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Ética y psicoanálisis de Fromm
En el último capítulo de “Ética y psicoanálisis” (en el que Fromm enfoca el problema moral de la actualidad) indica que el conflicto fundamental de la ética de nuestros días radica en la actitud que el hombre asuma frente a la fuerza y el poder. Tanto en el sentido de quien detenta poder como el […]
En el último capítulo de “Ética y psicoanálisis” (en el que Fromm enfoca el problema moral de la actualidad) indica que el conflicto fundamental de la ética de nuestros días radica en la actitud que el hombre asuma frente a la fuerza y el poder. Tanto en el sentido de quien detenta poder como el que lo padece y sufre. Poderoso ante vasallo o ciudadano.
La fuerza (pública) y el poder (quizá más que el placer erótico o en sustitución de éste) han sido los valores que el hombre por siempre ha querido poseer y en la búsqueda irrefrenable y compulsiva de su posesión han sido borradas fronteras y países, eliminando miles de miles de hombres (como ocurre hoy entre Rusia y Ucrania y el mundo) y fraguando las guerras más horrendas a lo largo de los siglos, todo por el uso y empleo de la fuerza y el poder.
Padecer como víctima o poseer como perseguidor la fuerza y el poder significa, en ambas posiciones, perder la libertad y caer en la alienación. En el primer caso, porque sometemos nuestra capacidad de razonar y de discernir a ortodoxias preconcebidas que aceptamos a priori como excelentes o buenas sin someterlas al juicio de nuestra más profunda sensibilidad humana. En el segundo caso, porque la vehemencia de ejercer fuerza y poder llega a ocuparnos tan completamente y a veces de un modo tan cruel que no nos detenemos a pensar sino que tomamos sólo en cuenta que “el fin justifica los medios” y bajo el alero ¿excusador?, de este principio coagulamos libertades y enajenamos conciencias. Fromm lo expresa así:
“El hombre está capacitado para conocer la verdad y para amar, pero si lo amenaza (no precisamente en su cuerpo físico sino como totalidad como persona) una fuerza superior, si se lo amedrenta e imposibilita, entonces su mente se afectará y su actuación se deformará y se paralizará: La sumisión del hombre a esta combinación de amenaza y promesa es su verdadera caída. Al someterse al poder y al dominio pierde su poder y su potencia. Pierde su poder para hacer uso de todas aquellas capacidades que lo hacen verdaderamente humano; su razón cesa de actuar; puede ser inteligente, puede ser capaz de manejar objetos y manejarse a sí mismo pero acepta como verdad lo que aquellos que tienen el poder sobre él llaman verdad o desinformación. Pierde su poder para amar porque sus emociones están sujetas de aquellos de quien depende. Pierde su sentido moral porque su capacidad para indagar y criticar a quienes se encuentran en el poder embota su juicio moral con respecto a cualquier persona o cosa.”
Podemos colegir de estas palabras de Fromm en “Ética y psicoanálisis” que la condición fundamental para ser hombre es la de ser libre. Si no se es libre no se es hombre. Se es infrahumano, borrego, ajustado o conformista. Y quizá hasta se viva una existencia en la zona de confort, regalada y aparentemente “responsable”. Pero todo ello son fantasmas, ilusiones y alucinaciones de la cultura organizada para el conformismo.
El hombre libre no acepta verdades prefabricadas ni en la derecha ni en la izquierda. Ni en el cielo ni en el infierno ni en el cristianismo ni en el hinduismo ni en Roma ni en Santiago. Somete todo a su categorización racional ¡y duda!, pero desde luego actuar así tiene un coste muy alto porque será acusado de desclasado, de indefinido o de apolítico y amoral, porque no acepta ortodoxias ni frases o textos lapidarios con carácter de indiscutible o de religiones con dogmas inamovibles. Con Platón cree que hasta que los filósofos sean reyes o los reyes y príncipes de este mundo posean el espíritu y el poder de la filosofía, las ciudades nunca descansarán de la maldad ni tampoco la raza humana.