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¿Qué estoy aprendiendo de Sudáfrica?

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¿Qué estoy aprendiendo de Sudáfrica?
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Nos toca desaprender y reaprender unos de otros con una nueva narrativa mucho más potente, digna e intencional, conectada a futuros deseables.

Mientras escucho a docenas de pájaros tejedores cantar frente a mi balcón, escribo esta columna en la intensa ciudad de Johannesburgo porque no puedo dejar de pensar en Guatemala.


La idea era irme muy lejos y desconectarme de mi realidad cotidiana para vaciar un poco mi mente y abrir espacio para ver otras realidades, dejarme inspirar y aprender de otros. Vaya si no me ha inspirado estar por primera vez en el sur del continente africano. Tan lejos de mi país y, al mismo tiempo, en un entorno tan parecido a Guatemala. Es impresionante cómo sus mayores retos son los mismos que los nuestros, los patrones se repiten y reproducen la pobreza estructural que desemboca en subdesarrollo y se traduce en riesgo para todos.


África es muchísimo más que safaris y sabanas. En verdad, África es muchísimo más grande y más rica de cómo nos la han vendido. Más allá del oro, las piedras preciosas, los minerales raros, los leones y los elefantes. La mayoría de su gente es maravillosa, todavía conectada con la tierra y la sabiduría de los abuelos, lo que les permite acceder a sus culturas ancestrales y a un entendimiento que la mayoría de sociedades en el mundo occidental hemos perdido. Quizás también, por tener menos bienes materiales, tienen menos miedo de perderlos y eso los hace más libres en términos espirituales. Quizás no, los invito a profundizar.


¿Por qué en países con tanta riqueza natural y cultural la mayoría de personas vive sumida en tanta pobreza, falta de justicia e inseguridad?


Lo que es innegable es que todos queremos tener acceso a una vida digna, donde la educación y el respeto sean la norma y no la excepción, pero en Sudáfrica, al igual que en Guatemala, solo unos pocos, principalmente en las capitales, logran acceder a oportunidades. El resto vive en el mismo país, pero en realidades diametralmente opuestas. Realidades que hemos visto tantas veces que ya ni siquiera las vemos porque nos mal acostumbramos al desequilibrio que produce el racismo.

¿Qué necesita hacer cada uno, desde la empatía y el perdón, para movernos todos hacia adelante?


¿En qué momento ambos países construyeron las estructuras sociales y económicas que hoy todavía prevalecen y reproducen la pobreza y, con ello, la falta de seguridad que está íntimamente relacionada a la falta de justicia y corrupción?


¿Por qué, con todo lo que hoy sabemos, seguimos construyendo un sistema desequilibrado que no le permite a la mayoría acceder a las oportunidades que todos necesitamos?


¿Por qué nuestra autoestima individual y colectiva es tan baja? ¿Por qué nos vendemos tan mal frente al mundo? ¿Por qué, después de independizarnos, todavía tenemos mentalidad de
colonizados?


Las preguntas son profundas; abren una conversación no solo importante, sino necesaria para poder destrabarnos de los amarres que no nos dejan liberar el inmenso potencial que tenemos dentro.


Guatemala y Sudáfrica se parecen. Ambos países son inmensamente hermosos y su gente tiene una amabilidad conmovedora; su riqueza tanto cultural como natural es inefable, pero sus problemas estructurales son los mismos. Nos toca desaprender y reaprender unos de otros con una nueva narrativa mucho más potente, digna e intencional, conectada a futuros deseables.


Última pregunta profunda que planteo hoy: ¿Qué necesita hacer cada uno, desde la empatía y el perdón, para movernos todos hacia adelante?

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