La cruz católica y el árbol de la vida de los mayas: cómo se forjó la historia del cristianismo en Guatemala
Las creencias religiosas que llegaron con la Conquista, en 1524, sembraron un proceso de imposición, adaptación y sincretismo que explica por qué Guatemala es hoy un país profundamente religioso.
Es 1524. Un ejército español avanza por el altiplano, entre volcanes y territorios que sus propios mapas no alcanzan a describir. Los soldados llevan consigo armas, banderas y otros elementos que los pueblos del lugar no habían visto, y, consigo, una cruz.
Una cruz que, quinientos años después, transformaría el territorio guatemalteco, al converger la cosmovisión y la religión.
No se imaginaban que, quinientos años después, el país albergaría aproximadamente 7 mil 320 templos católicos y casi cinco mil evangélicos, y que esas creencias tendrían tanto peso en la vida de los guatemaltecos.
Hoy se ve como algo normal. Domingo a domingo se escuchan las campanas de los templos católicos, que invitan a misa, mientras que las iglesias evangélicas convocan al culto.
Pero esa transformación no ocurrió de un día para otro. Tardó siglos e involucró guerras, negociaciones, sincretismos y reformas políticas.
La conquista
Para entender cómo llegó el cristianismo a Guatemala, hay que comprender primero el contexto en el que España llegó a América. El encuentro entre Europa y el continente americano no fue solo un choque de armas: fue también la colisión de dos estructuras filosóficas y cosmogónicas radicalmente distintas, explica el historiador Juan Alberto Sandoval.
El conflicto territorial entre España y Portugal se agudizó con el Tratado de Tordesillas, en 1494, un año después del primer contacto entre ambos mundos. La disputa se resolvió al buscar al papa como una autoridad superior.
“En un esquema de pensamiento feudal, el pontífice era el representante de Dios en la Tierra y, por tanto, el árbitro legítimo del reparto”, explica Sandoval. El resultado fue un acuerdo con consecuencias directas para el continente americano: las tierras recién descubiertas podían ser reclamadas como propias por la corona que las evangelizara.
Bajo la Ley de Real Patronato que derivó de ese acuerdo, los reyes de España tenían preeminencia sobre la Iglesia en América. Ninguna orden religiosa podía establecerse en el Reino de Guatemala sin autorización de la Corona.
Al llegar al “Nuevo Mundo”, “no fue inmediatamente bautizar e incorporar al cristianismo”, señala Sandoval. “Había que llevar salud, educación. Eso es el trabajo de un funcionario real”. Los primeros evangelizadores llegaron a América cumpliendo un mandato real, investidos simultáneamente con la autoridad del rey y con la autoridad religiosa.
Con el ejército español que llegó a Guatemala venía el capellán franciscano Juan Godínez, a quien la tradición oral le atribuye la celebración de la primera misa en territorio guatemalteco, en el sitio donde posteriormente se construyó la ermita de la Concepción, en Salcajá, Quetzaltenango.
El historiador Walter Gutiérrez, coordinador de la Unidad de Tesis de la Escuela de Historia de la USAC, advierte que la afirmación no está documentada con certeza. Entonces, “si Godínez no venía con el ejército desde el inicio, la primera misa tuvo que haber esperado hasta 1527 y tuvo que haber sido en Almolonga”, dice.

Las dos figuras: De las Casas y Marroquín
En 1527, Guatemala ya contaba con una estructura eclesiástica básica: la parroquia de Santiago de Guatemala, adscrita al obispado de México.
Siete años después, el 18 de diciembre de 1534, el papa Pablo III creó el Obispado de Guatemala y nombró a Francisco Marroquín como su primer obispo.
Marroquín no era un religioso de formación. Era teólogo y filósofo, y llegó a América como parte del grupo de Pedro de Alvarado. Fue el propio conquistador quien lo propuso ante la Corona como candidato al obispado, al aprovechar la facultad que la Ley de Real Patronato otorgaba a los reyes de investir con rango eclesiástico a funcionarios civiles.
