“Hasta que la muerte los separe” ¿cada vez dura menos?: que revelan los datos del Renap sobre los matrimonios y divorcios en Guatemala

“Hasta que la muerte los separe” ¿cada vez dura menos?: que revelan los datos del Renap sobre los matrimonios y divorcios en Guatemala

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15/02/2026 05:00
Prensa Libre
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Resumen Inteligente

El “para siempre” cada vez más está llegando a su fin, pues los guatemaltecos se casan menos y se divorcian más, lo que provoca que la antipatía por las relaciones amorosas sea cada vez más evidente.

“Hasta que la muerte los separe”, la frase resuena en las iglesias como sello de promesa que se está cumpliendo cada vez menos.

El matrimonio, ese rito que durante generaciones funcionó como pasaje obligatorio a la vida adulta, atraviesa una transformación profunda. Las parejas tardan más en llegar al altar; muchas optan por no llegar nunca, y quienes se casan se enfrentan a la realidad de que, en algunas ocasiones, el “para siempre” tiene fecha de caducidad, cada vez más cercana.

“Casarse era como un pasaje a la vida adulta. En estos momentos, el matrimonio formal se transforma en una apuesta que tiene que ver con cumplir previamente otras cosas”, explica la socióloga, investigadora y docente de la Universidad Rafael Landívar, Silvia Trujillo.

El fenómeno no es una percepción. Los datos del Registro Nacional de las Personas (Renap) documentan un cambio contundente: en el 2021 se registraron 110 mil 832 matrimonios; para el 2025, la cifra cayó a 90 mil 68, una reducción del 18.7%.

En contraste, los divorcios se mantienen en ascenso sostenido: de 10 mil 848 en el 2021 a 11 mil 990 en el 2025. Estas cifras no incluyen el subregistro de parejas que se separan pero nunca tramitan el divorcio formal por múltiples factores.

El costo del desamor

Jeackeline Gálvez, abogada y notaria, ha sido testigo de este cambio desde su oficina. “He divorciado más de lo que he casado”, confirma. “Sí he visto un aumento significativo con relación al tema de los divorcios. De hecho, el año pasado tuve tres divorcios donde solo estaban esperando el año para poder divorciarse”.

Esto se debe a que la ley guatemalteca establece que las parejas deben esperar al menos un año desde la fecha en que se celebró el matrimonio para poder solicitar el divorcio.

Además, Gálvez explica que el Código Civil guatemalteco establece dos tipos de disolución del matrimonio: por mutuo acuerdo de los cónyuges o por voluntad de uno de ellos mediante causa determinada.

El costo económico del desamor varía según el nivel de conflicto. Un divorcio por mutuo acuerdo oscila entre Q5 mil y Q8 mil, y es relativamente rápido. “La audiencia no tarda más de media hora, a lo mucho 45 minutos”, explica la abogada. El proceso puede resolverse en cuestión de semanas si no hay hijos ni bienes que repartir.

El proceso requiere acordar ciertas bases del convenio de divorcio establecidas en el Código Civil: pensión alimenticia de los cónyuges, guarda y custodia de los hijos, pensión alimenticia de los hijos y distribución de los bienes adquiridos.

Gálvez aclara un mito común: “Hay que tomar en cuenta que ambos tienen que renunciar a la pensión, tanto ella como él, porque se tiene la creencia de que solo la mujer recibe la pensión, y eso no es así. Dependiendo del aporte económico y de quién tenga las limitaciones, así se puede determinar un tipo de pensión”.

Pero cuando hay desacuerdo, el panorama cambia. Un divorcio por voluntad de los cónyuges mediante causa determinada requiere una inversión inicial de aproximadamente Q3 mil por ingresar la demanda. A esto se le suma un estimado de Q1 mil a Q1 mil 500 por audiencia, y el tiempo y número de audiencias dependerá de las circunstancias y de los acuerdos a los que deba llegar la pareja. “Estamos hablando de tres meses, seis meses, incluso un año. Podría ser incluso más, porque si algunos llegan a un momento de presentar una acción de amparo, el tiempo se alarga porque eso implica que ya se va a la Corte de Constitucionalidad”, explica Gálvez.

