Entrar en los juegos de poder para capturar la justicia resulta siempre en graves consecuencias para quienes los practican.
Con ocasión de los procesos de nominación institucionales que se están llevando a cabo en el país —por cierto, mal llamados elecciones de segundo grado—, es motivo de frecuente conversación la necesidad de evitar que la justicia vuelva a tener un giro pendular. Es decir, cómo impedir que la justicia se termine leyendo como un juego de suma cero en que dos bandos encontrados se suman o restan puntos dependiendo de quién quede elegido en cada una de las instituciones. Una lectura política así atrapa a todos los actores en esa lógica y produce un efecto de rebote en la dirección contraria. Es decir, el péndulo girando con toda fuerza en sentido opuesto.
Lo que hemos visto, al menos en más de una década, es que, cuando esa lógica se impone, lo que termina sucediendo es pura y dura instrumentalización de la justicia. La historia se repite, solo que “los buenos y los malos” cambian de sombrero. Hoy la demostración inequívoca de que el proceso pueda estar teniendo otra vez este sesgo es la alta judicialización, las presiones mediáticas y el protagonismo de tuiteros y net centers a ambos lados del espectro. Nadie duda que la lucha es y debe ser procurar una justicia en manos de profesionales honestos, competentes e independientes, y no por razón de pertenecer a esta o aquella afinidad política.
¿Cómo hacer para que el péndulo deje de girar como guadaña para unos y para otros?
El tema es cómo romper el ciclo. ¿Como hacer para que el péndulo deje de girar como guadaña para unos y para otros? Ya se ha dicho y repetido que la participación es clave, pero no suficiente. Que la observancia ciudadana es positiva, también, pero es más una herramienta de apoyo y no un factor decisor. Hay otros elementos que entran en juego. El primero de ellos es el que le llaman coloquialmente el “principio de ingratitud” en los procesos de designación. Es decir, el principio por el cual un designado no debe responder en adelante al designio político de quien lo nombró. Esto no solo por un tema de ética profesional, sino también por un mero asunto de orden práctico. Los poderes cambian, mutan, se transforman en poco tiempo. Así que vincular el prestigio profesional a un poder temporal o comprometer el criterio personal por conveniencia con figuras efímeras de la historia es cuando menos una apuesta perdedora.
La experiencia indica, además, que entrar en los juegos de poder cuando se trata de capturar la justicia resulta siempre en graves y permanentes consecuencias para quienes los practican. Hemos visto que el goce de un poder temporal es sustituido luego por el escarnio, la persecución o los problemas legales, no importando el signo ideológico que se sostenga. La diferencia entre los profesionales que pueden, luego del ejercicio público, caminar tranquilamente como ciudadanos honestos con aquellos que no lo pueden hacer radica precisamente en el comportamiento personal que sabe diferenciar claramente una tribuna de una trinchera.
Un conocido jurista y político guatemalteco —que siempre ejerció ambas calidades saliendo de ellas sin tacha alguna— solía contar cómo se administraba la justicia en el Japón antiguo. Los jueces escuchaban las causas y a los litigantes detrás de un biombo mientras se preparaban ceremonialmente un té. Con ello querían simbolizar la actitud de un verdadero juez, que no se deja llevar por la mirada suplicante o amenazadora de cualquiera de las partes o que no tiene las manos ocupadas en recibir premios, elogios o estipendios. Solo aplicar la ley, sin deudas políticas o afinidades ideológicas. He allí cómo romper el ciclo. He allí cómo detener el péndulo.