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Artesanos de la Semana Santa: Las dos mil horas previas a la Semana Mayor
¿Quiénes son los artesanos que por años han dado vida a esta tradición guatemalteca?

¿Quiénes son los artesanos que por años han dado vida a esta tradición guatemalteca?
Existe una época del año en la que las calles guatemaltecas empiezan a teñirse de morado. Se respira el aroma a corozo, los nuevos sabores se integran a la comida y La granadera envuelve los oídos de los fieles con sus notas en cada cortejo procesional.
Esto solo significa una cosa: comienza la Cuaresma guatemalteca, tiempo que precede a la Semana Santa.
¿Alguna vez ha imaginado cuánto tiempo se invierte para darle vida a la Semana Mayor tal como la conocemos y quiénes son los involucrados?
Detrás de cada procesión, cada anda, cada alfombra y cada túnica hay un ejército de artesanos que dedican horas, días y hasta meses a crear lo que el catedrático titular de la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) Walter Gutiérrez Molina describe como un “coctel de técnicas y tradiciones que hacen única a la Semana Santa del país”.
Según Gutiérrez, la Semana Santa en Guatemala, tal como la conocemos hoy, tiene poco más de un siglo de existencia. Aunque sus raíces se remontan al siglo XVI, fue a finales del siglo XIX cuando se transformó en una celebración popular, sostenida por el pueblo y no por el Estado.
“A principios de los años 1900, cuando se introducen las marchas procesionales, también se abre para que la gente participe y pasan tres cosas importantes: se hizo autosostenible, se permitió la participación de las mujeres y empezó a cambiar cada año”, precisa.
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Los altareros: un diferenciador propio
Uno de los elementos más llamativos de esta tradición es la renovación anual de los altares y las andas procesionales, un trabajo que recae en los altareros.
Entre el incienso, las alfombras de aserrín y las procesiones, este oficio ha sido fundamental para mantener viva la tradición.
Estos artistas son herederos de un legado que se remonta al siglo XVIII, “pasa al XIX y se mezcla con los artistas de la tramoya y de la escenografía de los teatros. Después se fusiona y continúa con las andas”, menciona Gutiérrez.
Desde su perspectiva, los altares son ese elemento diferenciador “que hace que la Semana Santa sea espectacular y novedosa”, y son los altareros los encargados de transformar las andas, que no solo portan imágenes sagradas, sino que también cuentan historias bíblicas a través de la plástica, la arquitectura y la imaginación.
Érick Blanco es uno de los guardianes de la altarería. Su historia está entrelazada con la de grandes maestros como Ramiro Araújo, una figura emblemática de ese arte en el siglo XX y heredero de una cadena de artistas como Adelso Marroquín, Belisario Prado y Gerardo Soto.
Blanco aprendió el oficio de la mano de Isabel de Jesús, conocido como Chavelo, quien fue discípulo directo de Araújo. “Chavelo me enseñó todo lo que sé”, cuenta Blanco con orgullo. “Él me mostró cómo darles vida a los altares, cómo crear escenas que asombren y emocionen. Después yo fui estudiando e informándome para tener un concepto claro de cada una de mis creaciones”.
La altarería no es un oficio cualquiera: requiere conocimientos profundos de historia, religión y arte. “Un altarero debe leer la Biblia y entender los pasajes bíblicos para poder representarlos de manera fiel”, explica Blanco. Además, ha de dominar técnicas como el encortinado, la confección de flores de tela y la creación de elementos decorativos que den un toque celestial a las andas. “No es solo montar piezas, es crear un mundo que transporte a la gente a lo divino”, agrega.