El divorcio en Guatemala tiene un precio económico que oscila entre acuerdos rápidos y procesos que pueden llegar hasta la Corte de Constitucionalidad. (Foto Prensa Libre: Shutterstock)

Cuando el amor se vuelve violencia

Detrás de los expedientes de divorcio, Gálvez ha identificado algunos patrones. “De los casos que he tenido, los principales motivos son por el tema de infidelidad”, señala. Pero hay algo más profundo: “En casi todos los divorcios que he manejado, en algún momento hacen el comentario de que las mujeres sufrieron algún tipo de violencia. Puede ser violencia económica, psicológica o física”, dice.

Los datos del Ministerio Público refuerzan esta realidad, ya que durante el 2025 la entidad registró 4,239 denuncias por negación de asistencia económica, con Guatemala (748 casos), Alta Verapaz (362) y San Marcos (303) encabezando la lista.

En contraparte, las denuncias de violencia intrafamiliar, reguladas en la Ley para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Intrafamiliar (Ley VIF), sumaron 248 casos en el 2025, con Petén, Izabal, Guatemala y Huehuetenango como los departamentos con mayor incidencia. Aunque esta no constituye por sí misma un delito penal, sino un contexto de violencia que permite la activación de medidas de protección y un procedimiento especial, la ley regula la aplicación de medidas necesarias para garantizar la vida, integridad, seguridad y dignidad de las víctimas.

Aunque este tipo de violencia puede presentarse entre padres e hijos u otros integrantes del núcleo familiar, según los expertos son las mujeres quienes la han sufrido en mayor porcentaje.
“Si habla, escucha y entrevista a mujeres, la mayoría le puede decir que no llevan una vida de pareja realmente sin violencia, o que no la vivieron en algún momento”, explica Lucía Monroy, psicóloga clínica especialista en trauma y violencia.

Pero este fenómeno es social, ya que, según Trujillo, existen “investigaciones que nos dicen que la violencia contra las mujeres es un fenómeno muy sostenido. Una de cada tres mujeres ha sufrido algún evento de violencia en algún momento de su vida”.

La violencia económica, psicológica y patrimonial emerge como uno de los detonantes más frecuentes de ruptura conyugal. (Foto Prensa Libre: Freepik)

El divorcio como autocuidado

“Terminar una relación siempre va a ser doloroso y una decisión muy difícil”, reconoce Monroy. “Pero se puede convertir en autocuidado cuando uno de los dos termina esa relación sabiendo que podría provocar más daño si continúa, sobre todo si hay violencia”.

La psicóloga es enfática: “No hay nada que justifique que la pareja tenga que seguir bajo condiciones de agresión”.

Explica que la violencia en las relaciones no se limita a lo físico: “Ahora ya no solo se queda en una violencia física y psicológica. Ahora identificamos cada vez más que sí hay una violencia sexual ante una solicitud permanente y continua de relaciones sexuales solo porque ‘es mi esposa, tiene que hacerlo o debe hacerlo’. Ahora también hablamos de violencia patrimonial dentro de las relaciones y de violencia económica, que es la que más hace que muchas mujeres permanezcan en relaciones abusivas”.

Daños colaterales del desamor

Una separación amorosa trasciende a la pareja, explica Monroy. “En el caso de los hijos, pues sí, existe sentimiento de pérdida, de soledad, de tristeza, de desconfianza. Es aún peor cuando hay estas características violentas que hay en relaciones de familia, de pareja, de noviazgo. En los niños va a haber síntomas a nivel emocional, escolar, en su incorporación o aislamiento social también”.

La psicóloga identifica el trauma como uno de los efectos más graves: “Esto involucra muchas veces algunos síntomas no solo corporales, sino que en los niños estamos viendo muchos síntomas cognitivos. Hay muchos niños que se enferman y nadie atribuye esa situación o a situaciones violentas”.

Sin embargo, Monroy es clara en que permanecer en una relación violenta por los hijos no es la solución. “Los hijos no son una razón para estar peleando con alguien o estar aguantando algo”.
Además, la psicóloga explica que las relaciones deben producir bienestar y no dolor, pues un desamor deja una serie de efectos psicológicos que van más allá de la tristeza.

“La falta de deseo, la alteración en el trabajo, en el sueño, el apetito, todos esos son denominantes de que algo no está bien dentro de una relación. Y tanto el hombre como la mujer intuye definitivamente cuando la relación está creando lo contrario de lo que se espera”.

