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Los dos protagonistas de la guerra de Putin
El viernes próximo cumple un año la invasión rusa a Ucrania, y por ello dedicaré a esa guerra los artículos de la semana.
Vladímir Putin y Volodímir Zelenski son los protagonistas principales de la Guerra de Putin. Me parece útil conocer de sus personalidades y también, en el caso del agresor, las numerosas y complicadas razones para su “operación especial”. En toda guerra la primera baja es la Verdad, pero ahora la tecnología permite conocer de inmediato y gracias a los medios periodísticos independientes verdades incómodas, además de tener posibilidad de interpretar correctamente los hechos y sus efectos mundiales directos y colaterales, así como aquellos relacionados con la forma de hacer guerra. Ucrania será también el tema de esta columna el miércoles y el viernes próximos.
ZELENSKI. El presidente ucraniano, de 45 años, es un personaje interesante, hasta hace un año muy poco conocido en los países latinoamericanos. Desde niño le gustó sobresalir, y al graduarse de abogado creó exitosos programas de humor para la televisión, y creó una serie —Trump también hizo un programa— para representar a un presidente de Ucrania dispuesto a eliminar la injusticia y la corrupción, acción astuta y hábil, porque Ucrania es el segundo país europeo más corrupto —sólo detrás de Rusia—. Buen actor, cuando se hizo candidato ganó las elecciones con el 72% de los votos. La invasión de Rusia le permitió mejorar su aceptación al comenzar a defender a su pueblo y de la noche a la mañana se convirtió en el símbolo de la resistencia ucraniana.
Logró el apoyo popular en los países democráticos occidentales. Se vistió de militar, no siéndolo, y afianzó una imagen de guerrero. Ha realizado con dignidad su papel, y ese uniforme lo relaciona con los miles de ucranianos sobrevivientes, con las familias de los muertos, heridos, lisiados y con quienes decidieron emigrar obligadamente, pero la insistencia de presentarse de esa forma ya comenzó a afectar su imagen en los países europeos. Aún así, ha demostrado capacidad de dirigencia y también la efectividad de las fuerzas militares ucranianas, vista por el mundo a través de la televisión mundial. Lo ayuda también ser visto como el leopardo enfrentándose con éxito al oso porque, en resumen, este último está herido por los zarpazos y no ha podido acabar con el escurridísimo felino.
Han sido notorios sus discursos, muy directos y sin ambages, para solicitar ayuda occidental en serio. Su imagen actual y la de su país es positiva al haber detenido a los rusos y se explica porque los ucranianos luchan por la vida de su país, con certeza de desaparecer si es anexado a Rusia, de lo cual no puede haber duda alguna si sale victorioso Putin, a fuego y sangre, también de sus compatriotas. Este conflicto político-militar no solo se reduce a diferencias ideológicas, sino a supervivencia. Gracias al accionar del pueblo ucraniano, europeos y estadounidenses han comprendido la necesidad de prestar ayuda en serio. Occidente, aunque cada vez menos, va perdiendo el inicial temor a no enojar al nuevo zar ruso, pero hasta ahora aún faltan apoyos mayores.
En lo personal, nunca me hubiera imaginado escribir sobre una guerra abierta en Europa a estas alturas del siglo XXI. Tanto los ciudadanos europeos como los estadounidenses y latinoamericanos necesitan entender el nivel de riesgo actual del mundo ante las amenazas, aún no eliminadas, del uso de bombas atómicas como armas, realmente, de destrucción masiva. Zelenski tampoco escapa a acusaciones de malos manejos de dineros públicos, pero el pragmatismo propio de la necesidad de mantener viva a Ucrania permite dejar esto para análisis cuando ya se haya firmado la paz y comience la reconstrucción, proceso de muy largo tiempo necesitado de colaboración extranjera, por la necesidad de mantener en funcionamiento ese granero de Europa.