Leyendas de Semana Santa: Los Penitentes de la Recolección

Leyendas de Semana Santa: Los Penitentes de la Recolección

Penitentes. Almas en pena. Una procesión de espíritus encadenados y encapuchados que, según la leyenda, arrastra a quienes los miran a un destino sin retorno. Conozca este relato.
01/04/2025 05:57
Fuente: Prensa Libre 

En el corazón del antiguo barrio de la Recolección, las calles guardan secretos centenarios y las sombras parecen susurrar historias olvidadas, una leyenda persiste en la memoria de sus habitantes.

Leyendas que según el historiador y catedrático titular de la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala, Walter Gutiérrez Molina “surgen y se reproducen porque existe la necesidad de reforzar un mensaje que muchas veces no está escrito, sino que solo se ha repetido”.

Este relato basado en el libro Por los viejos barrios de la ciudad de Guatemala de Celso Lara Figueroa es la historia de los penitentes de la Recolección, una procesión de almas en pena que, según cuentan, reclama a quienes osan mirarlos de frente, llevándolos consigo a un destino del que no hay retorno.

Los penitentes de la recolección

Cada primer viernes del mes, los vecinos del barrio de la Recolección se estremecían por el miedo y la incertidumbre. Ruidos extraños invadían las calles: pasos arrastrados, murmullos ininteligibles y un ambiente que helaba la sangre.

Nadie podía explicar con exactitud lo que realmente sucedía, pero el miedo asomaba a cada paso en las esquinas, las plazas y el templo del barrio. Era el primer sábado de abril y las conversaciones en la panadería La Esperanza, giraban en torno a esos sonidos que perturbaban el sueño de todos.

Las vecinas comentaban entre sí sus experiencias, pensando en solicitarle nuevamente al Fray Julián, el sacerdote del convento, que bendijera las calles del barrio, pero la respuesta del Fray era la misma “lo que pasa es que tienen la conciencia negra de tanto pecar,y por eso no pueden dormir tranquilas”. Sin embargo, nadie creía esa explicación, pues incluso los más devotos aseguraban escuchar los ruidos.

José, el hijo de nía Tana, regresó a casa después de trabajar como telegrafista en Sololá. Su madre y su primo Luis le contaron sobre los misteriosos sonidos que perturbaban el barrio. Aunque escéptico al principio, la seriedad con que le hablaban lo intrigó. Así fue como se armó de valor y decidió esperar la noche del próximo primer viernes para descubrir la verdad por sí mismo.

La espera del primer viernes se hacía larga. Pesada. Agobiante. Hasta que por fin llegó la noche del tan temido día. El primer viernes de mayo.

Monumento, iglesia la Recolección
Monumento, iglesia la Recolección. (Foto Prensa Libre: Cortesía CIRMA)

Después de la hora de las ánimas las calles del barrio se fueron quedando solitarias. Ni un perro. Ni una luciérnaga se atrevía estar presente en medio de la pesada oscuridad. Puertas y ventanas cerradas. Nía Tana había improvisado un altar en el corredor de la casa frente al cual rezaba, junto con su hijo y su sobrino, un rosario para que los librara del mal de la noche.

Al finalizar el rezo, nía Tina les ordenó encerrarse en sus respectivos cuartos. El dormitorio de José se encontraba contiguo al comedor, la puerta de la calle quedaba relativamente cerca. Podía salir sin que nadie lo notara.

No quiso acostarse, prefirió esperar, con creciente impaciencia, los ruidos que tanto se rumoraban escuchar.

No sabría precisar en qué momento empezó a percibir ruidos extraños provenientes de la calle. Le pareció que eran pasos. Pisadas que se arrastraban en el empedrado de la calle, acompañadas de un murmullo ininteligible. Todo se repetía tal y como se lo habían contado. Los latidos de su corazón se aceleraron. Sentía el cuerpo y las piernas pesadas como el plomo, pero haciendo un gran esfuerzo se incorporó, salió de su alcoba y tratando de hacer el menor ruido posible, abrió la puerta. Lo que vio lo detuvo de golpe. Un sudor frío cubrió su cuerpo. Las piernas negándose a sostenerle lo sacudían nerviosamente.