El trauma infantil se convierte en uno de los daños colaterales más silenciosos cuando la ruptura ocurre en contextos de violencia. (Foto Prensa Libre: Shutterstock)

El silencio masculino

Gabriel Álvarez González, psicólogo e investigador en masculinidades, aborda el rompimiento de una relación matrimonial desde la perspectiva masculina. “Para los hombres se vive como una derrota”, explica. “Los hombres no van a hablar mucho de eso. Porque de los fracasos los hombres hablan muy poco, son pactos que se hacen de temas que no vamos a hablar”.

Álvarez señala que el matrimonio cumple una función específica en la construcción de la masculinidad. “El matrimonio se convierte en una meta masculina que tiene que ver con una cuota de poder. Es diferente cómo se percibe el estatus de un hombre soltero que el de un hombre casado, que ya tiene cierto grado de mayor respeto. En una ocasión, un participante en una investigación nos llegó a decir que incluso un matrimonio era como una graduación para los hombres, porque era ese llegar al culmen”.

Cuando ese proyecto fracasa, las consecuencias emocionales pueden ser devastadoras. “Los hombres tenemos unos aprendizajes sociales muy feos. Uno de ellos es que la emocionalidad en nosotros está mandatada a que sea nula”, explica el psicólogo. “Entonces, la represión emocional que vivimos lleva a que estos detonantes nos pongan en mucho riesgo. Porque no hay una forma de aperturarse, de compartirlo, no se teje una red de apoyo. Hoy día se está hablando mucho, en aspectos de salud mental, de la soledad masculina. Porque los hombres no estamos tejiendo redes, sino, por el contrario, nos estamos aislando”.

Pedro González* vivió 22 años casado antes de separarse hace tres. “Yo creo que a veces hay personas que se acostumbran y tal vez llegas a pensar que ya estás casado, ya tienes todo y ya no se va a mover nada”, reflexiona.

Su decisión de separarse no fue impulsiva. “Yo llegué al punto en el cual vas a comenzar a dañar algo que fue bueno. Entonces, ¿para qué llegar a destrozar algo que fue bueno? Yo prefiero que me diga alguien: mira, ya no te quiero, a que me estén engañando”.

A lonely depressed person sitting near a brick wall with the Bible on his lap
Para muchos hombres, el divorcio se vive como una derrota íntima que rara vez se verbaliza. (Foto Prensa Libre: Freepik)

Generación sin apuro

Trujillo identifica un cambio generacional en la forma de entender el compromiso. “Ya ahora no pesa tanto, no quiero decir que ya no existe, porque sí existe, pero no pesa tanto esta presión social” de casarse.

“Hoy, en las generaciones más jóvenes, lo que se está buscando es ciertas seguridades a nivel financiero, económico. Y entonces se prueban modelos distintos de convivencia”, explica la socióloga.

Además, al ya no ser el matrimonio una presión social evidente, “la edad para casarse va en aumento, tanto en hombres como en mujeres. Y, además, también asegurarse de que la relación funcionará”.

Sin embargo, existen ciertos movimientos en redes sociales que están cambiando el paradigma de cómo los jóvenes están viendo las relaciones amorosas.

Para Álvarez, hay una tendencia en la que “los hombres están siendo más conservadores y las mujeres avanzando más. Los hombres están yendo más hacia la generación de los abuelos, queriendo estos valores, y las mujeres están avanzando en sus carreras”.

Sin embargo, Trujillo también identifica cierto patrón que está empezando a hacerse notorio en las mujeres: “Pareciera venir una nueva tendencia de un regreso al modelo conservador de mujeres jóvenes que buscan casarse y ser amas de casa, con el movimiento tradwife, de mujeres casi perfectas que están allí para servir. Pero esto todavía es muy incipiente y todavía no podríamos nombrarlo como una corriente, ni pesa estadísticamente, aunque hay que estudiarlo”, explica la experta.

Lo que sí hace más ruido es cómo las redes sociales “promocionan la idea de acabar con lo que ya no quieres, con lo que te aburrió, con vivir más rápido. También está el tema de la poca empatía, evitar relaciones afectivas y que más se tornen como a relaciones sexuales”, explica Monroy.

