en un apéndice del régimen. Ríos Montt sembró el terror que aún hoy recorre la memoria colectiva. Mazariegos, con menos sangre pero con la misma intención, convierte el campus en un territorio custodiado donde la crítica se paga con la interrupción de una carrera, con la amenaza y con el silencio forzado.

Como yo anoté en mi columna de esta semana aquí en La Hora: La Vergüenza de la Usac: las autocracias contemporáneas no destruyen necesariamente los edificios; los vacían de sentido. Conservan las ceremonias, los sellos, los títulos, pero eliminan la libertad que hace de una universidad una universidad. Eso es exactamente lo que ocurre en la San Carlos: se mantiene la estructura formal mientras se asesina la autonomía real. Los estudiantes que se atreven a pensar diferente descubren que su expediente puede desaparecer. Los profesores que callan descubren que su silencio los convierte en cómplices.

La Alianza Criminal y el Pacto de Corruptos no buscan una universidad excelente. Buscan una universidad dócil. Una fábrica de títulos que no produzca ciudadanos capaces de cuestionar el saqueo del país. Por eso el terrorismo académico de Mazariegos no es un exceso personal: es una estrategia. Es la continuidad, en versión burocrática y corrupta, de aquellas dictaduras que creyeron que podían matar la disidencia sin que el país se diera cuenta.

Pero la historia enseña otra cosa. Las dictaduras universitarias, como las dictaduras políticas, terminan cuando la comunidad deja de aceptar el miedo como normalidad. La San Carlos no es de Mazariegos. No es del Pacto. No es de los jueces que miran hacia otro lado. Es de los estudiantes que todavía se atreven a denunciar, de los profesores que algún día romperán el mutismo y de un pueblo que no puede permitirse perder el último espacio público de pensamiento crítico.

Rescatar a la Universidad de San Carlos no es solo un asunto académico. Es un asunto democrático. Porque cuando una universidad pública se transforma en feudo de un usurpador, el país entero empieza a perder su capacidad de imaginar un futuro distinto. Y eso, como bien sabían Pinochet, Stroessner y Ríos Montt, es exactamente lo que todo dictador necesita: un pueblo que ya no se atreva a pensar.

Hoy el dictador viste toga. Mañana, si no lo detenemos, vestirá de nuevo el uniforme. Es hora de detener a este destazador no solamente de universidades, sino destazador de nuestros sueños. Por eso debemos levantarnos. Por eso debemos recuperar a la Universidad Publica ahora. Hagámoslo. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca y ya no tendremos universidad que rescatar.

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