Esta semana leí una columna del doctor Jorge Ortega Gaitán que habla sobre lo que fue una nueva era, o un sueño en la vida del guatemalteco. Y es que luego de 36 años de enfrentamiento armado entre el ejército y los alzados, del mismo ejército, que luego se convirtieron en lo que llamamos la […]
Esta semana leí una columna del doctor Jorge Ortega Gaitán que habla sobre lo que fue una nueva era, o un sueño en la vida del guatemalteco.
Y es que luego de 36 años de enfrentamiento armado entre el ejército y los alzados, del mismo ejército, que luego se convirtieron en lo que llamamos la guerrilla, se firmaron 12 acuerdos de paz, el último de ellos el 29 de diciembre de 1996, denominado La Paz firme y duradera. Que no fue ni firme ni duradera.
Eso dio a los guatemaltecos un respiro ante tanta violencia desatada y tantas vidas perdidas. Lo que por supuesto no habría de durar mucho, pues 15 años atrás habían hecho su aparición las primeras pandillas, como la Mara Five (zona 5) y la Mara 33 (zona 6), en Ciudad de Guatemala dedicándose a conflictos territoriales.
“El fenómeno se intensificó con la deportación de pandilleros, especialmente de la Calle 18, quienes introdujeron una estructura más organizada y violenta. Y pasaron de ser pandillas de barrio, conocidas por bailes callejeros en los 90, a estructuras criminales que hoy dominan la extorsión y el narcotráfico”.
Lo que significó que pronto nos dimos cuenta que como decían las abuelas “¡Salimos del sartén para caer en las brasas!”.
Y como dice Ortega Gaitán “Los Acuerdos de Paz dejaron vacíos legales que se revirtieron contra los miembros de las fuerzas de seguridad y del Ejército; como la ley de reconciliación nacional y las amnistías que solamente quedaron en el papel.”
Aunque las amnistías fueron aplicadas a los guerrilleros, no así a los miembros del ejército que defendieron la soberanía nacional y como premio recibieron cárcel, juicios, muerte en soledad y en muchos casos, deshonra y desprecio.
Y el resarcimiento sólo alcanzó a los agresores del Estado y bien dicho por Ortega, “El Estado abandonó por completo a las viudas y huérfanos de los defensores de la democracia y la constitucionalidad de Guatemala que evitaron que los oponentes tomaran el poder por las armas”.
Así los defensores de la democracia, como los llama, fueron abandonados sin reconocer que entregaron su vida y quedaron inválidos, como diríamos por puro gusto, porque el Estado no fue capaz de reconocer su valor.
Y así dice Ortega: “Hoy, los veteranos son utilizados como botín político aprovechado por los partidos tradicionales o en formación con ofrecimientos de mejoras en sus jubilaciones o pagos de resarcimiento”. Sólo ilusiones y paliativos, “pan para hoy, hambre para mañana”.
La creación de Secretarías en el gobierno, alimentó el bolsillo de muchos, pero olvidó a los suyos. A los que hicieron posible mantenernos libres y soberanos. Y esa ansiada paz se diluyó en el enfrentamiento con un nuevo enemigo: las pandillas que ahora sembrando el terror entre balaceras, secuestros y asesinatos han cobrado fuerza para ser declarados terroristas. Ahora el enfrentamiento entre pandilleros, terroristas y miembros de la policía nacional civil.
Y si como dice Ortega: “Somos privilegiados con una posición geopolítica espectacular, con un clima formidable y una estabilidad económica envidiable.” Pero quizás eso mismo nos ha envuelto en el nuevo siglo en nuevas situaciones que no permiten que vivamos en paz.
Con el crecimiento del narcotráfico y la corrupción en todos los espacios sociopolíticos, desde el congreso hasta la máxima casa de estudios, la Universidad de San Carlos de Guatemala, pasando por el Ministerio Público con la compra de voluntades, para influir en las decisiones más importantes de la gobernanza del país.
Si, la vida ha tomado los nuevos rumbos de modernidad, las universidades han crecido en número aunque no en posibilidades para los jóvenes. Muchos nuevos centros comerciales sirven para pasear. Porque como dicen sólo los políticos o los narcos tienen suficiente; televisión por cable que enseña nuevas formas de crimen, cárceles abarrotadas y madres que a diario lloran por la desaparición o fallecimiento de sus hijos.
O sea, el pueblo seguimos en lo mismo. Viviendo con temor, con bajos salarios, precios por los cielos, con la vida pendiendo de un hilo mientras los políticos mafiosos y transeros “hacen su agosto”, todo igual con diferentes actores y nuevos escenarios de paz, nada.