Los altares son un elemento que hace diferente la Semana Santa guatemalteca de otras. Foto Prensa Libre: Cortesía Érick Blanco
Foto Prensa Libre: Cortesía Érick Blanco
Cada año, las andas se visten con nuevos diseños que reflejan la creatividad y el ingenio de los altareros. “La gente siempre espera algo nuevo, algo que los sorprenda tanto en las andas como en los altares”, afirma Gutiérrez. “Esa renovación constante es lo que ha mantenido viva la tradición y la ha convertido en un espectáculo único”.
Sin embargo, la actividad enfrenta desafíos. La modernización y la tecnificación han llevado a que muchas iglesias prefieran contratar empresas que ofrecen soluciones más rápidas y menos artesanales. “Ahora hay pocos altareros como tales”, lamenta Gutiérrez. “Las empresas dividen el trabajo: unos hacen las flores, otros los rayos, otros los ángeles. Ya no es el mismo proceso integral que se hacía antes”.
Blanco, por su parte, lucha por mantener viva la esencia de la altarería tradicional. En su taller aún se usan imágenes de madera, flores de tela y embellecidos de papel que imitan la grama y las rocas. “El adorno tradicional tiene un encanto especial”, dice.
“Pero también hemos adoptado técnicas modernas, como el uso de fibra de vidrio, para adaptarnos a los tiempos”. Aunque reconoce que su oficio está en transformación, insiste en que no debe perder su esencia manual y artesanal.
El proceso de creación de un altar puede tomar varias semanas, incluso meses, desde que se concibe la idea, se crea el concepto y se elaboran los materiales que se estarán utilizando. Blanco y su equipo, que incluye a Israel Paz, hijo de Chavelo, trabajan para preparar algunos altares y andas que se usarán en las procesiones. “Cada detalle cuenta”, explica. “Desde la posición de los ángeles hasta el color de las flores, todo debe estar en armonía y transmitir un mensaje”.
Blanco detalla que la elaboración de un altar, dependiendo de su tamaño, puede durar entre 30 minutos y cinco horas. Sin embargo, para las andas, el tiempo se duplica, ya que estas tienen más elementos que se deben colocar.
A pesar de los desafíos, Blanco mantiene la esperanza de que la altarería no desaparezca. Más allá de su valor artístico, ha sido fuente de trabajo y sustento para muchas familias guatemaltecas. “Este oficio nos ha dado de comer y nos ha hecho famosos en el mundo”, reflexiona.

Érick Blanco dedica entre 30 minutos y cinco horas a la creación de altares
Foto Prensa Libre: Cortesía Érick Blanco

Érick Blanco, junto a sus maestros “Chavelo” de Paz, Israel de Paz y Ricardo Aroche (altarero de Amatitlán).
Foto Prensa Libre: Cortesía Erick Blanco
La importancia de la restauración
En el silencio de un taller, entre pinceles, óleos y maderas que guardan siglos de historia, el artista contemporáneo Juan Carlos Santiago trabaja con devoción. Sus manos, expertas en el encarnado y la restauración de piezas sacras, son testigos de un arte que trasciende el tiempo. Para él, cada imagen que restaura no es solo un objeto religioso, sino un fragmento de la identidad guatemalteca, un puente entre el pasado colonial y el presente, entre la fe y la tradición.
Santiago no llegó a esta actividad por casualidad. Desde niño, las procesiones de Semana Santa lo cautivaron. Jugaba a recrearlas, fascinado por la solemnidad y el colorido de las imágenes que desfilaban por las calles. Un tío, dedicado a los adornos procesionales, lo llevó a conocer las procesiones de la capital y, entre las andas y las alfombras de aserrín, nació su interés por el arte sacro.
Aunque no tuvo un mentor directo en su familia, su curiosidad lo llevó a explorar las técnicas de la imaginería colonial.
“Siempre tuve interés en conocer cómo se hacían las imágenes”, recuerda Juan Carlos. “La restauración fue lo más cercano que encontré a las técnicas de la Colonia”. Así comenzó su camino, primero elaborando piezas para sí mismo y luego, cuando la gente descubrió su talento, para otros. Hoy, su taller es un refugio donde las imágenes religiosas recuperan su esplendor, donde lo antiguo y lo nuevo se fusionan en un diálogo constante.
La restauración de piezas es otro elemento fundamental que hace posible la Semana Santa. Profesionales como Santiago evalúan y restauran las imágenes que se han dañado o deteriorado con el paso del tiempo.
Este arte es, para Santiago, un acto de conservación y belleza. “Nos enfocamos en la estética de las piezas”, explica. Muchas de las imágenes religiosas que llegan a su taller son de carácter comercial, piezas burdas que requieren refinamiento. “Ahora los devotos buscan que las imágenes se parezcan a las de su devoción, que sean más detalladas, más finas”, refiere. Y es ahí donde entra su labor: afinar, pulir, encarnar, devolverle a cada pieza su valor estético y artístico.

