Lula está intentando mostrarle a la izquierda cómo lidiar con Donald Trump
A pesar de un mal inicio en las relaciones bilaterales, Luiz Inácio Lula da Silva ha logrado convivir en forma cordial con el presidente de EE. UU.
Cuando el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva llegó a la Casa Blanca este mes, su anfitrión comenzó guiándolo por el Paseo de la Fama Presidencial hasta sus propios retratos.
Mientras caminaban uno al lado del otro, Lula bromeó con el presidente Donald Trump sobre su expresión seria en las fotos. “¿Es que no sabes sonreír?”, le preguntó Lula, según contó. Trump, añadió, respondió que los votantes preferían a los líderes con aspecto serio. “Solo durante las elecciones”, dijo Lula. “Ahora que gobiernan, pueden sonreír un poco. La vida se vuelve más ligera cuando sonreímos”. En la fotografía oficial difundida por el gobierno brasileño tras la reunión del 7 de mayo, Trump aparece sonriendo.
“Tuvimos una gran reunión”, declaró Trump a los periodistas. “Estamos realizando muchas operaciones comerciales y vamos a aumentarlas. … Es un buen hombre. Es un tipo inteligente”. Trump tiene un historial de relaciones personales cordiales con algunos líderes de izquierda, desde la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum y su predecesor, Andrés Manuel López Obrador, hasta el presidente chino Xi Jinping. Pero la cordialidad entre él y Lula habría parecido improbable hace un año, cuando imponía aranceles a exportaciones brasileñas clave y sanciones a funcionarios brasileños, en un intento por detener el procesamiento de su amigo, el expresidente Jair Bolsonaro —Bolsonaro, derrotado por Lula en el 2022, había sido acusado de intentar mantenerse en el poder mediante un golpe militar en el que el gobernante iba a ser asesinado).
Lula describe su enfoque hacia Trump como estratégico. “Si logré hacer reír a Trump, también puedo lograr otras cosas”, declaró a The Washington Post en su primera entrevista con los medios desde la reunión. “No puedes simplemente rendirte”. El presidente brasileño, de 80 años, intenta lograr algo más que un reinicio diplomático. Ante la que probablemente sea su última elección en octubre, el veterano líder de la izquierda latinoamericana busca presentarse como un estadista pragmático capaz de colaborar con la derecha global sin sucumbir a ella. Lula busca un cuarto mandato en una reñida contienda contra Flávio Bolsonaro, postulándose en lugar de su padre, quien actualmente cumple una condena de 27 años por haber intentado derrocar el estado de Derecho democrático de Brasil.
Espera reforzar una imagen de experiencia, estabilidad y flexibilidad política en un momento en que el conservadurismo político está en auge desde El Salvador hasta Argentina. Sentado en el gran escritorio de madera de su oficina, con un mapamundi a sus espaldas, Lula afirma que su relación personal con Trump podría ayudar a atraer inversión estadounidense a Brasil, evitar más aranceles y sanciones, y garantizar el respeto a la democracia brasileña. “Trump sabe que me opongo a la guerra con Irán, que discrepo de su intervención en Venezuela y que condeno el genocidio que se está produciendo en Palestina”, declaró. “Pero mis discrepancias políticas con Trump no afectan mi relación con él como jefe de Estado. Lo que quiero es que trate a Brasil con respeto, entendiendo que soy el presidente elegido democráticamente aquí”, dijo.
Para él, la falta de respeto fue lo que provocó el marcado deterioro de las relaciones el año pasado. Tras la imposición de aranceles y sanciones por parte del republicano, Lula lo acusó de violar la soberanía de Brasil. Aprovechó sus apariciones públicas para enviarle un mensaje claro: Brasil estaba dispuesto a dialogar con Washington para resolver sus diferencias, pero solo si se le trataba en igualdad de condiciones. El exlíder sindical, que surgió de la pobreza extrema para ganar tres mandatos presidenciales, ha forjado su identidad política en torno a la negociación y la diplomacia personal. Sin embargo, su acercamiento a Trump se ha visto influenciado por una lección que aprendió de su madre analfabeta, Dona Lindu.
“Quienes inclinan la cabeza tal vez no puedan volver a levantarla”, dijo. “Brasil está muy orgulloso de lo que es. No tenemos que inclinarnos ante nadie”. Ha supuesto un cambio radical con respecto al enfoque de Jair Bolsonaro, caracterizado por la alineación ideológica con Washington y la abierta admiración por Trump. Lula afirma que no intenta crear una división entre Trump y Bolsonaro. Sin embargo, considera que unas relaciones sólidas son una forma de contrarrestar las “falsedades” sobre Brasil que, según él, alimentaron la campaña de presión de cara a las elecciones del 2025. Eduardo Bolsonaro, otro hijo del expresidente, se mudó a Estados Unidos el año pasado para convencer a Trump de que su padre estaba siendo perseguido políticamente.
“Jamás le pediría a Trump que no le gustara Bolsonaro. Ese es su problema”, dijo Lula. “No necesito hacer ningún esfuerzo para que sepa que soy mejor que Bolsonaro. Él ya lo sabe”.
