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Nuestra permanente violencia

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Nuestra permanente violencia
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Previo a entrar en el contexto de este artículo, deseo manifestar mi pesar por la desaparición física del Licenciado en Historia, guitarrista profesional, catedrático universitario y sobre todo amigo Luis Antonio Rodríguez Torselli colaborador de la página web Guatehistoria.com.  Ante la enfermedad terminal poco puede hacer la ciencia médica para revertirla, no queda más remedio […]
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Previo a entrar en el contexto de este artículo, deseo manifestar mi pesar por la desaparición física del Licenciado en Historia, guitarrista profesional, catedrático universitario y sobre todo amigo Luis Antonio Rodríguez Torselli colaborador de la página web Guatehistoria.com. Ante la enfermedad terminal poco puede hacer la ciencia médica para revertirla, no queda más remedio que aceptar la secuencia temporal de la vida. Se haya ido a donde se haya ido, su ausencia nos hará recordar su valía como persona y profesional.

El significado de la palabra violencia según el Diccionario de la Lengua Española es: “la acción y efecto de violentar o violentarse contra el natural modo de proceder” Sus sinónimos son: “agresividad, brutalidad, salvajismo, ferocidad, fiereza, furia, furor, ira, crueldad, saña, ensañamiento, arrebato”. Sobre la interpretación que cada uno tenga al respecto de este término, podemos decir que, cualquiera que sea, trae consecuencias negativas para muchísimas familias.

La Historia de Guatemala nos muestra que la violencia en sus diferentes manifestaciones y en casi todas las épocas, ha estado presente dentro de la familia, en el trabajo, grupos deportivos, religiosos, culturales y clubes entre otros; la razón o las razones han sido por el control del poder; ya sea social, económico, religioso y político.

El poder como tal, es tener expedita la facultad o potencia de hacer algo, lo que significa que el ser humano realiza actos y acciones en busca de esa facultad; los medios utilizados para hacerse de ella han sido muy variados, entre ellos la violencia, coacción, amenazas, exilio, robo de acciones, destierro, asesinatos, muerte civil y modernamente la judicialización o montaje de casos espurios, así como la muerte violenta ejecutada por delincuentes de poca monta llamados sicarios.

La sociedad guatemalteca, a través de los años, hemos vivido sometidos al poder legalmente legítimo e ilegítimo ejercido desde hace quinientos años por personas amparadas en el poder violento y disuasivo de las armas; claro, las élites político-económicas impusieron y quitaron gobernantes protegiendo sus intereses y utilizando para ello a la institución armada, iglesia católica y posteriormente a la grey auto denominada cristiana evangélica.

Mantener el poder a toda costa, es un lema centenario que ha dominado el pensamiento de quienes se sienten y creen ser los dueños del territorio de Guatemala, su ambición de más y más poder, y por consiguiente su conservación les ha llevado a cometer hasta la presente fecha toda clase de acciones legales, ilegales e inmorales ejecutadas por sus testaferros políticos de los diferentes niveles socio económicos; léase presidentes, diputados, magistrados, jueces, gobernadores, alcaldes y funcionarios de los tres organismos del Estado, lo que produjo a través del tiempo la institucionalización de la corrupción.

La delincuencia común, organizada, desorganizada y gubernamental en diferentes épocas, dejó como costumbre convertida en tradición la depreciación de los valores morales y éticos que significaron el honor de ostentar los más altos puestos en la administración pública del Estado, ser funcionario o empleado público; de esa cuenta, vemos constantemente su participación en desfalcos, desvío de recursos, apropiación indebida de activos, contratos lesivos al Estado, licitaciones amañadas, nepotismo en el deporte, plazas fantasma y otras formas ilegales de obtener dinero fácil.

“«Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?» es la célebre frase en latín que significa «¿Hasta cuándo, Catilina, vas a abusar de nuestra paciencia?».

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