La restauración de piezas es otro elemento fundamental que hace posible la Semana Santa. Artistas como Juan Carlos Santiago evalúan y recomponen las imágenes que se han dañado con el tiempo.
Foto Prensa Libre: Belinda S. Martínez
Las técnicas que utiliza son herederas de un legado colonial.
Durante la Colonia, Guatemala destacó por su arte sacro, especialmente, por la escultura barroca en madera, indica Gutiérrez. Los artesanos guatemaltecos, que trabajaban principalmente madera, fusionaron las técnicas españolas con la destreza local. “La madera, para los mayas, era como mantequilla”, dice Santiago. “Podían esculpirla con una facilidad asombrosa”. Ese mestizaje artístico dio como resultado piezas únicas, demandadas en toda América.
Sin embargo, el paso del tiempo y la industrialización han transformado el oficio. “Ya no tenemos los materiales que se usaban en la Colonia”, reconoce Santiago. “Eso nos obliga a evolucionar”. Hoy utiliza secantes y aerosoles que agilizan los procesos y, aunque su fin es preservar las técnicas coloniales, también se adapta a las exigencias del mercado. “La globalización nos ha traído materiales que antes no existían aquí”, explica. “Eso nos ayuda a avanzar”.
Pero no todo es tradición. Las nuevas tecnologías, como las impresoras 3D, están comenzando a influir en el arte sacro. En España, por ejemplo, ya se utilizan para crear imágenes religiosas. “En Guatemala tenemos la maquinaria, pero nos falta quien escanee y diseñe las piezas”, comenta Santiago. Aunque reconoce que estas tecnologías pueden democratizar el acceso a las imágenes religiosas, también advierte sobre sus riesgos: “Se pierde el valor artístico cuando una pieza se reproduce en masa”.
Aunque Santiago pasa la mayor parte del día en su taller, restaurar una sola pieza dependerá de sus necesidades. Entre la evaluación y la labor de restauración, este trabajo podría extenderse hasta unos ocho meses de proceso, unas mil 200 horas aproximadamente.
Para Santiago, la restauración es más que un oficio: es un legado. Si bien aún no cuenta con alguien a quien enseñarle, está abierto a compartir sus conocimientos con quienes muestren interés. “En las nuevas generaciones hay un boom por la restauración”, dice. Sin embargo, advierte que las técnicas no se aprenden en la universidad, sino en los talleres de los artesanos. “Es ahí donde se conserva el conocimiento”, asegura.

La Macarena Sevilla, se encuentra en el taller de Juan Carlos Santiago, y fue esculpida con una impresora 3D en el taller Sacro Sevilla, España.
Foto Prensa Libre: Belinda S. Martínez

