El domingo de Ramos 15 de abril de 1984 abría las solemnidades de la Semana Santa guatemalteca, y con las primeras horas de aquel caluroso día, los capitalinos ponen sus miradas en el templo del Señor San José, aún en construcción luego de los movimientos sísmicos acaecidos ocho años atrás. Sin embargo, no todos pueden […]
El domingo de Ramos 15 de abril de 1984 abría las solemnidades de la Semana Santa guatemalteca, y con las primeras horas de aquel caluroso día, los capitalinos ponen sus miradas en el templo del Señor San José, aún en construcción luego de los movimientos sísmicos acaecidos ocho años atrás.
Sin embargo, no todos pueden por x o y motivo hacerlo presencialmente, por lo cual aprovechando la magia de la televisión, Rodolfo, un niño de apenas nueve años de edad, contempla la pantalla de su aparato receptor en compañía de su abuelito, a esas horas de la mañana mientras disfrutan del desayuno dominical. Y el motivo para ser testigos a esa hora y de esa franja, es más que justificado.
Por primera vez en Guatemala, la “Cadena de fe”, es decir, el enlace que formaron varios medios de comunicación radial y televisivo, compuesto por TGW la Voz de Guatemala, y los canales 5, 11 y 13 de TV, transmite la salida de la consagrada imagen de Jesús Nazareno de los Milagros desde el templo josefino, en compañía de la imagen tan hermosa de la Virgen Dolorosa, San Juan y Santa María Magdalena, que reciben veneración en el recinto religioso.
El relato de lo que los televidentes observan cuenta, a su vez, con las voces tan privilegiadas para la Semana Santa chapina, ni más ni menos que de Otto René Mancilla, Alberto Flores, Mario Mendoza Hidalgo y Salvador Turcios. La plana mayor de la locución guatemalteca de entonces.
Pero volviendo al comedor de la casa de Rodolfo, al momento de ingerir los sagrados alimentos con su abuelito, el niño aprecia con claridad la toma en el interior del templo en construcción, de un fornido integrante de la Centuria Romana, de los que año con año tocan esa música tan bonita al inicio de la procesión con trompetas y tambores, y le acompañan durante todo el trayecto procesional.

FOTO: Sergio Vasquez
La admiración que nuestro infantil personaje experimenta por el gallardo grupo de penitentes, vestidos a la usanza de los tiempos del imperio de la ciudad del Tíber interpretando fanfarrias, no se hace esperar:
—Abuelito, cómo me gustaría formar parte de ese grupo de romanos que tocan las trompetas al inicio de la procesión, algún día…¡¡
—Mirá, mijo, Dios primero, pero tenés que tomar en cuenta que ser romano en cualquier procesión es sumamente sacrificado. Además, necesitás tener porte y saber de música, y va a ser un poco difícil que te acepten. Pero vos probá… Ponelo en manos de Dios y luchá por tu sueño…
Ese mismo día y ya en horas de la tarde, cuando la procesión de la Iglesia del Señor San José pasa por la catorce calle rumbo a la Concordia, se desata un intenso aguacero que por poco logra detener la marcha del cortejo, pero a pesar de estar absolutamente mojados, todos siguen en sus puestos. Rodolfo nunca olvida la escena del primer día de la semana mayor de 1984 y del deseo que alberga su corazón.
Su abuelo se fue al cielo, pero con el transcurrir de la vida llega la formación de su propio hogar, con su esposa y sus hijos.
Agosto… ¿Qué tendrá ese bendito octavo mes del año, y por qué en sus 31 días de calendario suceden cosas tan especiales que desembocan para los cucuruchos, en la Semana Santa del año siguiente? Pues bien, lo mismo sucedió con Rodolfo, ahora un hombre de hogar, con sus luchas, esfuerzos, afanes y preocupaciones.
