Celia Recinos: La actriz quetzalteca que ha cautivado a Guatemala con sus personajes memorables

Celia Recinos: La actriz quetzalteca que ha cautivado a Guatemala con sus personajes memorables

Durante varias décadas, la actriz guatemalteca Celia Recinos se ha convertido en una de las artistas más queridas del país debido a sus personajes, simpatía y pasión por las artes escénicas.
23/02/2025 00:00
Fuente: Prensa Libre 

Celia Recinos es una de esas figuras que quizás no necesiten presentación para algunos guatemaltecos. Su trayectoria ha sido reconocida gracias a personajes como Doña Rome, la Jackie y la Consuelito, entre muchos otros.

Originaria de Salcajá, Quetzaltenango, comenzó a trabajar con tan solo 12 años. Fue en el colegio donde descubrió su pasión por las artes escénicas, participando en actos escolares y declamando poesías.

Su talento innato y su capacidad para improvisar la llevaron a conquistar la radio, la televisión y los escenarios. Su habilidad para crear personajes memorables y su conexión con el público la han convertido en una de las artistas más queridas del país. Para ella, el arte y la comunicación son más que una profesión: son una forma de vida, como ella misma se describe: “me gusta pensar que soy comunicadora”.

Celia se define a sí misma como “una mujer tímida, trabajadora e impaciente. Deseosa de aprender, interesada en los temas espirituales, sonriente e inteligente”, y esta personalidad se ha reflejado en cada etapa de su carrera artística.

En esta entrevista, Celia Recinos nos habla de sus inicios, sus inspiraciones y los momentos que han marcado su trayectoria.

¿Cómo descubre la pasión por dedicarse a las artes escénicas?

Creo que desde el colegio, cuando había que participar en actos, clausuras o el Día de la Madre, siempre tenía algo que hacer: recitar una poesía, formar un grupo de baile con mis compañeras o cualquier otra actividad. Nunca me dio miedo hablar en público, ni sentí vergüenza de comunicarme en general.

Sí creo que desde el colegio me fui dando cuenta, pero en ese momento solo se trataba de participar en los actos escolares. No era algo como: “Ay, quiero ser artista”. No. De repente miraba telenovelas y pensaba: “Ay, qué feo hacerse la que está llorando y no le sale”, o cosas así. Pero nunca decidí: “Quiero ser artista, voy a ser artista, voy a escribir canciones”.

No sé cuándo nació esa pasión. Creo que nació conmigo, pero nunca la he sobredimensionado. Simplemente ha estado ahí, siempre a mi lado.

Tampoco tuve oportunidad de estudiar. Creo que, de haber estudiado, habría elegido Ciencias de la Comunicación. Pero le dije a mi mamá: “No, mamá, vi con cuánto sacrificio me sacó el secretariado. No quiero que ahora tenga que ver cómo me va a pagar la universidad. Déjeme que trabaje un poco y, después, yo me pago mi carrera”.

Pero ya no me la pagué (ríe). Fueron trabajos con horarios muy exigentes, en los que tal vez tenía el ingreso, pero ya no el tiempo. Hice algunos años de Administración de Empresas y un poco de Relaciones Internacionales, pero arte, no.

Celia Recinos junto a Josué Morales.
Su amor por las artes escénicas surgió de forma natural desde la infancia, cuando participaba en actos escolares, pero nunca se planteó ser artista de manera consciente. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)

¿Cuál fue su primer trabajo?

Mi primer trabajo fue vender paletas en las calles. Vendía paletas y bastones de dulce. Fue una novedad cuando aparecieron las paletas de la Chilindrina, que eran unas paletonas grandes, colocaban puestos en cada cuadra de la Sexta Avenida, y uno de esos me lo dieron a mí, en la 10ª. calle y sexta avenida de la zona 1.

Al principio, gritaba con timidez, pero después me solté y ya anunciaba con entusiasmo: “¡Paletas y bastones! ¡Dulces de cardamomo!”. Se vendía muy bien. Ganaba tres veces el sueldo mínimo en un mes de venta. Trabajaba desde la última semana de noviembre hasta la última semana de diciembre, y con eso reunía suficiente dinero para comprarme los útiles del año siguiente.