Niño Nazareno inspirado en el Niño de la Demanda de la Iglesia de la Merced, uno de los primeros trabajos realizados por Juan Carlos Santiago.
Foto Prensa Libre: Belinda S. Martínez
Bordados que cuentan historias
Antigua Guatemala podría definirse como una ciudad donde el tiempo parece detenerse entre calles empedradas y fachadas coloniales.
Este municipio de Sacatepéquez es el destino al que fieles, devotos y turistas asisten año con año durante esta época, a fin de presenciar las procesiones.
Las andas, previamente elaboradas por los altareros, y las imágenes restauradas por profesionales como Santiago deben estar listas para el cortejo procesional. Pero existe un oficio de suma importancia que ha resistido siglos: el bordado de trajes para las imágenes religiosas que desfilan durante la Semana Santa.
Este arte, que combina devoción, tradición y creatividad, es una pieza fundamental en una de las celebraciones católicas más importantes del país. Detrás de cada túnica, cada detalle en hilo de oro y cada diseño floral, hay una historia de dedicación y pasión.
Alejandro Juárez Toledo, uno de los bordadores más reconocidos de Antigua Guatemala, lleva 25 años dedicado a este oficio.
“Comencé por curiosidad”, confiesa Juárez, mientras sus manos, expertas y precisas, trabajan en un nuevo diseño. “Mi abuela sabía bordar, aunque no se dedicaba a ello. Ella aprendió con las Hermanas de la Caridad, quienes mantenían viva esta tradición hace décadas”.
La historia del bordado religioso en Guatemala se remonta a la época colonial. Gutiérrez explica que, durante los siglos XVIII y XIX, las túnicas de las imágenes religiosas eran importadas de Europa. “Jesús de la Merced, por ejemplo, tiene en su guardarropa cuatro túnicas del siglo XVIII, todas traídas desde el Viejo Continente”, detalla el historiador.
No fue sino hasta el siglo XX cuando el bordado en hilo de oro se popularizó en el país, gracias a talleres como el de la Casa Central, dirigido por monjas y por María Bran, una mujer del barrio de La Parroquia que enseñó a generaciones de artesanas.
No obstante, la crisis económica de los años 80 golpeó duramente este arte. La devaluación del quetzal y la inflación hicieron que el hilo de oro fuera inasequible.
Fue entonces cuando el hilo sintético, proveniente de China e India, llegó para quedarse. “Ramiro Gálvez fue clave en ese momento”, recuerda Gutiérrez. “Él mantuvo viva la técnica y la transmitió a una nueva generación de bordadores, como Alejandro Juárez, Josefina Lino y Germán Pineda Bats, quienes han elevado el bordado a un nivel excepcional”.
Juárez aprendió de manera empírica, “a prueba y error”. Su primer trabajo formal fue un traje para una imagen de la Virgen de Concepción en la iglesia de La Merced. “Fue una anécdota graciosa”, cuenta. “No tomamos medidas y, cuando llegó el momento de vestirla, el traje no le quedó. Tuvimos que improvisar, pero al final quedó bonito”.
Aunque en ese momento el bordado no era más que un pasatiempo, ese primer trabajo marcó el inicio de una carrera en el arte del bordado.
En el 2016 tuvo la oportunidad de perfeccionar su técnica en talleres de Sevilla y Florencia. “Allí aprendí la parte formal del bordado”, cuenta. “En Italia descubrí técnicas que he fusionado con las nuestras, creando piezas únicas”.
El proceso de creación de un traje para una imagen religiosa es meticuloso y puede tardar entre ocho y diez meses, unas mil 600 horas aproximadamente.
Comienza con la elección de la tela, generalmente terciopelo, y el diseño, que puede incluir motivos florales, arabescos o incluso frutas como uvas y trigo. “Cada traje es único”, enfatiza Juárez. “Aunque a veces nos piden copiar diseños sevillanos, siempre hacemos modificaciones para que sea original”.
Juárez y su equipo utilizan una técnica antigua: bordan en bastidores pequeños, con manta, y luego aplican las piezas bordadas sobre la tela final. “Es un proceso largo y meticuloso”, explica. “Pero el resultado vale la pena”.
Para el artista, la importancia de este oficio va más allá de lo estético. “El bordado es parte de un todo”, reflexiona. “La Semana Santa es una fusión de artes: la imaginería, la música, las alfombras, los decorados. Todo se une para crear una experiencia emocional profunda”.
Además, las nuevas generaciones están mostrando un interés creciente. “Muchos jóvenes vienen a aprender”, dice Juárez. “En mi taller, la mayoría son muchachos que quieren mantener viva esta tradición”.