No le quedaban fuerzas ni para desfallecer, lo que observaba era una columna de penitentes vestidos con hábitos negros que caminaban despacio… muy despacio.

Llevaban cirios encendidos cuyas llamas permanecían inmóviles, a pesar del viento. Los penitentes rezaban con voces huecas y entrecortadas:

“Ingemisco, tanquam reus;
Culpa rubet vultus meus;
Suplicanti parce, Deus…”.

Uno de ellos, uno de los últimos para ser exactos, se detuvo frente a José y le entregó un cirio, diciéndole: “Tened hermano, cuidadlo mucho. El próximo viernes tendréis que devolvérmelo”. José, aterrado, tomó el cirio y cayó inconsciente al suelo.

Al día siguiente, nía Tana lo encontró tendido cerca de la puerta, con un hueso carcomido en lugar del cirio. La fiebre lo consumió, y aunque Fray Julián lo visitó y trató de reconfortarlo, José no pudo explicar lo sucedido.

Cuentan todavía por el barrio de la Recolección que el joven permaneció seminconsciente y sin pronunciar palabra el resto de mayo. La noche del primer viernes de junio, José, en un estado de delirio, se levantó de la cama. Tomó el hueso, creyendo que era el cirio, y salió a la calle. Allí, la procesión de penitentes reapareció.

Con los cirios en las manos uno a uno fueron desfilando ante él, hasta que los postreros penitentes se detuvieron a su lado. Uno portaba dos cirios y el otro las manos entrelazadas en señal del recogimiento. Este dijo a José:

—Hermano, vengo por la candela que os di a guardar.

José le tendió el hueso.

—Esto no es más que un hueso, hermano —dijo el penitente—. ¿Acaso habéis perdido el cirio?

El joven negó con la cabeza, sin poder articular palabra.

—Yo os di un cirio —continuó el penitente—. ¡Y vos me devolvéis un hueso! Habéis perdido la candela, ¿verdad? Entonces tendréis que venir con nosotros a buscarla.

Y diciendo esto, lo tomó de la mano. Mientras lo vestía con un hábito negro, el otro penitente le entregaba una de las velas que sostenía.

—Vamos, hermano —le dijo—.

Y el nuevo penitente se incorporó a las filas de la procesión que se había detenido. Empezaron de nuevo a caminar y a rezar. El cortejo, lenta pero muy lentamente se fue hundiendo en el silencio.

Al amanecer, los vecinos descubrieron que José había desaparecido. El hueso también se había esfumado. Nía Tana y Luis, desconsolados, se mudaron al barrio de San Gaspar, incapaces de soportar el dolor y el miedo.

Fray Julián bendijo las calles y ofició una misa por el alma de José, pero el misterio nunca se resolvió. Años después, algunos ancianos del barrio aún juran escuchar, en las noches del primer viernes, los pasos arrastrados y los rezos de los penitentes, recordando la desaparición de José, quien jamás regresó.

¿Cuál es la historia detrás de esta leyenda?

“El barrio de la Recolección fue un lugar que históricamente se ubicó en el límite de la ciudad de Guatemala”, comenta Gutiérrez, quien sitúa la ambientación de esta leyenda a principios del siglo XX, posiblemente antes del terremoto de 1917, cuando el barrio mantenía sus propias tradiciones.

“Existen registros de que el barrio tenía sus propias procesiones, como la del Santo Entierro —documentada desde 1829— o la del Nazareno —hacia 1850—”, tradiciones que, con el tiempo, habrían sufrido alguna disrupción. Esta ruptura habría dado origen a la leyenda, considerando a los penitentes como una organización con un sentido de pertenencia inquebrantable: si alguien entra, no sale.

De allí proviene la referencia del joven que fue “ganado” por un penitente.

Así, la leyenda mezcla el terror sobrenatural con una oscura lealtad comunitaria, donde el dolor y la devoción se entrelazan sin escapatoria.

Según los vecinos mayores del barrio de la Recolección, quienes han tenido el infortunio de ver a los penitentes los describen como figuras encadenadas, vestidas con capuchones antiguos similares a los de las procesiones religiosas, algunos incluso flagelándose, lo que evoca una imagen de sufrimiento extremo.

¿Y usted, ya había escuchado esta leyenda?