Marroquín fue consagrado obispo en 1537, en México, por Juan de Zumárraga —el mismo prelado que, según la tradición católica, presenció la aparición de la Virgen de Guadalupe—. Su episcopado se extendió hasta su muerte, en 1563.
La otra figura central de este período es fray Bartolomé de las Casas, fraile dominico que recorrió el Caribe, Cuba y Centroamérica, y que viajó a España para reunirse con el rey Carlos I.
Su objetivo era denunciar los abusos cometidos contra los pueblos indígenas y lograr su reconocimiento como “vasallos de la Corona”. En ese contexto, en 1542, Carlos I promulgó las Leyes Nuevas, que suprimieron la esclavitud de los indígenas.
Para el historiador y antropólogo Mauricio José Chaulón Vélez, del Instituto de Investigaciones de la Escuela de Historia de la USAC, estos son los dos personajes imprescindibles de ese período: “Fray Bartolomé de las Casas y Francisco Marroquín van a ser fundamentales” en la configuración de la Iglesia católica durante la época colonial.
De las Casas también emprendió, en el norte del actual territorio guatemalteco, lo que Sandoval describe como “una conquista pacífica”. El método de evangelización no era del todo a la fuerza, sino mediante la predicación, el sincretismo y la enseñanza.

La expansión: órdenes, capillas y sincretismo
La evangelización del territorio guatemalteco recayó principalmente en tres órdenes religiosas: dominicos, franciscanos y mercedarios, que llegaron entre finales de los años veinte e inicios de los treinta del siglo XVI.
Cada una con su propio carisma: los dominicos con el rosario; los franciscanos con el Vía Crucis; los mercedarios con la devoción a la Virgen de la Candelaria, dice Gutiérrez.
“Los españoles no son los que obligan a hablar español a todo el mundo en América”, aclara Gutiérrez. Según él, este proceso, en algunos casos es al revés: “ellos aprenden los idiomas mayas”. Esta adaptación lingüística formó parte de una estrategia más amplia que buscaba tender puentes entre el cristianismo y las cosmogonías locales.
Los evangelizadores identificaron puntos de contacto entre ambas tradiciones.
Los expertos ejemplifican que el ritual de sangre —presente en los sacrificios de los pueblos indígenas— encontró eco en la imagen de Cristo crucificado.
La figura de la Virgen María, asociada a la luna, coincidía con la de la madre de los dioses en la cosmovisión maya, también vinculada al astro.
La cruz cristiana, árbol de la vida, se superponía a la cruz maya, que representaba los cuatro rumbos del universo. “El catolicismo y el mundo maya no se rechazan en estos campos”, explica Gutiérrez.
Esa compatibilidad facilitó la evangelización, pero también permitió que las cosmogonías locales sobrevivieran integradas dentro de los ritos católicos.
Uno de los casos más conocido de sincretismo es el Cristo de Esquipulas. La imagen fue esculpida por Quirio Cataño y llegó a Esquipulas el 9 de marzo de 1595. No era negra: era de tono trigueño, “color madera”, expresan los historiadores. Con el tiempo, la exposición al humo de velas e incienso oscureció la talla hasta adquirir el color con el que hoy se le venera.
Los estudios del arqueólogo Carlos Navarrete Cáceres vinculan ese cambio con la posterior asociación popular a Ek Chuah —o Ek Balam Chuah—, deidad del comercio asociada al jaguar negro en la cosmovisión de los pueblos mayas de la región. “No es que se haya mandado a hacer el Cristo para asociarlo de una vez con esa deidad”, precisa Chaulón Vélez. “Se va a asociar cuando se ennegrece”.
Rilaj Mam
Una de las mezclas más profundas entre la cosmovisión maya y el catolicismo en Guatemala, particularmente en Santiago Atitlán, y figura clave del sincretismo religioso es el Rilaj Mam, popularmente conocido como Maximón.
En la lengua tz’utujil, Ri Laj Mam se traduce como “Gran Abuelo” o “Viejo Ancestro” y representa una personalidad anciana, ancestral y sabia de la tradición precolombina.
