Una visión del multilateralismo: Crear un nuevo orden mundial es una trampa

Una visión del multilateralismo: Crear un nuevo orden mundial es una trampa

Las medidas y visiones del nuevo gobierno de Donald Trump están cambiando el rumbo de la geopolítica. ¿Qué papel juega aquí el multilateralismo?
16/03/2025 15:00
hace 19 días
Fuente: Prensa Libre 

El tema del multilateralismo ha saltado en los últimos meses al foco global, especialmente con la llegada del presidente Donald Trump a Estados Unidos.

El retiro de apoyo a instituciones como la Usaid o la subida de los aranceles son temas que han acaparado la atención a escala mundial.

Edmond Mulet, en su análisis para Prensa Libre, dice: Necesitamos defender el multilateralismo, el único camino para asegurar los intereses de los países medianos y pequeños, como los nuestros, en América Latina.

Estamos atravesando una crisis: el regreso a un mundo imperial, de esferas de influencia, de amenazas de imponer la ley de la selva, la voluntad del más fuerte, que empiezan a llamar “un nuevo orden”. Pero, en vez de replegarnos, necesitamos reconstruir una arquitectura internacional, que es la única alternativa para evitar el caos, las próximas guerras o para acelerar el camino de vuelta hacia la paz.

El desafío empezó hace tres años, con la invasión de Rusia a Ucrania. Esto alentó a potencias como China o Israel a expandir sus fronteras, incluso a Ruanda en el Congo.

Ahora todos respiramos con incertidumbre tras las amenazas del presidente estadounidense, Donald Trump, de anexionar Groenlandia, recuperar por la fuerza el Canal de Panamá, expulsar a dos millones de palestinos de Gaza, blandir posibles ataques con bombas en México o alentar ataques contra antiguos aliados europeos que no paguen sus cuotas en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otán).

En las relaciones internacionales, desde siempre, ha habido dos caminos: imponer la voluntad de los grandes por la fuerza o construir espacios internacionales y acuerdos que se conviertan en leyes que todos los países se comprometen a seguir. La primera se conoce como el uni-lateralismo —uno impone su fuerza— y la segunda, el multi-lateralismo —múltiples llegan a acuerdos—.

En el mundo hay países grandes, medianos y pequeños. Con armas o sin armas. Con recursos o sin recursos. América Latina y el Caribe somos un continente pequeño en población, con el 9 por ciento de personas y casi el 20 por ciento de la tierra, con muchos recursos y relativamente pocas armas para defenderlos.

Conformados por países pequeños y medianos, tener una vocación de diálogo y de multilateralismo ha sido parte de nuestra identidad, por nuestros valores y para defender nuestros intereses.

En medio de esta terapia de choque de los promotores del “nuevo orden”, el mundo necesita de América Latina.

Nuestra Unión Internacional de las Repúblicas Americanas de 1890, predecesora de la Organización de Estados Americanos (OEA), es la asociación regional de naciones más antigua del mundo e inspiró a otras uniones regionales. Un tercio de los países fundadores de la ONU en 1945 fuimos latinoamericanos.

Tenemos que aportar nuestra voz y nuestros esfuerzos por un regreso a la civilidad global. Un ejemplo concreto de éxito multilateral: forzar el fin de las armas químicas.

Las armas químicas son brutales, matan de forma indiscriminada a poblaciones no combatientes; bombas de cloro, de gas mostaza y de gas sarín. El más terrible de todos es el gas sarín, porque es inodoro e incoloro. En 1925, tras la Primera Guerra Mundial, el mundo acordó, multilateralmente, que las armas químicas estarían prohibidas.

En la guerra civil siria, entre el 2013 y el 2014, estallaron bombas con todas las características que indicaban que eran químicas. Estados Unidos llevó el caso al Consejo de Seguridad de la ONU, porque estaba cruzándose una línea roja.

La dictadura siria y su aliada Rusia nunca hubieran permitido a inspectores estadounidenses verificar si se habían utilizado armas químicas en Siria. Pero en un consenso entre potencias, el Consejo de Seguridad de la ONU ordenó una verificación independiente y creó el Mecanismo para Investigar el Uso de Armas Químicas en Siria, en el 2017. Al frente de ese mecanismo nombraron a un latinoamericano, un guatemalteco, que responde al nombre de Edmond Mulet y es quien escribe estas líneas.

A pesar de las presiones y los riesgos, pudimos recolectar las evidencias y llevarlas a tres laboratorios independientes de la Organización Internacional para la Prevención de Armas Químicas (OPAQ), que tiene sede en La Haya.

Con bases científicas, pudimos comprobar que el gobierno de Siria estaba utilizando armas químicas contra su propia población. Esto forzó a Siria a suscribir el tratado de la OPAQ e impedir que volviera a usar armas químicas.

Esta es una muestra concreta de cómo el multilateralismo puede trabajar para terminar con el uso de algunas de las peores armas que ha creado la humanidad, las armas químicas, o cómo ha frenado el uso de las armas nucleares por 80 años, desde Hiroshima y Nagasaki.