Virgen del Rosario de Quetzaltenango con una túnica elaborada por Alejandro Juárez.
Foto Prensa Libre: Facebook El Atavío Sagrado y Taller de Bordado María Auxiliadora

Jesús Nazareno de la Caída, de la aldea de San Bartolome Becerra, Antigua Guatemala con una de las túnicas de Alejandro Juárez.
Foto Prensa Libre: Facebook El Atavío Sagrado y Taller de Bordado María Auxiliadora
Las alfombras: Un arte efímero
Óscar Ortiz, un alfombrero con 60 años de experiencia, heredó este oficio de sus tíos y abuelos. “Mi familia lleva casi 90 años haciendo alfombras”, dice con orgullo, mientras muestra fotografías en blanco y negro que documentan el paso del tiempo y la evolución de su arte.
La tradición de las alfombras en Guatemala tiene raíces profundas. Según Gutiérrez, este arte no es exclusivo de la cosmovisión cristiana, sino que también se nutre de la herencia maya. “Los mayas ya hacían alfombras de pino y flores”, dice, en referencia a los registros del fraile franciscano Diego de Landa. Con la llegada de los españoles, esta práctica se fusionó con la costumbre canaria de elaborar alfombras con arenas volcánicas de colores, lo cual dio origen a esta tradición.
Ortiz heredó este conocimiento de sus tíos, quienes a su vez lo aprendieron de sus padres. “Ellos me enseñaron todo: desde despenicar flores hasta teñir el aserrín”, recuerda.
Ortiz y su equipo, compuesto principalmente por sus hijos, dedican entre cinco y seis horas a la creación de una alfombra, aunque la elaboración de algunas, dependiendo de su tamaño, puede durar hasta 15 horas. Además, las alfombras son una oportunidad para fortalecer los lazos familiares. “Son siete u ocho horas que pasamos juntos, en paz, sin reproches ni maltratos”, dice.
El proceso de creación de una alfombra es meticuloso y requiere de una planificación que comienza meses antes de la Semana Santa. Óscar y su equipo de aproximadamente 20 personas trabajan todo el año elaborando moldes y tiñendo aserrín. “Un molde de centro me lleva una hora y uno de orilla, media hora”, explica. Estos moldes, hechos artesanalmente con formones y gurbias, son vendidos no solo en Guatemala, sino también en países como Belice, El Salvador y México.

Óscar Ortiz tiene 60 años de experiencia en elaboración de alfombras, y trabaja los diseños de los moldes a mano alzada.
Foto Prensa Libre: Belinda S. Martínez

La familia de Óscar Ortiz, incluidos sus hijos y nietos, ha seguido sus pasos.
Foto Prensa Libre: Belinda S. Martínez
El teñido del aserrín es quizás la parte más desafiante. “Es un dolor de cabeza”, confiesa Óscar. Utilizan técnicas aprendidas a lo largo de los años, como agregar sal, vinagre y alcohol para intensificar los colores y evitar que pierdan su tono. “Hemos descubierto que, con agua hirviendo, los colores quedan más vivos”, comparte.
A pesar de los desafíos, Ortiz encuentra satisfacción en su trabajo. “Es un don que Dios me dio. Me divierto creando diseños y viendo cómo la gente admira nuestro trabajo”, dice. Su familia, incluidos sus hijos y nietos, ha seguido sus pasos. “Viene la cuarta generación. Mi nieto, de cuatro años, ya agarra los moldes”, comenta con una sonrisa.
Con su familia, Ortiz también ha enseñado su arte a otros. “Tenemos una página en Facebook donde compartimos nuestros secretos. Hemos hecho talleres y hay grupos que hacen alfombras increíbles”, dice. Para él, la importancia de las alfombras radica en el amor a la imagen religiosa. “Es un acto de devoción, una manera de agradecer a Dios”.
A pesar de los avances tecnológicos, como otros artistas, Óscar prefiere mantener su trabajo artesanal. “He escuchado de caladoras que hacen moldes en serie, pero no me gustan. Los cortes no quedan tan finos como los que hacemos a mano”, explica.

