La trampa que falló… para siempre
No significa que la religión deba arrinconarse en lo privado ni ignorar la vida pública.
La Buena Noticia mañana, domingo, trae una de las escenas más citadas en el campo de las relaciones Iglesia–Estado: la interrogante capciosa a Cristo sobre el famoso impuesto de ocupación romana de Judea —distinto al impuesto para el Templo, que narra Mateo 17,24—, o sea, de la odiosa ocupación cuya cúspide de poder estaba en el retrato del césar, en su momento Tiberio, cuya moneda rezaba: “Del divino Tiberio al divino Augusto”.
Impuesto estatal a una humanidad divinizada, según la perniciosa costumbre de los emperadores, ya alejados de aquel régimen republicano con Octavio Augusto como imperator con cualidades divinas en el 27 a. C. En este caso, como en el impuesto al Templo, Jesús no elude el pago, pues, como lo dice el Catecismo de la Iglesia, dicha obligación es moral para la consecución del bien común (No. 2240). La trampa falló, al no encontrar en Jesús a un sedicioso contra el emperador, o un colaboracionista de Roma. Por más corrupto y decadente que fuera el poder divinizado, Cristo, en síntesis, pide “no dar al césar lo que es de Dios, y viceversa”.
En la historia de la Iglesia Católica dicho equilibrio lo han manifestado: 1) San Agustín de Hipona: a) admitiendo la legitimidad del Estado y el cumplimiento de las obligaciones civiles, las leyes y los tributos terrenales. La moneda con la cara del emperador pertenece al ámbito político y material; b) pero proponiendo la pertenencia a Dios: el ser humano —por poseer la imagen divina en su interior— se pertenece por completo a su Creador.
El individuo no puede sustituir al ciudadano, presencia de Dios mismo y del prójimo.
Dar a Dios lo que es de Dios significa entregarle la propia vida, el corazón y la entrega total del ser; c) estableciendo un orden de lealtades: las responsabilidades cívicas son válidas y necesarias en la sociedad, pero están subordinadas a la soberanía suprema y absoluta de Dios sobre el alma; d) Santo Tomás de Aquino, señalando también la supremacía de Dios para la conciencia humana, sostiene que el poder político secular no es consecuencia del pecado original, sino algo natural al ser humano como ser social —siguiendo a Aristóteles—, pero el ciudadano cristiano tiene el deber moral de obedecer las leyes justas del Estado, pagar tributos y contribuir al bien común; e) recientemente el recordado papa Benedicto XVI va más allá, estableciendo: 1) La justa distinción entre poder y fe en una sana laicidad. No significa que la religión deba arrinconarse en lo privado ni ignorar la vida pública, sino que distingue claramente entre el ámbito político/estatal y el ámbito religioso, evitando tanto la teocracia como el totalitarismo estatal. 2) La protección de conciencia frente a toda pretensión absolutista, como aquella del comunismo y de su opuesto de moda: el liberalismo radical que elude el papel de un Estado que no puede ser el Big Brother, pero se instituye para salvaguardar la dignidad de todos, pues “más que el rostro del césar, hemos de ver el rostro de lo humano en todo, especialmente en el manejo de lo económico”: el individuo no puede sustituir al ciudadano, presencia de Dios mismo y del prójimo.
En los inicios ya certeros en 2027 de la “época de agitación política” se pide al Dios que está sobre todo (cf. Deuteronomio 6,4) que ilumine las conciencias de una Guatemala de muchas creencias y muchas formas de evasión fiscal, religiosidad comercial, contrabando, narcotráfico y mal uso de lo recaudado. Encomendando la salud del papa León XIV al mismo Señor de todo y sobre todo, que en su mes la Virgen del Rosario interceda por él y por el justo equilibrio entre el servicio social del Estado y la libertad y dignidad de la persona humana que propone la Iglesia Católica.