La frase de Dag Hammarskjold, segundo secretario general de la ONU (1953-1961), resume su función: “La ONU no fue creada para llevar a la humanidad al cielo, lo fue para salvarla del infierno”. Sin la diplomacia y el multilateralismo, no sabemos si nuestro planeta o nuestra especie seguirían existiendo.

Multilateralismo y la ley de la selva

La brutal experiencia de la Segunda Guerra Mundial, con el holocausto y las bombas nucleares, hace 80 años, fue una sacudida para la humanidad. Quizás pasó hace tanto tiempo que se nos está olvidando.

Pero a partir de ese parteaguas, los países pequeños, medianos y grandes construimos una legalidad internacional para que las diferencias, los conflictos y los problemas comunes se resuelvan por medio del diálogo, la mediación y de instituciones internacionales.

Se acordó entre todos que la convivencia entre países respetara el principio de la no intervención en los asuntos del otro y la libre determinación de los pueblos. Los países pequeños y medianos ganamos una paridad legal respecto de las grandes potencias. Si bien tiene carencias y necesita renovaciones, el multilateralismo ha permitido que aumente la paz, la seguridad y el desarrollo internacionales.

El multilateralismo ha evolucionado en respuesta a desafíos globales como las guerras, las migraciones, la pobreza, el cambio climático, el terrorismo o las pandemias, reflejando la necesidad de una cooperación para abordar problemas que trascienden las fronteras nacionales.

La Interpol es otra muestra de colaboración multilateral para luchar contra el crimen. Incluso el espacio ultra terrestre está regulado gracias a un tratado multilateral de 1967. La Oficina de Asuntos del Espacio Ultraterrestre de las Naciones Unidas es la que se encarga de promover la cooperación internacional en la utilización del espacio ultraterrestre con fines pacíficos.

“En vez de replegarnos, necesitamos reconstruir
una arquitectura internacional, que es la única alternativa para evitar el caos”.

Se prohíbe el emplazamiento de armas nucleares o de cualquier tipo de armas de destrucción masiva en el espacio ultraterrestre y el estacionamiento de dichas armas en cuerpos celestes.

No es que la conciencia multilerateral nos haya nacido a los humanos en el siglo XX. Uno de los antecedentes paradigmáticos ocurrió hace ya algún tiempo: La Liga Hanseática, que funcionó desde 1368, durante varios siglos. Esta fue integrada por hasta 200 ciudades libres, que trabajaron juntas en la construcción de puentes y carreteras, canales, faros, albergues y otras infraestructuras; desarrolló la agricultura y técnicas industriales.

La Liga estableció “embajadas” u oficinas comerciales en Inglaterra, Alemania, Escandinavia, Flandes —hoy Países Bajos— e incluso algunas ciudades de lo que hoy es Portugal o Rusia; y combatió el contrabando. De los aprendizajes que hemos tenido de esa experiencia de administración hanseática de los mares, llegamos al Tratado Antártico de 1959. El continente del Polo Sur no pertenece a ningún país.

Entre todas las experiencias multilaterales, la que se lleva las palmas es la Unión Europea. No solo mantuvo la paz entre antiguos enemigos europeos, produjo un gran desarrollo para sus países miembros y sus ciudadanos, sino que tiene impactos en el resto del mundo.

Contribuye a la paz y la seguridad y al desarrollo sostenible del planeta; apoya la solidaridad y el respeto mutuo entre los pueblos, el comercio libre y justo, la erradicación de la pobreza y la protección de los derechos humanos. No negocia con chantajes o intereses espurios, sino por valores, y por eso es firme en el estricto respeto del derecho internacional. La UE es el ejemplo más claro y exitoso del multilateralismo.

Las alternativas

Estos embates de los promotores de la ley de la selva no son el fin de la historia. No hay nada escrito y podemos rebatirles. Esta arquitectura nos ha tomado décadas en ser construida y mantenida.

Necesitamos, como latinoamericanos, aprovecharla en estos momentos de crisis, para pensar en formas audaces y efectivas para defender al multilateralismo y la diplomacia como alternativa, quizás para construir un nuevo orden multipolar, pero que defienda los derechos y los intereses de naciones grandes, medianas y pequeñas.

Ante la situación actual, con el debilitamiento de las instancias internacionales multilaterales, le corresponde a las organizaciones regionales —Unión Europea—, y en el caso de Guatemala, a la OEA y el sistema centroamericano, fortalecer los mecanismos de consulta, acelerar los procesos de integración, ampliar los espacios de diálogo y reafirmar los valores y principios que han fundamentado, con sobresaltos y excepciones, la vida común en nuestro continente.

La OEA puede ser ese faro que guíe el recorrido en las aguas turbulentas que nos toca navegar y que muestre las coordenadas para que, no solo nuestro continente, sino el mundo entero, llegue al puerto del sentido común, de la civilidad y del respeto mutuo.