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Sentimientos animales y humanos ¿Qué nos enseña la ciencia?
Acabo de concluir un artículo interesante en que los autores, más de una veintena, entrevistaron adultos y niños de 33 comunidades alrededor del mundo. Les preguntaron a los participantes si los animales tienen pensamientos o sentimientos, y si los pensamientos o sentimientos animales son similares a los humanos. Tanto los niños como los adultos, de […]
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Acabo de concluir un artículo interesante en que los autores, más de una veintena, entrevistaron adultos y niños de 33 comunidades alrededor del mundo. Les preguntaron a los participantes si los animales tienen pensamientos o sentimientos, y si los pensamientos o sentimientos animales son similares a los humanos. Tanto los niños como los adultos, de culturas diversas, concedían a los animales la capacidad de tener pensamientos y sentimientos y a la vez negaron consistentemente que los animales tengan pensamientos similares a los humanos.
Creo que esto deja algo fascinante que deberá explorarse con mayor atención. Una percepción de que hay una intuición muy profunda que compartimos como vida: la capacidad de reconocer que hay «alguien» dentro de un animal, aunque ese «alguien» no procese el mundo como nosotros. Esa intuición tiene respaldo científico, pero con una salvedad. No es que los animales tengan pensamientos «peores, mejores o diferentes», sino que sus mentes están diseñadas para resolver problemas distintos. ¿Qué más nos confirma la ciencia al respecto?
En una declaración conocida como de Cambridge sobre la Conciencia (2012): Un grupo de neurocientíficos de élite confirmó que los animales no humanos (incluyendo mamíferos, aves y pulpos) poseen los sustratos neurofisiológicos necesarios para generar conciencia y estados afectivos. Además, de diversos estudios en ciencias biológicas, se puede deducir que compartimos con muchos animales estructuras cerebrales como el sistema límbico y que sentimientos como la alegría, el miedo, el dolor y el apego, no son exclusivos del humano; son herramientas de supervivencia biológica en las especies que la poseen.
Según los filósofos de la ciencia advierten que hay una brecha cognitiva significativa. Aunque compartimos la «base», el «software» que manejamos los humanos es muy distinto. Y además piden poner atención contra el error de proyectar motivaciones humanas en animales. Por ejemplo, un perro que «parece culpable» tras romper algo suele estar reaccionando al lenguaje corporal de enojo de su dueño, no procesando un juicio moral complejo sobre el bien y el mal. Además, el manejo de tiempo y espacio es otra característica y eso va asociado con el pensamiento simbólico. Los humanos usamos el lenguaje para construir conceptos abstractos, planificar a largo plazo (años) y reflexionar sobre la propia muerte. La mayoría de los animales viven en un «presente extendido».
Y entonces viene la pregunta ¿Por qué la maldad en el hombre? La ciencia sugiere que la diferencia no es que el animal no tenga «libertad» y el hombre sí, sino que el ser humano posee una estructura cerebral que le permite «vetar» sus impulsos biológicos. Eso es así porque, en la mayoría de los animales, los sentimientos (miedo, deseo, agresividad) están directamente conectados a la acción. Si un animal siente hambre y hay comida, come. Si siente miedo, huye. Los humanos tenemos una corteza prefrontal grande y compleja. Esta área actúa como un «director de orquesta» que puede decir: «Siento mucha hambre, pero estoy en una reunión importante, así que esperaré» o «Siento miedo, pero voy a salvar a esa persona atrapada en el fuego».
Entonces cabe entender dos principios diferentes en hombre y animal: libertad y altruismo con diferente connotación. El Altruismo y la preservación de la especie son estrategias evolutivas, pero no son leyes físicas infranqueables. El ser humano puede romper estas reglas por tres razones principales:
Cultura e Ideología: Somos la única especie capaz de poner una idea (patria, religión, honor, ambición) por encima de la biología. Podemos elegir no reproducirnos o incluso sacrificarnos por un concepto abstracto, algo que un animal rara vez haría fuera del instinto de protección a sus crías.
Complejidad del Ego: Nuestra autoconciencia nos permite ser egoístas de forma deliberada. Un animal puede ser «egoísta» por supervivencia inmediata; un humano puede serlo por acumulación de poder a largo plazo.
Desajuste Evolutivo: A veces, nuestras herramientas biológicas (como la agresividad para defender el territorio) se activan en contextos donde no son necesarias, lo que genera comportamientos que parecen «romper» el orden natural.
¿Tiene un animal libertad? La mayoría de los etólogos coinciden en que los animales tienen agencia, pero no necesariamente autonomía moral. Agencia porque pueden elegir entre el camino A o el camino B para buscar comida. Tienen preferencias y personalidad. Falta de autonomía: Un león no puede decidir volverse vegano por una cuestión ética. Está «atado» a su diseño biológico. El ser humano, gracias a su pensamiento abstracto, es el único que puede cuestionar su propia naturaleza y decidir actuar en contra de ella.
Bien, ahora podemos entender mejor lo que somos. El ser humano no es que «rompa» las reglas porque sí, sino que su «caja de herramientas» mental es tan compleja que le permite ignorar las instrucciones de la evolución para seguir las instrucciones de su propia voluntad (o de su cultura). Vivimos en medio de una paradoja trágica: la misma herramienta que nos permite crear sinfonías y medicinas es la que nos permite diseñar sistemas de opresión y todo tipo de mal. ¿Humanos más animales, animales más humanos?