Trump y Lula se reunieron brevemente por primera vez en la Asamblea General de la ONU, en septiembre, días después de la condena de Bolsonaro. Desde entonces, se han reunido dos veces más y han hablado por teléfono cuatro veces. Trump ha elogiado efusivamente a Lula, calificándolo de “dinámico” e “inteligente”, y ha reducido los aranceles y levantado las sanciones contra Brasil. Los beneficios políticos internos se han hecho evidentes. Muchos brasileños vieron el enfrentamiento de Lula con Trump como una defensa de la soberanía.
En una encuesta realizada tras la visita a la Casa Blanca, el 60% de los brasileños afirmó que había sido “buena para Brasil”. Aun así, Lula inicia la campaña enfrentando dificultades. El precio de los alimentos y el combustible está aumentando, y el electorado, polarizado, se divide casi por igual entre él y Flávio Bolsonaro. Un nuevo paquete de medidas para aliviar la presión económica sobre los votantes y las acusaciones de que el joven Bolsonaro solicitó millones de dólares a un banquero investigado por el mayor fraude financiero del país deberían favorecerlo. Lula ha presentado cada vez más su relación con Trump como prueba de que los líderes pueden ser adversarios ideológicos y aun así negociar. Según él, los líderes prodemocráticos deben ofrecer resultados concretos antes de que los movimientos antisistema se fortalezcan.
“La democracia fracasó cuando dejó de responder a las aspiraciones más básicas de la gente”, dijo Lula. “Entonces, cualquier idiota que hable en contra del sistema recibe aplausos. Eso está sucediendo en todo el mundo”. Los intentos de Lula por lograr la paz en Venezuela y Ucrania han fracasado, y Washington ha mostrado poco interés en la mediación brasileña en Cuba. Sin embargo, él sigue queriendo posicionar a Brasil como mediador en conflictos globales. “Solo se puede mediar cuando quienes están en el poder lo desean”, afirmó Lula. Advirtió al autoritario venezolano Nicolás Maduro que unas elecciones supervisadas internacionalmente fortalecerían su legitimidad si ganaba. “Pero Maduro no lo hizo, y en cambio, solo avivó las sospechas. Hay quienes saben que están equivocados y, aun así, siguen actuando mal”.
Pero Cuba es diferente, argumenta, porque su gobierno quiere dialogar. Le pidió a Trump que levantara el bloqueo económico a la isla: Cuba, dijo, “necesita una oportunidad”. “Lo que sé es que si Estados Unidos abre una mesa de negociación, no una basada en imposiciones, Cuba participará”. Trump le dijo que no iba a invadir la isla, según afirmó. Entre la izquierda latinoamericana, los ataques militares de Trump contra embarcaciones en el Caribe y el Pacífico oriental, la captura de Maduro en Venezuela y la posibilidad de una acción contra Cuba han reavivado las preocupaciones recurrentes sobre el intervencionismo estadounidense en la región.
La democracia fracasó cuando dejó de responder a las aspiraciones más básicas de la gente.
Trump también ha intensificado la presión por otros medios, calificando a grupos criminales en México, Colombia y Venezuela como organizaciones terroristas extranjeras, una designación que permite la incautación de bienes y la acción militar. Flávio Bolsonaro y sus aliados han pedido que se impongan designaciones similares a las principales organizaciones criminales brasileñas. Lula argumenta que esa presión por sí sola no acabará con el narcotráfico. “Estados Unidos no hará eso con Brasil”, dijo. A pesar de su buena relación con Trump, Lula afirma que sigue profundamente preocupado por el rumbo de la política mundial y por lo que él considera el debilitamiento de la cooperación multilateral.
“Espero que se pueda convencer a Trump de que Estados Unidos puede desempeñar un papel mucho más importante en el fortalecimiento de la paz, la democracia y el multilateralismo”, dijo Lula. “¿Será difícil? Sí. Pero si no creyera en la persuasión, no estaría en política”. Lula afirma haber entregado a Trump una copia del acuerdo nuclear del 2010 que Brasil y Turquía negociaron con Irán, un acuerdo que fue rechazado por Estados Unidos y la Unión Europea. Según explicó, quería demostrarle a Trump que “no es cierto que Irán esté intentando nuevamente construir una bomba atómica”.
Según Lula, Trump dijo que leería el documento, y Lula se ofreció a facilitar el diálogo, pero no hablaron de los siguientes pasos. Para Lula, la guerra contra Irán demuestra lo que él considera los límites del enfoque beligerante de Trump hacia el mundo, que, según argumenta, está empezando a perjudicar a los estadounidenses con el aumento de los precios al consumidor. “Trump es responsable de ello”, afirmó. Lula quiere que Washington trate a la región como un socio, no como un objetivo. “China descubrió Latinoamérica y entró en ella”, dijo. “Hoy, mi comercio con China duplica mi comercio con Estados Unidos. Y eso no es lo que prefiere Brasil”.
“Si Estados Unidos quiere ponerse a la cabeza”, dijo, “estupendo. Pero tiene que quererlo de verdad”.