El guatemalteco visto desde afuera

El guatemalteco visto desde afuera

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09/10/2026 07:57
La Hora
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Resumen Inteligente

Existe una costumbre ya ancestral de observar una nacionalidad a la luz de la propia. No somos la excepción, y lo traigo a colación por un hecho reciente que me sucedió. Una pareja de extranjeros –no quiero crear prejuicios respecto de su nacionalidad– conversaban en inglés en el bus y se referían a nuestra personalidad […]
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Existe una costumbre ya ancestral de observar una nacionalidad a la luz de la propia. No somos la excepción, y lo traigo a colación por un hecho reciente que me sucedió. Una pareja de extranjeros –no quiero crear prejuicios respecto de su nacionalidad– conversaban en inglés en el bus y se referían a nuestra personalidad y a nuestros grupos sociales. Transcribo, en esencia, lo que pude captar de aquella conversación.

Creo que ambos tenían una percepción de nuestra psicología, ethos y formas de actuar, desde una perspectiva histórica a la que sumaban su experiencia de viaje. Para la extranjera, el ladino le resultaba altivo, característica que a su parecer define muchas de sus actitudes, propensiones y posturas. A ello, el caballero añadía volubilidad e indolencia frente a lo político y social y cierto engreimiento ante el indígena, sobre quien descarga sus propias frustraciones.

En el indígena veían lo contrario: cierta humildad que, según su interpretación, esconde odio, beligerancia y resentimiento hacia el ladino, a quien atribuye buena parte de su sufrimiento y dolor. Observaban también, con cierto sentido del humor, cómo la supuesta terquedad del indígena exacerba al ladino.

En nativos y ladinos percibían un afán de destrucción del territorio y del ambiente, aunque con distintos propósitos: en el nativo, por necesidad de sobrevivencia; en el ladino, por poder y riqueza. En consecuencia –afirmaban– el indígena aparece como sujeto del robo y el ladino como el depredador de tierras, aguas y bienes.

Los extranjeros consideraban que el principal símbolo de resistencia cívica en Guatemala es el indígena. Ponían como ejemplo las movilizaciones recientes, los paros y las protestas lideradas por autoridades ancestrales en defensa del sistema electoral. Sin embargo, consideraban que, aunque las autoridades indígenas han asumido ese papel, la mayoría de indígenas y ladinos no participa activamente, pues ambos –en su opinión– son víctimas pasivas de la pobreza, ocupados fundamentalmente en sobrevivir. No veían, ni en un lado ni el otro, suficientes actores políticos capaces de desempeñar un papel decisivo como guardianes del Estado de derecho.

Por otro lado, en su conversación persistía una visión profundamente crítica hacia el Estado guatemalteco. Lo consideraban orientado a satisfacer principalmente las necesidades de un pequeño sector ladino, mientras mantienen al indígena bajo altos índices de marginación, pobreza y racismo estructural.

Respecto del sector ladino, dada la altivez que le atribuían, los extranjeros sostenían que son principalmente sus miembros quienes se encuentran involucrados y dirigen procesos de corrupción y narcotráfico. Veían dentro de este grupo luchas y empresas descomunales orientadas a conseguir poder y riqueza.

Una reflexión me llamó particularmente la atención: “The indigenous gaze turns inward, the ladino outward; neither perceives a shared horizon”. La entendí como que los indígenas viven en su propio mundo y los ladinos miran hacia afuera; pero ninguno parece preguntarse hacia dónde vamos todos.

Los extranjeros insistían en señalar que, debido a siglos de despojo, engaños y racismo institucional, el acercamiento respetuoso de ambos grupos está lejos de haberse completado. Consideraban que todavía existe una gran distancia de reconocimiento y respeto de códigos culturales.

A diferencia del mundo comunitario que identificaban en las poblaciones indígenas como propio, en la sociedad ladina –especialmente en la urbana– los extranjeros observaban un comportamiento más individualista, competitivo y fuertemente orientado hacia los códigos de consumo y éxito occidentales o norteamericanos.

Veían dentro del mundo de pobreza de ambos, una alta valoración a la agilidad comercial y de ingenio para sobrevivir en la informalidad, pero también percibían un fuerte afán de estatus a base de desalojar lo justo. También señalaban que el comportamiento del ladino varía más drásticamente que el del indígena, dependiendo del interlocutor y de la clase social. En las clases medias y altas urbanas, encontraban una sociabilidad cálida, hospitalaria y afectuosa en el ámbito privado, pero que, a menudo, coexistía con una actitud profundamente defensiva, clasista o despectiva hacia las clases populares e indígenas.

En los ámbitos político, administrativo y económico nos calificaban muy mal. El comportamiento de los operadores y de las élites ladinas era visto con severidad. Identificaban una cultura de atajo, compadrazgo y disimulo institucional. En el diario vivir del país, veían con humorismo, aunque con deje de reproche el cumplimiento cabal del dicho “Hecha la ley, hecha la trampa”. Percibían una conducta en la que el beneficio personal, familiar o de clan se antepone sistemáticamente al bien común.

En la vida cotidiana, sin embargo, calificaban al ladino como alguien sumamente expresivo y conversador, con un sentido del humor rápido y una calidez relacional que, en apariencia, resulta muy accesible.

Finalmente, para ellos, ese individualismo y el silencio de una cultura indígena que consideran adormecida y cerrada, impide construir los lazos de solidaridad y armonía necesarios para edificar una verdadera nación.

Escucharlos me llevó a pensar que, más allá de si su interpretación acertada o no, resulta inquietante que dos personas ajenas a nuestra sociedad puedan observar en ella divisiones, prejuicios, desigualdades y comportamientos que nosotros mismos, por estar inmersos en ellos, quizá hemos dejado de percibir. Tal vez esa sea la verdadera utilidad de mirar Guatemala con ojos extranjeros: no necesariamente para aceptar su interpretación, sino para preguntarnos cuánto de ella refleja una realidad que preferimos no reconocer.

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