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Primera parte: “El Padre Cuaresma”
En aquella soleada mañana dominical del mes de febrero de 1968, llegaba a su fin la celebración de la Eucaristía dominical en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe de la zona diez de la ciudad de Guatemala. La “Villa” como se le conocía entonces, era un barrio sumamente tranquilo, en el que privaban extensas […]
En aquella soleada mañana dominical del mes de febrero de 1968, llegaba a su fin la celebración de la Eucaristía dominical en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe de la zona diez de la ciudad de Guatemala. La “Villa” como se le conocía entonces, era un barrio sumamente tranquilo, en el que privaban extensas calles con arboledas cuyas frondosas copas, daban la bienvenida a grandes predios con elegantes chalets en algunos casos, pero en otros sectores las arterias citadinas de terracería del sitio, permitían el acceso a humildes viviendas, sin faltar por supuesto el histórico inmueble con el ahora remozado Mercado municipal.
La Villa era pues, un sitio de contrastes; no obstante, el recinto religioso estaba en aquellos momentos, abarrotado luego de la celebración religiosa del primer día de la semana.

El personaje central de nuestra historia, un joven guatemalteco recién ordenado y egresado Sacerdote del Seminario Mayor de la Asunción en la zona uno, como celebrante del sacrificio, una vez distribuida la Comunión, y en forma serena y a la vez inspiradora, se dirigió a la congregación:
– Hermanos, antes de impartir la bendición final, tenemos el siguiente aviso: Como ustedes saben, este miércoles inicia la Cuaresma con la imposición de la ceniza. Y este año, queremos darle un nuevo empuje y realce, a nuestras Procesiones de Semana Santa aquí en la Parroquia. Tenemos con el párroco una serie de proyectos que incluyen la elaboración de nuevas andas, y otros enseres, ya que las actuales son apenas de diez brazos. Todo proyecto parroquial es hermoso, pero no se puede realizar sin la participación de ustedes, nuestros fieles. Así que les estaremos anunciando la serie de actividades. Los esperamos el próximo miércoles para la imposición de la Ceniza, y el Viernes al rezo del Vía Crucis.
El Padre Salvador Cruz Revolorio, había nacido en el Barrio de Santo Domingo, en las proximidades de Gerona en la Ciudad de Guatemala. Desde muy niño era fiel devoto y participante de los Cortejos Procesionales de Cuaresma y Semana Santa. En su casa, la fe y la devoción se transformaban en una especial tradición desde el miércoles de Ceniza, y no podía bajo ningún punto de vista, faltar a su cita con sus Velaciones y Procesiones, ni llegar al gran Domingo de Resurrección, sin tener los pies cansados y adoloridos por la enorme cantidad de pasos “pausados” en los días previos, la espalda resentida al igual que los sonrojados hombros por el peso de las andas, y la piel tostada por el sol, como lo aspiran todas aquellas personas por las que la sangre de color morado recorre sus
venas.
Por ello, y a través de conocer a Jesús por medio de imágenes y recorridos procesionales, empezó a recibir su llamado para convertirse en Sacerdote, lo que Dios le premió hasta llegar a su ordenación.

Eso sí, como buen Cucurucho cuando a su mente la visitaban conceptos como Cuaresma, imágenes, andas, recorridos, marchas, etcétera, era ineludible que su corazón palpitase un poco más rápido de lo normal, y verse vestido de morado, negro o blanco, caminando a la par de las imágenes de Jesús de los Milagros, de Cristo Rey, de Jesús de la Merced y claro está del cortejo procesional de su querido barrio, el Sepultado de Santo Domingo, Cristo del amor.
Así las cosas, en instantes fugases siempre desfilaba por su mente luego de la Misa y bendición de los ramos el primer día de la Semana Mayor, acudir a recibir en un mismo sitio, el Parque infantil Colón, a Jesús de las Palmas con sus festivas marchas, y tan solo
minutos después con el redoble de fanfarreas a los romanos de San José llevando en hombros al Rey del Universo.
El Jueves Santo, al caer la tarde bajar con el Señor de Candelaria por la doce calle hasta las proximidades del templo dominico y luego visitar a los Sagrarios en compañía de su familia. Muy de mañana el Viernes Santo, su madre los hacía madrugar a pesar del cansancio del día anterior para acompañar al Nazareno de Zúñiga, quien salía con los primeros rayos del sol a las seis de la mañana y llegar con él al Parque Morazán a donde les llevaban el desayuno a los ocho y media, y luego las carreras por despojarse de la túnica morada y paletina negra, para estar puntualmente en su querido templo de Santo
Domingo a las tres en punto de la tarde, cuando luego de rezar el Credo, sonaba la marcha fúnebre de Chopin, y en medio de los pasos que ya estaban en la Plazuela, acompañar durante todo su recorrido al Santo Cristo Yacente dominico.
Ahora Sacerdote, el Padre Salvador le había hecho una promesa a Dios: “Trabajar con todas sus fuerzas, toda su alma y todo su corazón, para acercar almas a él y agradecer lo que las manifestaciones religiosas de Semana Santa, habían hecho en su vida, para hacer lo mismo con la de otros”.
Era tiempo de volver al presente, y retomando el santo sacrificio para su culminación exclamó:
-El Señor esté con ustedes… Y la bendición de Dios Padre, del Hijo y del Espíritu Santo esté con ustedes y les acompañe siempre. Hermanos, nuestra Misa ha terminado podemos irnos en Paz.
Al finalizar la Eucaristía, en el interior del templo religioso con rasgos coloniales cuya puerta principal daba a la diecinueve calle de la zona diez, el joven Sacerdote aún revestido de verde, pasó frente a las imágenes sagradas del Nazareno, del Sepultado y la Dolorosa, así como del Cristo Resucitado, para implorar su ayuda y su protección en la promesa efectuada al altísimo, la cual esperaría cumplir en los próximos días grandes.
Continuará…