Desde hace mucho tiempo estoy atrapado en la comprensión de los vicios humanos. Quiero decir, tratar de entender cómo la voluntad se determina, a veces, por el mal moral, con premeditación, alevosía y ventaja, o simplemente dejándose llevar, como quien es arrastrado por las propias circunstancias. Pero ojo, no es una actitud maniquea por la […]
Desde hace mucho tiempo estoy atrapado en la comprensión de los vicios humanos. Quiero decir, tratar de entender cómo la voluntad se determina, a veces, por el mal moral, con premeditación, alevosía y ventaja, o simplemente dejándose llevar, como quien es arrastrado por las propias circunstancias.
Pero ojo, no es una actitud maniquea por la que me sienta superior moralmente. En absoluto. Es todo lo contrario, porque me siento infame a veces. Trato de entender cómo elegimos el mal, incluso reconociendo el bien que podemos hacer y que nos debemos, conforme a la educación (a veces exquisita) recibida en casa, en la iglesia, en la escuela y en los ambientes sanos que frecuentamos.
Tampoco se trata del rechazo de una cierta bondad humana bastante bien distribuida por el mundo y que a veces ignoramos (tienen mala prensa los actos de bondad). No, no es eso. De hecho, nada más hermoso que la contemplación de actos heroicos, los triunfos ordinarios de los trabajadores y la benevolencia de los amigos que nos tratan con indulgencia.
Se trata más bien de entender al impío, su lógica moral y su adhesión en las ejecuciones; al mentiroso del Congreso, por ejemplo. Al diputado desvergonzado que miente y que ofende con desparpajo. Ese que incluso es capaz de felicitar al Papa por su discurso (como en estos días hicieron algunos en España), aun cuando sus declaraciones eran del todo opuestas a su ideología de odio, xenofobia y violencia.
Aproximarse a la estructura ética de quienes lavan dinero en los bancos (con esa conciencia que imagino que acallan) o prestan desde la usura, a sabiendas del mal infligido a los acreedores. Explorar el sentimiento gozoso de “su haber” en las cuentas y el disfrute de sus viajes a países exóticos, desde la violencia a sí mismos para fingir una falsa paz en esos lugares lejanos.
Son solo dos ejemplos de sujetos que a veces coinciden y se envilecen aún más. Pasa en Guatemala (los conocemos y no hay que gastar mucha tinta para nombrarlos) y en otros países: Estados Unidos, Argentina, Israel… por todas partes. Sin contar, claro, con ese tercer emergente maligno que es el mundo del tráfico de drogas global.
En la universidad me enseñaron, cuando era joven y recibía una educación escolástica, que el mal es un misterio (Mysterium iniquitatis, se decía). Esto es, aun cuando hay una naturaleza perversa (casi en la línea hobbesiana), hay también posibilidades de bondad, aunque sea como milagro y como excepción. Siempre es posible una suerte de redención personal que implica una sabiduría derivada del discernimiento interior. Pero lograrlo era una especie de “rara avis”. De aquí que lo que vemos y experimentamos en carnes (un padre que inflige dolor a sus hijos, una mentira ordinaria entre amigos, las deslealtades o la violencia provocadas a quienes decimos amar) sea solo el efecto de una falla de origen aderezada con la capitulación del esfuerzo por ser mejores.
Bastaría quizá con esto último: querer ser mejores. Pero el mal es una droga que aprisiona. Es triste: a más maldad, menos posibilidad de comprender los beneficios del bien. Que a ser bueno se aprende gustando la amabilidad. Justo lo que hoy no está de moda. Podríamos intentarlo, vale la pena.