Mi mamá, con seis hijos, siempre tenía que economizar y optimizar lo que tenía. Así que poder comprarme mis libros era una felicidad. Me esmeraba en forrarlos bien chileros y, además, me daba algunos gustitos.

En ese entonces tenía aproximadamente 12 años.

¿Hubo alguna persona en su infancia que la haya inspirado a dedicarse a las artes escénicas, la radio y la televisión?

Recuerdo cuando, en el Colegio Belga, nos llevaban al teatro de la UP (Universidad Popular). Recuerdo exactamente en qué butaca me sentaba y dónde estaba la foto de María Teresa Martínez (se le quiebra la voz).

Lo tengo muy presente. Hace unos cinco años, creo, que ya no está María Teresa. Pero le decía yo: “Madre”. Todos le decíamos “Madre”.

Ella me inspiró. Y cuando la conocí, no lo podía creer. Para mí fue como: “¡Estoy hablando con María Teresa!”. Fue muy linda conmigo. Una maestra como ninguna. Ni siquiera puedo decir “como pocas”, sino como ninguna.

Amistosa, humilde, sencilla… ella misma no sabía lo grande que era.

Celia María Recinos Abularach, también conocida por su personaje de doña Rome, es cantante, compositora, actriz, locutora y comediante guatemalteca. También, creó otros personajes conocidos como La Consuelito y El Gabrielito reconocidos en la televisión y radio guatemalteca Foto: BYRON RIVERA 13/02/2025
Celia Recinos recuerda con mucho cariño a María Teresa Martínez, a quien admiró desde niña y fue su mayor inspiración en el mundo artístico.(Foto Prensa Libre: Byron Rivera)

¿Ha regresado a esa butaca?

No, no he vuelto a ir a la UP. Estoy segura de que, si regresara, lo primero que querría hacer sería ver dónde está su foto. No he vuelto porque no he tenido la ocasión, pero me gustaría regresar para verla.

Usted ha trabajado en medios como la radio, la televisión y el teatro. ¿Qué diferencia encuentra entre estos tres medios y cómo ha influido cada uno en su desarrollo profesional?

La radio es fresca y cotidiana. Exige, pero de otra manera. Es menos intensa que el teatro. Para trabajar en radio no hay necesidad de memorizar un guion. Claro, hay apoyo de producción y algunos guiones escritos, sobre todo para los personajes, pero cuando se habla libremente —y me encanta improvisar—, es un medio mucho más fresco, inmediato y, a la vez, efímero. Su periodo de vida es cero: digo algo y se acaba.

Esa es una de las características de la radio: su volatilidad.

Después está la televisión, que exige mucha más preparación. La radio también lo hace, pero es más clemente a la hora de perdonar errores dentro del equipo. En televisión, la integración del equipo es fundamental, y requiere un trabajo previo más riguroso para que cada quien sepa qué tecla debe tocar al momento de producir.

El teatro tiene un nivel de exigencia similar al de la televisión, pero es un poco más permisivo: los deslices pueden convertirse en motivo de risa.

Por cierto, me conmueve y me cala mucho pensar: esta persona tenía otras 999 cosas que hacer y decidió venir a verme al teatro. Es distinto a la radio y la televisión, donde soy yo quien “llega” a la casa del espectador. Pero en el teatro, no. Quien asiste dejó la comodidad de su pijama y sus pantuflas para venir a verme.

Eso me hace sentir más responsable, más consciente y, sobre todo, más agradecida de que alguien haya decidido dedicarme su tiempo.

Por eso creo tanto en la preparación. Para poder improvisar, hay que estar bien preparado.

Y si pudiera escoger solo uno, ¿cuál escogería?

Teatro. El en vivo.

Celia Recinos junto a Josué Morales.
Para Celia Recinos el teatro tiene un lugar especial en su corazón y si pudiera escoger una sola de sus pasiones sería ese. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)

¿Cómo inicia usted su carrera en el medio artístico?

Llegué a la radio porque le pedí una prueba a Josué Morales. Le dije que escuchaba su programa y que había ciertas cosas en las que tal vez podía colaborar con él. Le pregunté si me permitía presentarle algunas ideas y hacerme una prueba. Siempre fue muy accesible y amable, y me dijo que sí.

