Ahora que estamos en época del Mundial, con el permiso de mis estimados lectores, me gustaría hacer una pausa de los temas que tradicionalmente toco, para abordar un aspecto del fútbol que considero interesante. Hace no tantos años, en los Mundiales de fútbol uno todavía podía ver estilos totalmente diferentes de jugar, y sobre todo […]
Ahora que estamos en época del Mundial, con el permiso de mis estimados lectores, me gustaría hacer una pausa de los temas que tradicionalmente toco, para abordar un aspecto del fútbol que considero interesante.
Hace no tantos años, en los Mundiales de fútbol uno todavía podía ver estilos totalmente diferentes de jugar, y sobre todo entender, este deporte. Brasil era el jogo bonito, la samba, el espectáculo hecho fútbol. Alemania era la efectividad, la resiliencia y la perseverancia, el no rendirse nunca. Italia, el catenaccio a ultranza, la defensa y el contraataque. Argentina, el toque. Holanda, el fútbol total. Inglaterra, el juego aéreo por las bandas. Uruguay, la garra charrúa. Incluso la antigua Yugoslavia, que practicaba el juego bonito europeo buscando emular a Brasil. Cuando estos equipos tan distintos jugaban uno contra otro, era todo un espectáculo ver los partidos del Mundial.
A mi humilde entender, hoy en día, todos, o casi todos los equipos son tres cuartas partes de lo mismo. Todas las selecciones, estén en el continente que estén, juegan de una forma muy similar, casi homogénea. Ya no existen aquellos juegos como el Brasil-Italia y el Alemania-Francia del 82 o el Argentina-Inglaterra del 86, por citar algunos de los más emblemáticos enfrentamientos en los mundiales.
Y, por supuesto, las abismales diferencias de antes se han reducido a casi nada. Las antiguas potencias, Brasil y Argentina, en Sudamérica, Alemania, Italia, Holanda e Inglaterra, en Europa, ya no dominan el torneo como otrora lo hacían. Partidos contra selecciones africanas, asiáticas, centro y norteamericanas, incluso de Oceanía, que antes se daban por ganados, hoy en día se saldan con marcadores ajustados, empates e incluso derrotas. Con la globalización, el mundo se hizo más pequeño y esto dio la oportunidad a selecciones que antes eran más débiles, de alcanzar a las llamadas “grandes”.
Todo esto tiene una razón de ser. En un mundo globalizado, todos los países tienen semilleros donde preparan mejor a sus futuros jugadores, quienes terminan jugando, independientemente de qué país o de qué continente provienen, en las mismas ligas con los mismos equipos. Los directores técnicos de las selecciones se preparan de forma muy parecida en las mismas escuelas, por lo que tienen concepciones muy similares del fútbol. Todos se conocen mejor porque se estudian mejor y porque juegan mucho más entre sí.
Y no digo que esta “homogenización” del fútbol sea mala, ni mucho menos, en lo particular me parece bien que ahora una mayor cantidad de equipos tengan oportunidades reales de ganar el Mundial. Pero los de mi generación, muy probablemente, preferiremos ver contrastes en los estilos de juego de las selecciones.
Así que, estimado lector, le deseo que disfrute de esta Copa del Mundo.