Según una tesis de Juan Pablo Vicente, de la Universidad Rafael Landívar, los estudiosos lo describen como un “símbolo del mestizaje” que puede encarnar figuras contradictorias como el dios maya Kukulkán, el apóstol San Pedro, el traidor Judas Iscariote o incluso el conquistador Pedro de Alvarado.
Vicente describe que la relación de esta figura con la Iglesia católica ha sido históricamente conflictiva, marcada por una tensión que evidencia un proceso complejo de sincretismo religioso.
Desde la perspectiva eclesiástica, el culto a esta figura ha sido objeto de rechazo e incluso de “satanización”, debido a que incorpora prácticas ajenas a la liturgia católica, como las ofrendas de licor y tabaco, así como la creencia de que puede intervenir tanto para el bien como para el mal.
A pesar de esta postura oficial —que no lo reconoce como santo—, la Iglesia ha adoptado en algunos contextos una tolerancia estratégica, especialmente en territorios con fuerte presencia indígena, para evitar conflictos sociales o la pérdida de fieles. Este margen de coexistencia ha permitido la consolidación de prácticas sincréticas donde ambas tradiciones, lejos de anularse, se entrelazan.
El momento más evidente de este sincretismo ocurre durante la Semana Santa en Santiago Atitlán. En la cosmovisión local, se establece una relación simbólica en la que Jesucristo es considerado “hermano” del Rilaj Mam. Esta conexión se materializa en la procesión del Viernes Santo: cuando el cortejo del Santo Entierro pasa frente a la iglesia, el Rilaj Mam, es sacado y llevado a caminar detrás de la imagen de Cristo muerto, integrándose al ritual católico.
Además, durante estos días, la imagen permanece en una capilla dentro del atrio de la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, lo que refleja una convivencia tanto física como espiritual entre ambas tradiciones. Los rituales previos, como el lavado de sus ropas en el lago durante el Lunes Santo y su vestimenta en la oscuridad el Martes Santo, combinan elementos de la solemnidad cristiana con prácticas de origen maya.
Las primeras señales del protestantismo
Si bien los registros históricos relatan que durante los primeros siglos después de la conquista la religión católica dominó el territorio guatemalteco, no significa que antes de la Reforma Liberal no existieran protestantes en el país.
En el libro Historia de la Iglesia Evangélica en Guatemala, compilado por Virgilio Zapata Arceyuz, el autor registra que el primer evangélico “fiel a sus convicciones” que arribó a Guatemala fue William Cornelius, también llamado John Martin.
Martin era un anglicano de Cork que vivió en Guatemala entre 1566 y 1574, “año en que fue aprehendido como ‘hereje’ y remitido a la inquisición de México”, expresa el autor.
En Guatemala, como en el resto del continente, el protestantismo colonial fue perseguido y marginal.

El Arzobispado
Durante más de doscientos años, la Iglesia en Guatemala fue un obispado dependiente de la arquidiócesis de México.
Eso cambió en 1743, cuando fue elevada al rango de arquidiócesis de Guatemala. Su primer arzobispo fue Pedro Pardo de Figueroa, quien ya ejercía como obispo desde 1735.
La nueva jerarquía convirtió a Guatemala en el eje eclesiástico de Centroamérica: a partir de ese año, tanto la diócesis de Chiapas, Comayagua, en Honduras, y la de León, en Nicaragua, pasaron a depender de la arquidiócesis guatemalteca.
“Guatemala se convierte en ese momento en la figura dominante de la política eclesiástica en todo el territorio centroamericano”, señala Gutiérrez.
Ese estatus se consolidó durante el período conservador de Rafael Carrera, quien en 1852 firmó con la Santa Sede el primer Concordato que el Vaticano suscribía con un país de América.
Ese privilegio otorgó al representante diplomático de Guatemala ante la Santa Sede el decanato del cuerpo diplomático en el Vaticano durante décadas.
La Reforma Liberal y el fin del monopolio religioso
El 30 de junio de 1871 triunfó la Revolución Liberal, encabezada por Miguel García Granados y Justo Rufino Barrios. El primero asumió como presidente provisional; el segundo fue elegido en 1873.