Los moldes para las alfombras que crean Óscar Ortiz y su familia se han enviado a países como Belice, El Salvador y México
Facebook Alfombras y Moldes Ortiz
Guardián de la estética religiosa
Cuando todo está casi listo, hay una persona encargada de coordinar la estética en los cortejos procesionales. Este es el trabajo de los mayordomos.
Sergio Farfán, mayordomo de Jesús Nazareno y la Santísima Virgen de Dolores de la iglesia de La Merced de Antigua Guatemala, no solo viste a las imágenes: les da vida a través de la tela y el color.
Su labor como camarero —un oficio que combina arte, historia y devoción— es fundamental para preservar la dignidad y el aura que rodea a estas representaciones religiosas.
“La función del camarero es velar y cuidar los enseres y la ropa de las imágenes, desde las albas hasta las túnicas, los símbolos y los cordones”, explica Farfán. Su trabajo no es solo estético; es una responsabilidad sagrada que implica respetar la iconografía y la historia de cada imagen.
Vestir una imagen sagrada no es solo cuestión de gusto; es un acto de respeto hacia lo que representa. “Hay que crear un aura alrededor de la imagen, darle una identidad”, explica Farfán. Cada túnica, cada cordón, cada detalle tienen un significado profundo. Por ejemplo, los colores morado y rojo en Jesús Nazareno simbolizan la pasión, mientras que la Virgen de Dolores se caracteriza por su discreción, con túnicas finas que resaltan su elegancia.
Farfán es cuidadoso al elegir los materiales y los diseños. “No podemos alterar la iconografía por capricho”, afirma. Su trabajo es un equilibrio entre la tradición y la innovación. Aunque respeta los cánones establecidos, también busca aportar su toque personal. Además, trabaja en conjunto con el resto de los artesanos y las hermandades, y crea una estética armoniosa en cada una de las andas procesionales.
Utiliza sus conocimientos en telas y bordados —parte de ellos, aprendidos de Alejandro Juárez— para que las vestiduras y la estética de las imágenes estén en sintonía con el resto. Es un trabajo que requiere mucho tiempo, ya que la preparación comienza meses antes. Sin embargo, previamente a los cortejos, Farfán dobla esfuerzos para que todo esté completamente listo.

Más allá de vestir imágenes, el trabajo de los mayordomos es cuidar la estética religiosa de estas.
Foto Prensa Libre: Belinda S. Martínez

Los mayordomos también se encargan de cuidar y llevar el inventario de todo lo que se utiliza en los cortejos procesionales.
Foto Prensa Libre: Belinda S. Martínez
Artesanos de la tradición
Si hacemos un cálculo rápido, dos mil horas se quedan cortas en comparación con el tiempo que invierten los artesanos para que la Semana Santa sea tal y como la conocemos.
Érick Blanco, dedica entre 30 minutos a cinco horas a los altares; Juan Carlos Santiago, por su parte, puede llegar a invertir más de mil 200 horas para la restauración de una sola pieza.
Alejandro Juárez puede llegar a invertir más de mil 600 para completar la confección y el bordado de las túnicas. Mientras, Óscar Ortiz y su equipo pueden llegar a dedicar hasta 15 horas para la elaboración de una sola alfombra.
Para este texto, solo se entrevistó a seis, y la suma en horas invertidas en llevar a cabo la tradición es de dos mil 820 un número que no hace justicia, no solo a la cantidad de horas, sino también al número de artesanos del país que mantienen viva la tradición.
La dedicación y el tiempo que invierten en cada detalle reflejan su compromiso con el legado, y garantizan que esta celebración siga siendo un espectáculo único y profundamente emocional para las generaciones futuras.
Su trabajo no solo es una expresión de fe y devoción, sino también un legado cultural que conecta el pasado con el presente.