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Premios, plataforma y política
La entrega de premios se ha convertido en una especie de plataforma para que los personajes ventilen sus preferencias ideológicas.
Inicia la temporada en que las grandes academias de arte entregan sus principales premios. Quizá uno de los más célebres son los Óscar, que desde hace casi cien años convoca a un nutrido número de artistas para reconocerles en distintas categorías. Obtener un Óscar significa una catapulta a la fama, así como poder inscribir su nombre en el Olimpo cinematográfico. Como consecuencia, la presión de grupo, el cabildeo personal y la gestión pública de los nominados se convierten en una parte importante del proceso de escogencia. Pero eso es solo el comienzo. La historia reciente de los premios oculta una faceta más oscura, la de las agendas políticas.
Lo que importa, entonces, no es premiar la excelencia, sino premiar el mensaje.
La entrega de premios se ha convertido en una especie de plataforma para que los personajes ventilen sus preferencias ideológicas. Una de las estampas más frecuentes es el momento en que los artistas, al momento de recibir el premio, aprovechan para dirigir un discurso que, en no pocas ocasiones, nada tiene ver con los agradecimientos a la institución que les premia o sus compañeros. En estas intervenciones resaltan las temáticas políticas o sociales y aprovechan para fulminar de paso a las figuras políticas nacionales o internacionales que no les son de su agrado. Lo curioso del caso es el nivel de sospechosa uniformidad que existe en el seno de estas audiencias, que suelen celebrar con gran estruendo estos provocadores y unidireccionales discursos.
Quizá lo más comprometedor de estos certámenes puede resultar el hecho de que los premios se otorguen con una cierta preferencia ideológica, muy por encima de los méritos o cualidades que pueda tener la persona o el filme. Lo que importa entonces no es premiar la excelencia, sino premiar el mensaje, algo que no necesariamente coincide con el espíritu original de esa tradición. De esa suerte, los temas de moda en las conductas, la agenda de ingeniería social o las visiones culturales de ciertas minorías que controlan las producciones terminan siendo el centro del evento.
Recientemente llegaron a las salas dos películas que ya se anticipaba iban a ser empujadas por esta inercia ideológica. Ambas mencionadas como posibles galardonadas. Se trata de Conclave y En busca de Emilia Pérez. La primera de ellas, llena de inexactitudes y provocaciones relacionadas con la elección de los papas, presenta una iglesia llena de avorazados cardenales que intentan ganar el cónclave como si fuese la lotería, y, de paso, presentar a los progresistas como un grupo de afables visionarios y a los conservadores como un grupo de conspiradores retrógrados. El final del filme, por supuesto, llega al paroxismo. La elección recae en un personaje con un secreto, que ya todos podemos intuir de qué se trata. Toda una “perla” de la ortodoxia de Hollywood. La segunda película, que aborda el tema del cambio de sexo, ha sido también nominada. Tan política ha sido su promoción que una de las candidatas al premio ha perdido posibilidad de ganar la estatuilla por un mensaje señalado de racista que puso en redes. Entonces, de su capacidad actoral, nada. Mucho sí de la corrección política.
Ya hemos visto en Guatemala dónde terminan esas políticas de premiación. Los reconocimientos han sido un instrumento para comprometer a funcionarios, premiar su fidelidad a ciertas causas y condicionar sus actuaciones a través de estímulos y castigos. En el mundo del cine, el objetivo es generar conversación, taquilla y pedagogía a las nuevas generaciones. Pero, como se suele decir: el premio se mide no por quien lo recibe, sino por quien lo da. Y en este caso ya sabemos también el porqué.