El éxito invisible del agua también es su tragedia 

El éxito invisible del agua también es su tragedia 

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27/05/2026 07:52
La Hora
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Resumen Inteligente

Cuando el agua llega limpia, abundante y barata al grifo, entonces esa agua desaparece de nuestra conciencia. Se vuelve tan cotidiana, tan confiable y omnipresente que dejamos de valorarla. Exactamente como el puente que no se cae o la red eléctrica que no falla: esta perfección técnica la hace invisible. Este éxito genera una doble […]
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Cuando el agua llega limpia, abundante y barata al grifo, entonces esa agua desaparece de nuestra conciencia. Se vuelve tan cotidiana, tan confiable y omnipresente que dejamos de valorarla. Exactamente como el puente que no se cae o la red eléctrica que no falla: esta perfección técnica la hace invisible.

Este éxito genera una doble tragedia. Por un lado, produce una especie de invisibilidad perceptual donde nadie celebra que el agua salga del grifo. Por otro, produce la desvalorización y abuso del agua al ser invisible. Desde hace medio siglo, la época de «oro» del agua entubada, el agua se trata como un recurso ilimitado y barato. El agua, venga de donde venga, se desperdicia masivamente, se contamina sin control alguno y se infra invierte en su mantenimiento y protección y menos en su tratamiento. Hasta el agua bendita se desperdicia en estos tiempos.

De momento no hay realmente plantas de tratamiento de aguas en el país de la eterna primavera con el gobierno de la primavera. Ciertamente, hay una que otra planta que ciertamente no se inserta en el ciclo social del agua porque casi ninguna municipalidad reúsa el agua. Para tener éxito con las posibles plantas de tratamiento de agua, ya sea en la ciudad del futuro, ciudad de Guatemala, o la ciudad del pasado, Quetzaltenango, hay que insertar las plantas dentro del ciclo social de tal forma que el agua tratada tenga una función y no solamente se regrese a los ríos contaminados.

En la ciudad de Quetzaltenango, en (EMAX), Empresa Municipal de Aguas de Xelajú, se pagan 30 quetzales por 60 mil litros de agua al mes. O sea, se paga 1 quetzal por 2 mil litros, casi nada. En la ciudad del futuro, la municipalidad de Guatemala cobra aproximadamente entre 3 y 12 quetzales por metro cúbico por lo que el litro puede costar Q0.002. Empagua y EMAX, cobran aproximadamente igual por el agua «potable» que llevan a sus residentes, si acaso les llevan. Con estos pocos fondos, poco se puede hacer en inversión a largo plazo para mejorar la recarga hídrica, control de pozos, tratamiento en plantas y reúso.

El resultado es la crisis que hoy enfrentamos: desperdicio por doquier, agotamiento de acuíferos, ríos contaminados, sequías agravadas por el cambio climático y conflictos por el acceso, una crisis que apenas empieza y que es el producto de una relación enfermiza que hemos construido con el agua.

En muchos lugares de América Latina, incluido Guatemala, esta paradoja es dolorosamente visible: sistemas de agua construidos con esfuerzo ingenieril funcionan “bien” durante cierto tiempo, hasta que colapsan o se vuelven insuficientes, y entonces surge la sorpresa y la emergencia. La razón fue el olvido de una práctica esencial en la ingeniería: Mantenimiento. De hecho, se reporta que en Quetzaltenango hay pérdidas en la red municipal de agua de hasta el 60%. Más de la mitad del agua extraída se pierde por fugas. Pero como el agua «sobra», seguirán así hasta que la crisis real llegue.

Esta paradoja tiene un nombre en la literatura: la crisis del agua o infraestructura invisibles. Mientras la infraestructura funcione, nadie quiere pagar por mantenerla, modernizarla ni protegerla. Cuando la infraestructura, la gestión, falla, el costo es altísimo (en vidas, economía y medio ambiente) y quizá sea demasiado tarde para reparar no digamos hacer mantenimiento preventivo.

Al igual que la ingeniería, el agua resuelve problemas cotidianos y esenciales para la vida, pero no problemas esotéricos. No tiene el dramatismo de la salud (medicina, la cirugía) ni el poder simbólico de la libertad (derecho). Es el sustento silencioso de todo lo demás, pero eso que sostiene es cotidiano. Por eso, tanto la ingeniería como el agua luchan por ganar respeto:

  • La ingeniería construye el sistema que trae el agua… y luego ambos se vuelven invisibles juntos.
  • La sociedad valora más lo escaso y lo dramático que lo abundante y lo funcional.

Ivan Illich, en su bello libro H₂O y las aguas del olvido, exploró precisamente cómo el agua moderna fue transformada de un elemento simbólico, sagrado y relacional en un mero recurso industrial y despersonalizado. El éxito de la potabilización y la distribución masiva hizo que olvidáramos su carácter profundo, generando una “crisis de olvido”. Ciertamente quedan resabios de respeto en las culturas indígenas. Yo observaba, en los alrededores de Quetzaltenango, la semana pasada cómo a la par de una bomba de agua, el operador del pozo mecánico había colocado un ramo de flores indicando el carácter sagrado del agua. Sin embargo, ese carácter sagrado aun no les permite a esas comunidades cuidar el agua como si fuese sagrada.

A pesar de ese aparente respeto, el agua se desperdicia, se mal usa, se contamina o se usa simplemente para transportar nuestras heces por el drenaje que lo lleva a los ríos y luego al océano. Ejemplos de eso abundan. Deberíamos construir ejemplos de lo contrario como intentan hacer los colegas de la Mancomunidad de las Municipalidades de la Cuenca del Rio Naranjo, MANCUERNA, donde se ubica a Orsival Fuentes, un egresado nuestro de la maestría en ciencia y tecnología del recurso hídrico en el Cunoc, el campus de la Universidad de San Carlos en Quetzaltenango. Orsival ha desarrollado con MANCUERNA y otros sistemas de gestión de agua pertinentes a esa región.

La lección es: tanto para la ingeniería como para el agua, el éxito técnico sin valoración cultural y política lleva al colapso. Necesitamos aprender a valorar lo cotidiano antes de que deje de serlo, hay que hacer visible lo invisible. Por eso publiqué mi libro La Naturaleza Social del Ciclo del Agua, Editorial Piedrasanta 2026 recientemente, como un esfuerzo de la mejora de nuestro entendimiento del agua.

Fundamentalmente, debemos reconocer que el verdadero lujo no es tener más, sino mantener lo esencial funcionando con dignidad y respeto, un respeto que tenga un correlato real. No solamente es un ramo de flores en la bomba de agua, sino una actitud real de respeto al agua y sus procesos. Primero, requerimos entender la naturaleza social del ciclo del agua y luego actuar consecuentemente para cuidarla y con ello cuidarnos. hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca y nos quedaremos sin agua para la vida.

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