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El duelo entre eficiencia y democracia
Hay quienes afirman, equivocadamente, que mientras más se profundiza la democracia, más se compromete la gobernabilidad.
Estoy seguro de que arriesgo un tanto al relacionar dos conceptos que no provienen del mismo ámbito. El tema eficiencia corresponde a la economía y el trabajo, mientras que el término democracia es propio de los asuntos políticos y de organización social. Sin embargo, esta discusión no es nueva, ni tampoco mía, así que la pongo a discusión porque cada vez se escuchan más voces que relacionan ambos conceptos, llegando a sostener que son incompatibles el uno con el otro. ¿Por qué ha sucedido esto?
Hace muchos años, cuando se estudiaban los modelos exitosos de regímenes políticos, se comenzó a hacer hincapié en ejemplos que provenían de la cultura asiática. Recuerdo las múltiples referencias a la experiencia de Singapur, que de ser un país con considerables atrasos, hace 60 años, ahora es una potencia comercial debido, entre otras razones, a sus importantes logros en la construcción de una infraestructura eficiente y moderna. Esta historia está impregnada del liderazgo que tuvo Lee Kuan yew, su presidente por muchos años. Sin embargo, cuando se profundizaba en los factores de éxito de este modelo, siempre surgía el tema de las prácticas autoritarias y concentradas del líder político de aquel país.
Parece ser que las autocracias ejercen siempre una cierta fascinación. Claro está, siempre y cuando el autócrata se ajuste al gusto de uno. Allí está la clave del fallo en este razonamiento. Hemos visto ejemplos de cómo las autocracias comienzan por encantar y terminan por devorar. Nicaragua es una muestra de cómo un modelo que algunos alabaron terminó por perseguir a sus propios apologistas. El autócrata convertido en dictador.
La mejor garantía de que una democracia no se pierda en nombre de la eficiencia, es contar con un marco republicano sólido.
Por otro lado, se suele mencionar que países donde se practican modelos democráticos de gestión, son aquellos que tienen mayores dificultades para lograr resultados. Esto, debido a la multiplicidad de factores que deben tomarse en cuenta. Hay quienes afirman que mientras más se profundiza la democracia, más se compromete la gobernabilidad. Sin embargo, esta afirmación está basada en una generalización imperfecta. No es necesario comprometer los mecanismos democráticos para tener una gestión pública eficiente. Un país con una de las economías más importantes del planeta, India, tiene uno de los modelos más complejos de democracia, y sin embargo se proyecta al mundo con gran eficiencia. Lo importante es analizar qué elementos son claves para tener logros en democracia, sin tener que recurrir a los atajos peligrosos.
El ejercicio del liderazgo es fundamental en la gestión pública. Los líderes convocan, proponen y convencen, inclusive en ambientes hostiles. Disponer de una agenda clara también es clave. Quien la tiene, marca la ruta. Quien no la tiene, no es capaz de suscitar el menor entusiasmo. La ausencia de agenda es la característica de los mal llamados gobiernos de “transición”. Por último, saber reconocer los ciclos políticos. La tentación de permanecer en el poder en nombre de los resultados ha llevado siempre a las retorsiones legales, a la supresión de las disidencias y a la consolidación de los modelos personalistas de poder.
Se dice que en política la ruta más cercana entre dos puntos no es la línea recta. Quizá sí, pero no tiene por qué trazarse una línea que tampoco llegue al otro punto simplemente porque el trazo sea firme o vistoso. La mejor garantía de que una democracia no se pierda en nombre de la eficiencia, es contar con un marco republicano sólido y estable. Allí esta la clave para romper la dicotomía entre ambos conceptos.