Me llevó de prueba a la radio dos veces, y a la tercera, Federico Velarde me dijo: “Mirá, el lunes empezás ya formalmente”. Me desmayé. “Bueno, eso si querés, pues”, agregó. “¡Claro que quiero!”, le respondí. Ahí comencé, el 7 del 7 del 97.

Para ese entonces, ya había hecho teatro. Javier Pacheco me llamó para un papel que nadie quería. Ninguna actriz medianamente conocida lo aceptaba porque tenía apenas seis líneas en el primer acto y cuatro en el segundo. La obra se llamaba Golfos de cinco estrellas.

Me divertí muchísimo y aprendí aún más. Fue la última obra que se presentó en el Teatro Gadem, pues después lo demolieron.

Gracias a esa obra, Gloria Marina me recomendó para Eva y Adán, con Douglas González. Ahí tuve la oportunidad de tratar muy de cerca a María Teresa Martínez. En esa misma obra me había visto Josué, y como le gustó mi actuación, aceptó hacerme la prueba en la radio. Incluso comentó sobre mi actuación en su programa.

Después de la radio, de ahí en adelante… “todo fue playa”. No sé qué pasó después, pero aquí estoy.

Es conocida por personajes como Doña Rome y la Jackie. ¿Cómo surgieron estas creaciones? ¿De dónde proviene la inspiración para su creación?

El lienzo en blanco donde se fueron formando los personajes fue la radio. Su inmediatez y la reacción del público permitieron probar y descartar ideas rápidamente. Probablemente, si me quedé con seis personajes fue porque antes intenté con diez. Algunos pasaban sin pena ni gloria, no eran memorables y no generaban reacciones.

Los personajes que terminé llevando en mi “maleta” fueron aquellos que sí lograban una conexión con el público.

Doña Rome nació de una recopilación de bromas con mi querido amigo Julio Miranda, un gran modista y artista que ya no vive en Guatemala. Él tiene un perfil similar al que tiene Doña Rome: pícara, coqueta, nada tímida. Me contaba muchas historias divertidas, y yo le respondía con el acervo que tenía de conocer a señoras chispeantes y sin vergüenza alguna.

Lo de la cocina vino después, pero su esencia siempre fue la misma: era cusca, bizbirinda y bispireta.

Por otro lado, la Jackie la conocí en algunos centros comerciales de Guatemala. Recuerdo que, haciendo cola en una tienda de embutidos para darme el gusto de comprar algo especial, escuché las conversaciones de las mujeres a mi alrededor. Me sorprendía el contraste entre mi vida, en la que tenía que estirar los centavos, y la de ellas, tan llena de desprecio.

Otra vez, en un avión —viajaba mucho por trabajo—, escuché una conversación que me marcó. Tengo testigos de que sucedió, porque parecía inverosímil:

“Ay, ¿qué es eso que está ahí abajo?”
“Es un barranco, es el puente por el que pasamos cuando vamos a ver a la abuelita.”
“¿Para dónde?”
“A la zona 1.”
“Ah, ya sé,” dijo la otra, “es el puente del Incienso, el puente donde se tiran los pobres.”

A mí me dio vuelta el corazón porque me tenía que ir a tirar de ahí yo también.

Así se fue perfilando la Jackie. Escuchando maneras de hablar que desconocía, descubrí que existía un rango de personas con una visión de la vida tan materialista y extrema que me sorprendió.

Los demás personajes nacieron por la necesidad del programa. Por ejemplo, Gabrielito surgió en un momento en el que estaba al aire solo con Federico y, para improvisar, le inventé un hijo. Un muchacho que llegó a buscarlo y le dijo que era su papá. Consuelito nació para acompañar al personaje de Licenciado que tenía Josué. Domitila, en un principio, era la ayudante de un mecánico, pero con el tiempo se convirtió en su esposa.

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Personajes como el de Doña Rome nacen de la observación de la vida cotidiana, la interacción con diversas personas y la inmediatez de la radio, que le permitió probar qué funcionaba con el público. (Foto Prensa Libre: Juan Diego González)

¿Cómo nace su interés por la gastronomía y cómo lo integra a su personaje de Doña Rome?

