Estamos en una esfera de cristal, con una vela encendida y vegetación que se sigue reduciendo.
En 1774 se efectuó un experimento científico al otro lado del mundo: el químico inglés Joseph Priestley colocó un ratón y una vela encendida debajo de una campana de cristal sellada: el aire se viciaba, la vela se apagaba y el mamífero moría. En aquel momento aún no se había descubierto el oxígeno, elemento vital. Pero Priestley introdujo una planta viva junto con otra vela encendida y otro roedor. Este sobrevivió y la vela siguió encendida. Así se demostró que las plantas “refrescan” el aire, absorbiendo el dióxido de carbono y produciendo un elemento que más tarde sería nombrado oxígeno.
Tomando aquella anécdota como metáfora, pero también como demostración sencilla y elocuente, podemos afirmar que los humanos compartimos no una campana, sino una esfera frágil con una vela encendida —toda la actividad y transformación de materia y energía— que genera muchísimos gases y sustancias residuales. Pero estamos quitando las plantas o, más bien, destruyéndolas a través de la tala inmoderada, las quemas fuera de control, la urbanización sin criterios de sostenibilidad de áreas que otrora eran bosques y barrancos, con manantiales, ríos, lagunas, lagos…
El planeta de cristal padece escasez de lluvia en ciertas regiones, excesiva precipitación en otras temporadas, calores extremos y una creciente escasez de agua potable. Guatemala es uno de los países con mayor riesgo a desastres ambientales, lo cual no solo implica derrumbes o correntadas, sino también sequías prolongadas, pérdida de cosechas o reducción aún mayor de mantos freáticos. Eso lo está padeciendo Guatemala con mayor intensidad desde hace al menos un cuarto de siglo, y en ese mismo lapso ha proseguido la destrucción de zonas forestales.
La proporción de sequías es directamente proporcional a la desaparición de árboles en distintas regiones del país. Las áreas que en invierno se derrumban y las cuencas que se convierten en raudales destructivos presentan la misma sintomatología. No hay que engañarse: sin ecosistemas sanos, no hay recarga hídrica pluvial o fluvial que aguante. Y la situación parece empeorar. Autoridades a cargo del monitoreo climático han señalado una alta probabilidad de que el fenómeno de El Niño —nombre cándido para una situación extrema— retrasará la entrada de la temporada lluviosa, hará más larga la canícula y subirá los termómetros.
Menos lluvia normal es menos agua infiltrándose en la tierra; menos ríos, menos cosechas; menos árboles, menor retención del líquido en el subsuelo. La amenaza está puesta sobre las cosechas de maíz y frijol, sobre los cultivos de verduras. Miles de guatemaltecos ya viven en inseguridad alimentaria, especialmente en el Corredor Seco, que sigue expandiéndose. Ante esa situación, es necesaria la ampliación de los programas de aprovisionamiento de agua para consumo y para proyectos de minirriego eficiente. Pero hay que ir aún más allá: ¿qué hacer para revertir el daño o por lo menos para que no continúe el deterioro?
Se necesita una visión integral y sostenible de Nación: proteger ecosistemas, restaurar suelos, impulsar prácticas como la agricultura regenerativa y gestionar el agua como un bien común, no como un recurso infinito. Se requieren estrategias que vayan más allá de los enfoques ortodoxos; se necesitan abordajes como los que plantean la agricultura regenerativa, por ejemplo, y técnicas más sostenibles, adaptadas a lo local. Porque la lección de Priestley sigue vigente: estamos en una esfera de cristal, con una vela encendida y vegetación que se sigue reduciendo.