Las astucias del rey: lecciones en tiempos ruidosos
La visita real a Estados Unidos da de qué hablar más allá de solo su contenido.
Charles III llegó a Washington en una visita que fue todo menos rutina. Llegó con una misión en el peor momento de la relación entre 10 Downing Street y la Casa Blanca, desde que funciona la memoria. Y es que lejos han quedado los momentos de la historia, cuando líderes de ambos lados del océano, elogiaban esa alianza bien aceitada. Así fuera Churchill, Kennedy, Thatcher o Reagan, algo terminó siempre quedando claro: Entre Estados Unidos y el Reino Unido había una de las más sólidas e importantes relaciones de cooperación en el mundo occidental. Pero esos tiempos se escriben en tiempo pretérito. La imagen de Trump, compartiendo en su red social personal una sátira que hace lucir como un cobarde al primer ministro británico Starmer, es tan solo una pincelada que muestra el estado de los tiempos. A ese nivel de deterioro han llegado las cosas entre ambos gobiernos.
No hace falta subir la voz ante los poderes hostiles para tener impacto.
Por eso se comprende que sectores en Inglaterra hayan pedido al rey no viajar a Washington. A ese lugar donde muchos han llegado recientemente, con lupas y pinzas, con regalos y estrategias, a intentar apaciguar al inquilino más volátil que ha tenido Pensilvania Avenue. Solo para salir de ahí humillados y hasta insultados.
Pero Charles sorprendió y llegó a mucho más que solo alzar vasos de espumoso. Llegó a tocar los temas delicados: A proteger la OTAN, recordando cuando ha servido los intereses de Estados Unidos. A resaltar la importancia de apoyar a Ucrania y, ulteriormente a la libertad. A puntualizar sobre la importancia de la naturaleza, en un guiño claro a lo que Trump ha denominado la “estafa del cambio climático”. Y a defender el sistema de límites y controles entre poderes institucionales. Sí. Un rey constitucional recordándole a un presidente democrático que el poder tiene límites.
Cómo será Trump, que hizo ver al rey de una de las últimas monarquías sobrevivientes, como el progresista de la sala.
Pero la visita real a Estados Unidos da de qué hablar más allá de solo su contenido. También quedará como una cátedra de estrategia y estilo impartida por la diplomacia británica. Charles no llegó a somatar la mesa, ni a hacer alarde de su corona, su espada o su orbe de soberano. Llegó, en cambio, armado con los recursos más finos que su pueblo puede proveer: la ironía, el humor y la elegancia. Ante el ruidoso, bajó la voz y pausó sus palabras. Y, así, tiró dardos asertivos. Con ello logró lo que Trump nunca pudo, los aplausos de ambos lados del pasillo político de Washington. Los demócratas emocionados, y los republicanos, claro, presionados -obligados- por la circunstancia y situación. La política, así, traída a la vida real.
Más allá de las distancias, estas demostraciones políticas tienen aplicabilidad en Guatemala. Arévalo, sumergido en el crucial proceso de las elecciones de segundo grado, decepciona a quienes lo votaron esperanzados de una lucha más clara contra los poderes corruptos y antidemocráticos. Sí, se sabe ya -y de sobra- que no es confrontativo, y que su vocación institucional pesa más que su apellido revolucionario. Pero ahí regresamos a la diplomacia de la corona. Esa que desobedeció a los sectores británicos que pedían evitar su viaje a Washington. La que demostró que no hace falta subir la voz ante los poderes fuertes para tener impacto. La que entiende a la astucia como el gran camino para combatir la hostilidad de una insensatez política contemporánea. Esa que, con las palabras correctas, el tono adecuado, y los recursos propios de cada pueblo, es capaz de ser finalmente desnudada.