Sin embargo, según Trujillo, no nos encontramos en una época que pondrá fin a la familia tradicional, sino más bien en una pluralización del modelo tal cual hoy lo conocemos.

Las nuevas generaciones postergan el altar mientras priorizan estabilidad financiera y desarrollo profesional. (Foto Prensa Libre: Freepik)

El fin de una era

González, desde su experiencia, plantea una visión pragmática. “Yo no soy una persona en la que crea mucho en el matrimonio. Yo creo que todos somos libres. El contrato que se firma, pues, es un beneficio más que todo para la mujer. De ahí, para lo demás, si alguien se ama, pues no importa, no es necesario casarse para poder estar juntos con alguien”.

Él se casó a los 25 años, empujado por la presión social. “Creo que la sociedad o el entorno donde uno crece tiene muchas cosas muy arraigadas: las ideas de la vida de que tienes que graduarte, te tienes que casar, y ahí se te acabó la vida en ese rol. Desde entonces, yo nunca creí en eso. Yo realmente no me quería casar, pero era como cambiar un paradigma de todo el mundo”.

Pero, según Trujillo, “ya no estamos dispuestos como a asumir de manera tan acrítica este rol y hacerlo porque me toca y lo hago. Me parece que tiene que ver con eso. Una vez que los derechos están conquistados, y ha costado mucho conquistarlos, difícilmente las personas estamos dispuestas a perderlos”.

Esto, ya que según ella, durante mucho tiempo las relaciones sobrevivieron “basadas en la sumisión al mandato, sobre todo a las mujeres, ya que no había muchas posibilidades porque no se discutían socialmente. Hoy sí”, explica.

Sin embargo, según Monroy, no todo debe ser pesimista, pues “hay gente que quiere una relación de pareja estable, pero que tiene que basarse en los no negociables: la confianza, el respeto, la empatía, la comunicación asertiva”.

Entre las 90 mil 68 parejas que se casaron en el 2025 y las 11 mil 990 que se divorciaron, Guatemala transita hacia una redefinición del amor, el compromiso y la familia. El “hasta que la muerte los separe” sigue resonando en las ceremonias, pero cada vez más guatemaltecos reconocen que el amor, cuando se transforma en violencia o deja de producir bienestar, no necesita durar para siempre.

Nombre ficticio*

Causas del divorcio

El artículo 155 del Código Civil guatemalteco establece las siguientes causas como comunes para obtener la separación o el divorcio:

  1. La infidelidad de cualquiera de los cónyuges;
  2. Los malos tratamientos de obra, las riñas y disputas continuas, las injurias graves y ofensas al honor y, en general, la conducta que haga insoportable la vida en común;
  3. El atentado de uno de los cónyuges contra la vida del otro o de los hijos;
  4. La separación o abandono voluntarios de la casa conyugal o la ausencia inmotivada por más de un año;
  5. El hecho de que la mujer dé a luz durante el matrimonio a un hijo concebido antes de su celebración, siempre que el marido no haya tenido conocimiento del embarazo antes del matrimonio;
  6. La incitación del marido para prostituir a la mujer o corromper a los hijos;
  7. La negativa infundada de uno de los cónyuges a cumplir con el otro o con los hijos comunes los deberes de asistencia y alimentación a que está legalmente obligado;
  8. La disipación de la hacienda doméstica;
  9. Los hábitos de juego o embriaguez, o el uso indebido y constante de estupefacientes, cuando amenazaren causar la ruina de la familia o constituyan un continuo motivo de desavenencia conyugal;
  10. La denuncia de delito o acusación calumniosa hecha por un cónyuge contra el otro;
  11. La condena de uno de los cónyuges, en sentencia firme, por delito contra la propiedad o por cualquier otro delito común que merezca pena mayor de cinco años de prisión;
  12. La enfermedad grave, incurable y contagiosa, perjudicial al otro cónyuge o a la descendencia;
  13. La impotencia absoluta o relativa para la procreación, siempre que por su naturaleza sea incurable y posterior al matrimonio;
  14. La enfermedad mental incurable de uno de los cónyuges que sea suficiente para declarar la interdicción; y
  15. La separación de personas declarada en sentencia firme.

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