Mito, metáfora y polisemia

Mito, metáfora y polisemia

Pienso que el mito encierra, envuelve y globaliza también las grandes y eternas expectativas del hombre. Podríamos entonces definirlo como una ciclópea metáfora de cuyos símbolos se decodifican las distintas instancias del drama humano. Ese drama (por todos sentido o presentido) y que arroja las siguientes esperanzas: Anhelo de una vida eterna. Corporal y espiritual […]
03/03/2025 08:59
Fuente: La Hora 

Pienso que el mito encierra, envuelve y globaliza también las grandes y eternas expectativas del hombre. Podríamos entonces definirlo como una ciclópea metáfora de cuyos símbolos se decodifican las distintas instancias del drama humano. Ese drama (por todos sentido o presentido) y que arroja las siguientes esperanzas:

Anhelo de una vida eterna. Corporal y espiritual o solamente espiritual que garantice al hombre la pertenencia a una clase “aparte” ¿élite? O a un género superior donde realice la suposición secular y narcisista de ser centro del mundo y del universo y acaso alados.

Ansia de sentirse no un ser para la muerte sino para la vida. Posibilidad de poder negar la muerte por medio de diversos burladeros que le permiten desconocer o ignorar la limitada temporalidad de su vida.

Necesidad de creer que posee un espíritu que participa de la esencia divina. Idea o intuición que apoya en la convicción (desde luego paranoide por su inmerecida, improbable y absurda grandeza) que esa parte es, en realidad, una parte de Dios. Lo cual de alguna manera nos convierte en pequeños dioses.

Triunfo e identidad, que se encuentra muy bien perfilado desde el “Edipo, rey” de Sófocles, hasta el marqués de Carabás de “El gato con botas”. Mito concretado en la historieta del hombre joven que sale de la casa de sus padres a correr mundo o a hacer las Américas y encuentra –como Odiseo- muchos desafíos: Dragones, monstruos, esfinges, caballeros andantes (otros hombres de negocios) ante los que sostiene singular lid de la que sale victorioso. El triunfo (en los negocios o de cara al dragón o a la esfinge) siempre tiene un premio: Una linda princesita con la que se casa, se endeuda, se hipoteca y tiene hijos que garantizan el reinicio del mismo círculo y eterna aventura.

Conflicto entre el mal y el bien e ilusión (de nuevo paranoide por perfecta) de ser hecho y estar inclinado sólo al bien que le garantiza triunfo, aceptación y compromiso de no ser castigado ni sentir culpa. Este mito ha encontrado cuerpo en las figuras polares de Dios y el Diablo; los ángeles y los demonios menores, Caín y Abel, el amor y el odio (como personajes alegóricos del teatro medieval cristiano) Eros y Thánatos en el contexto freudiano, etc.

Vejez y enfermedad atormentan al hombre desde siempre y ante su permanente persecución (atribuida muchas veces a posesión diabólica) se defiende inventando fuentes de eterna juventud o exigiendo a la ciencia a paso forzado (o a la ciencia ficción) que lo libere de la enfermedad.

Necesidad de sentirse poderoso y sexual. Sentimiento y mito eternamente representados por el cetro que es un falo estilizado y decorado. El mito del poder y la potencia libera al hombre de la certidumbre contraria que siempre le ha acompañado: Sensación de pequeñez e inermidad (tan bien estudiada por Adler) frente al enorme y apabullantes universo o ante el Padre.

Ansia de ser aprobado y aceptado en la medida que se ajusta a la vida gregaria y a la convención social. En este afán siempre hay lucha y quien de ella sale y resulta triunfador es héroe. Al que le acontece lo contrario es un fracasado o antihéroe y sólo los grandes (los muy especiales y fuera de serie) obtienen triunfos pese al desafío social; aunque generalmente el reconocimiento heroico les llega después de muertos. El normal se ajusta de manera fluida y el triunfo lo obtiene en vida. Prometeo es el mito del antihéroe que deviene héroe a su muerte. O Cristo.