El fracaso de la Ronda de Doha
Una preocupación importante es que los acuerdos preferenciales ya no tratan únicamente sobre comercio tradicional.
En este breve texto analizaremos la crisis a partir del fracaso de la Ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio (OMC), estancada tras más de dos décadas de negociaciones multilaterales. Según expertos en la materia, este fracaso no solo impidió obtener los beneficios de una mayor liberalización comercial, sino también debilitó las otras funciones centrales de la OMC, la elaboración de normas y el mecanismo de solución de controversias. Aunque antes los acuerdos comerciales preferenciales coexistían con el sistema multilateral, ahora se han convertido en el principal espacio de negociación de las normas de la OMC.
Una preocupación importante es que los acuerdos preferenciales ya no tratan solo sobre comercio tradicional, como aranceles, servicios o agricultura, sino que incluyen temas ambientales, inversión y controles de capital. Además, si los mecanismos de solución de diferencias pasan a depender de acuerdos preferenciales, preferentemente deberían reflejar las desigualdades de poder entre países, en lugar de ofrecer una plataforma imparcial para todos los miembros.
Varios autores sostienen que la OMC necesita reformas profundas. Joost Pauwelyn propone reconsiderar cinco principios fundamentales: la toma de decisiones por consenso, el carácter “impulsado por los miembros”, la preferencia por normas jurídicamente vinculantes, la idea del “paquete único” y el trato especial para países en desarrollo. Plantea que el consenso no debería permitir vetos individuales automáticos, que la OMC debe dialogar más con empresas, consumidores y reguladores, y que no todos los acuerdos deben ser obligatorios para todos los miembros. También defiende una diferenciación más realista entre países en desarrollo, pues no es lógico tratar a las pequeñas economías que amplían la crisis del comercio hacia una crisis general del multilateralismo. La arquitectura internacional creada después de la II Guerra Mundial dependía del liderazgo de EE. UU., pero ese liderazgo se ha debilitado. Al mismo tiempo, nuevas potencias como China, India, Brasil y otros países emergentes han ganado influencia, aunque ninguna ha asumido plenamente la conducción del sistema. Esta dispersión del poder dificulta alcanzar acuerdos globales, como también ocurre en cambio climático y desarrollo sostenible.
El comercio puede conectar zonas con excedentes de alimentos con zonas deficitarias, estabilizar precios.
El texto también destaca que el comercio del siglo XXI ha cambiado. Hoy la economía mundial funciona mediante cadenas globales de suministro, inversión extranjera directa, servicios logísticos y producción transfronteriza. Por eso, las antiguas negociaciones centradas en aranceles y bienes agrícolas ya no bastan. Para que los países participen en estas cadenas necesitan infraestructura, aduanas eficientes, transporte, servicios modernos y regulaciones adecuadas. La OMC corre el riesgo de quedar atrapada en problemas del siglo XX si no aborda estas nuevas realidades.
Otro tema central es la relación entre comercio y empleo. La OMC ayudó a evitar una ola proteccionista durante la Gran Recesión, pero las preocupaciones sobre pérdida de empleos, desigualdad y ajuste laboral dificultan nuevas liberalizaciones. Los autores señalan que el comercio puede generar beneficios, pero estos no se distribuyen automáticamente. Por ello, se requieren políticas complementarias de protección social, capacitación y educación. El texto aborda la seguridad alimentaria.
El comercio puede conectar zonas con excedentes de alimentos con zonas deficitarias, estabilizar precios y mejorar la eficiencia productiva. Sin embargo, las restricciones a la exportación y las distorsiones agrícolas pueden agravar la volatilidad y perjudicar a países importadores. Una conclusión exitosa de Doha habría contribuido a reducir subsidios, mejorar el acceso a mercados y fortalecer la seguridad alimentaria. En conjunto, el documento sostiene que el multilateralismo no debe abandonarse, pero necesita adaptarse urgentemente a un mundo más multipolar, complejo e interdependiente.