Y es precisamente en aquel mes de agosto del año dos mil dieciocho, en el que luego de un feliz encuentro con el señor Fernando del Aguila, a la sazón integrante del grupo de “Fanfarrias” de la procesión del Domingo de Ramos, en el ahora Santuario Arquidiocesano, la plática desemboca en cordial invitación que su interlocutor le hace para aprender música, y pasar a formar las filas del prestigioso escuadrón.
La respuesta de nuestro amigo Rodolfo, se hace esperar en base a prudencia. Y esto es lógico, nunca antes ha vestido el uniforme a la usanza pretoriana, y lo más importante: sus conocimientos de música y específicamente de dominar algún instrumento de los que se interpretan en aquel conjunto, son bastante limitados.

Foto: Sergio Vásquezes
No obstante, el hombre pone y Dios dispone, y es así como luego de sentida pero motivante conversación con su esposa y su familia, el núcleo lo alienta para cumplir un anhelo, que luego de treinta y cuatro (34) años, empieza a hacerse realidad, sobre todo debido al feliz aliento que su señora realiza, le motiva y convence a dar el paso. Días después y en comunicación telefónica con el señor Del Aguila, Rodolfo acepta.
No puede pasar desapercibida en aquella aún brumosa y relativamente fría madrugada del Domingo de Ramos de 2019, la memoria de aquella conversación de Rodolfo siendo niño con su abuelo, más de tres décadas atrás. Y al ingresar con el natural nerviosismo, debidamente ataviado de “romano” y santiguarse frente a las andas de Jesús, quien luce para la ocasión la escarlata e impresionante túnica conocida como “la imperial”, comprende perfectamente que a partir de aquel momento, algo tomará un giro impresionante en su vida. Y efectivamente, así sucede…
Las experiencias incomparables de aquel día, que a pesar del esfuerzo y del cansancio que se superan únicamente por su condición de deportista, rematan en lo que sin lugar a dudas constituye uno de los “mejores” turnos en que ha podido llevar al señor sobre sus hombros: el turno con sus acorazados hermanos penitentes al caer la noche, frente a las instalaciones del Hospital General San Juan de Dios, en la primera avenida de la zona uno.
Desde aquel entonces, el empeño, dedicación y ante todo fervorosa creencia en el todopoderoso hace que, según lo previsto, la vida de nuestro protagonista, como la de muchos abnegados “romanos” cambie y se transforme a partir de la santa cuaresma y su punto de partida, el miércoles de ceniza.
Su aprendizaje en el arte de interpretar los instrumentos de percusión, a base de paciencia y esfuerzo, en los cuales está presente sin lugar a dudas la bendición de Dios permite que hoy en día, Rodolfo domine a la perfección el manejo de los “timbales”, y en compañía de su amigo Fernando Del Aguila, deciden integrar un grupo de fanfarrias independiente, el cual adopta el nombre de “Legión”, cuya participación incluyó a más del cortejo procesional josefino antes mencionado, con el devenir de los años a los de Santa Catarina Bobadilla, Santa Ana, San Bartolomé Becerra y San Francisco El Grande en la Antigua Guatemala, y al de El Calvario en esta capital.
Si es sumamente importante y hasta trascendental para nuestro amigo, participar en este selecto grupo y abrir la brecha para el paso que anuncia el cortejo procesional, de las imágenes del Divino Salvador del Mundo y de su Santísima Madre, lo es más compartir estos momentos con el recién incorporado integrante joven del prestigioso legionario, su hijo Eric, quien indudablemente tendrá historias y episodios para contar a sus nietos, como lo hizo el abuelo de su padre.
Vayan estas breves pero sinceras líneas, como un reconocimiento a todas aquellas personas que como nuestro personaje, Rodolfo Huitz, soñaron algún día con pertenecer al connotado elenco, que constituye un timbre de orgullo de nuestras procesiones, para interpretar la música imperial que pregona año con año el paso de impresionantes cortejos de devoción, que igualmente forman también parte, del GALLARDO ESCUADRÓN DE ROMANOS.