Doña Rome no nació siendo chef. Al principio, vendía comida en la calle y, aunque se infería que ella misma la cocinaba, su historia no giraba en torno a la gastronomía.

Mi interés por la cocina viene desde niña, en las temporadas que pasaba en Salcajá, donde me prohibían entrar a la cocina. Y fue precisamente esa prohibición la que me enamoró de ella.

En la cocina siempre estaba mamá Meches, quien fue para mí como una abuelita. Me dejaban entrar solo los viernes y los sábados en la tarde, para pelar zanahorias… ¡casi un quintal!

Mi abuelita vendía las tostadas más famosas de Salcajá, justo frente a la iglesia de San Luis. Los sábados y domingos la venta era una locura, y yo siempre estaba ahí, espiando, queriendo ver qué más hacían. La cocina escondía muchos misterios para mí.

Por otro lado, mi mamá traía toda la influencia árabe de su familia. Con ella aprendí muchas recetas extranjeras, principalmente de la cocina mediterránea. Pero, además, cocinaba todos los días para sus seis hijos, con una dedicación admirable.

No tenía muchas oportunidades de ayudarla, porque siempre estaba ocupada con otras cosas, pero cuando podía, entre mi mamá, mi hermana y yo éramos como el Facebook de las recetas.

Mi hermana era maestra y viajó mucho, ya que se casó con un árabe. Estuvo en Palestina, Líbano y otros lugares, y siempre traía novedades: especias, recetas y técnicas. Así que la cocina ha sido parte de mi familia por ambos lados, tanto por mi abuelita paterna como por mi mamá.

Siempre he buscado aprender un poco más. De chef, tengo capacitación virtual, pero no presumo de serlo ni me lo atribuyo. Me gusta cocinar y me considero una aprendiz de cocinera y ayudante de cocina.

Celia Recinos en su personaje de Doña Rome cocinando.
La cocina fue algo que siempre estuvo presente en la vida de Celia Recinos, tanto que la incluyó en uno de sus personajes más icónicos. (Foto Prensa Libre: Alan Martín Escobar)

¿Cuál es la importancia que ha tenido este reconocimiento en su trayectoria? ¿Existe algún momento en el que haya dicho: “Yo ya triunfé”?

Yo creo que eso solo podrá escribirse en la tumba. Mientras tanto, hay mucho por aprender y mucho por hacer.

Algunas veces me preguntan por qué la fama no se me ha subido a la cabeza. Pero, ¿por qué habría de hacerlo? Todos somos famosos, cada quien en su propio medio. A quien la fama le infla la cabeza es porque ya no tiene nada más dentro de ella.

La fama es un constructo mental del público. Pero cuando llego a mi cama, después de salir de un Teatro Nacional a reventar, y estoy sola, esa soy yo. No la que cumplió con su trabajo de hacer reír en el escenario. Yo simplemente soy alguien que cumple con su trabajo y es feliz haciéndolo. Para mí, esa es una dicha. Pero que eso me confiera alguna autoridad especial, alguna cualidad extraordinaria o alguna superioridad, no lo creo así.

“Para mí, el éxito es poner la cabeza en la almohada y poder dormir en paz. Eso sí es éxito”.

¿Cuál cree usted que ha sido su contribución al arte y la cultura de Guatemala con su trayectoria artística?

Me atrevo a atribuirme algo: he ganado muchas risas. Pero más allá de eso, los formalismos sobre si uno es un ícono o un representante de algo no me preocupan. Tal vez no soy tan retórica.

Simplemente, me llena el corazón pensar que he logrado robarme algunas sonrisas.

Uno solo hace lo que le gusta. No le atribuyo trascendencia nacional a nada de lo que hago, porque hay cosas más importantes.

¿Qué legado le gustaría dejar a Guatemala para las futuras generaciones?

Me gustaría que me vean como alguien que no se puso límites para hacer lo que quería hacer. Que logré vivir feliz porque así lo decidí, no porque me lo permitieran o no.

El legado que pueda dejar aún es incierto. Ojalá algún día pueda crear una escuela de cocina para mujeres y hombres de nuevas generaciones.

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