Barrios disolvió la Asamblea Legislativa inmediatamente después de recibir el cargo.
Durante el período liberal se emitió un decreto que estableció la libertad de conciencia y de cultos. Las órdenes religiosas fueron prohibidas, sus conventos cerrados y sus bienes confiscados. Por eso, junto a muchos templos históricos de la capital se ubican hoy edificios públicos.
Los sacerdotes no podían usar sotana ni ningún distintivo religioso en las calles. Las manifestaciones de fe quedaron restringidas al interior de los templos. “Si usted tenía una cadena con una crucita, era ‘cachureca’ y le caía el peso de la ley”, relata Sandoval. La Constitución de 1879 formalizó ese nuevo orden: Guatemala dejaba de ser un Estado confesional para convertirse en uno laico.

La llegada del protestantismo institucional
Tras las reformas liberales, el gobierno cedió un terreno en la capital para la construcción del primer templo protestante del país, financiado en parte con fondos estatales. “Fue también Barrios quien introdujo a Guatemala el protestantismo como religión e institución”, resume Zapata Arceyuz.
En la década de 1880 llegó el misionero presbiteriano estadounidense John Clark Hill, quien estableció la primera misión evangélica permanente. El templo original fue dañado por los terremotos de 1917-1918 y reconstruido en 1919. En 1899, la Central American Mission amplió ese trabajo, y la iglesia pasó a llamarse Primera Iglesia Presbiteriana de Centroamérica.
El protestantismo creció lentamente durante las primeras décadas del siglo XX. Los gobiernos liberales posteriores —José María Reyna Barrios, Manuel Estrada Cabrera y Jorge Ubico— restablecieron progresivamente sus relaciones con la Iglesia católica. “Hasta la revolución del 44, el protestantismo en nuestro país no tuvo mayor repercusión”, señala Gutiérrez.
Durante ese tiempo, el protestantismo y las iglesias evangélicas fueron ganando terreno en Guatemala; sin embargo, la Iglesia católica aún predominaba en el territorio.
Fue con el terremoto de 1976 que arribaron numerosas instituciones y misiones evangélicas, principalmente neopentecostales, y posteriormente se consolidó la principal iglesia pentecostal de origen autóctono: Príncipe de Paz.
El conflicto armado interno de las décadas de 1970 y 1980 marcó un punto de inflexión. Durante ese período, la Iglesia católica —que había adoptado los postulados del Concilio Vaticano II y la doctrina social de la Iglesia— fue vista con desconfianza por sectores del poder político y militar, al denunciar violaciones a los derechos humanos.
Jorge Serrano Elías fue el primer presidente elegido democráticamente que profesaba abiertamente la religión evangélica protestante. Sin embargo, el jefe de Estado José Efraín Ríos Montt, quien estuvo en el poder entre 1982 y 1983, era miembro activo de la Iglesia Cristiana Verbo, lo que marcó un precedente en los futuros mandatarios del país.

Un país multicristiano
Hoy, Guatemala alberga dos tradiciones cristianas mayoritarias —la católica y la evangélica, en sus distintas expresiones—; una presencia judía y musulmana establecida desde el siglo XX; una espiritualidad maya que sus practicantes no definen como religión, sino como cosmovisión, y que convive, se superpone o se funde con el catolicismo en comunidades de todo el país; y una multiculturalidad religiosa que converge en el territorio.
Esa convergencia no es casual. Es el resultado de cinco siglos de imposición, negociación y resistencia. De bulas papales y decretos liberales. De un Cristo que llegó trigueño a Esquipulas y se fue ennegreciendo con el humo de las velas, hasta parecerse a una deidad que ya existía antes de que él llegara.
La Iglesia católica que pisó este territorio en el siglo XVI fue expulsada, perseguida y restaurada. El protestantismo que llegó con la Reforma Liberal pasó de comunidad marginal a tradición mayoritaria.
Y, cinco siglos después, la historia sigue escribiéndose.