Historia de las hermandades en Guatemala: origen y evolución
Organizaciones de religiosidad popular, como hermandades, cofradías y asociaciones, han mantenido vivas las tradiciones de la Pasión por cinco siglos en Guatemala.

Organizaciones de religiosidad popular, como hermandades, cofradías y asociaciones, han mantenido vivas las tradiciones de la Pasión por cinco siglos en Guatemala.
Las cofradías penitenciales, de Pasión o de Semana Santa, surgieron en Guatemala pocos años después de la llegada de los españoles y fueron creadas por las órdenes religiosas para promover la evangelización de los habitantes locales, entre otros objetivos, y se encargaban, principalmente, de la organización de las actividades de religiosidad popular relacionadas con la conmemoración de la Cuaresma y Semana Mayor.
La cofradía está reconocida por la Iglesia católica como una asociación cooperativa de fieles laicos, que obtiene sus estatutos de un obispo. Sus objetivos son de ayuda mutua y, fundamentalmente, mantiene y financia el culto a su santo patrón.
Las cofradías nacen con las primeras procesiones, en el siglo XVI. El primer cortejo penitencial en Guatemala se registra en 1542, promovido por el obispo Francisco Marroquín, para conmemorar el primer aniversario de la catástrofe que destruyó Santiago, en el Valle de Almolonga. La imagen salió hacia la iglesia de Nuestra Señora de Concepción.
Estas agrupaciones fueron implementadas por las órdenes religiosas como dominicos, jesuitas o franciscanos, con el propósito principal de evangelizar a los indígenas, quienes lograron fusionar elementos de la cultura prehispánica con los de la católica, lo que dio lugar a un sincretismo religioso. Luego se convirtieron en asociaciones voluntaristas para las celebraciones en honor de santos, con fondos del Estado. En muchos pueblos indígenas, los religiosos instituyeron cofradías con el pretexto de custodiar a un santo patrón y, de esa manera, poder prestar sus servicios a la Iglesia.
Hermandades de la ciudad de Guatemala
También se fundaron para que se hicieran responsables de la organización de procesiones, que proliferaron en cada estamento y grupo étnico, entre las cuales surgieron rivalidades, con el fin de ganar más prestigio, y por ello no escatimaban en gastos ostentosos para cubrir el ornato del culto interno, mantenimiento de su capilla y bienes muebles que adquirían. Al participar en estas actividades, el devoto ganaba indulgencias “para la salvación de su alma”.
Además, estaban obligadas a auxiliar a sus integrantes durante la enfermedad, y si fallecían, en su sepelio, al comprometerse a mandar a oficiar una serie de misas.
Entre sus fuentes de ingresos estaban la demanda de limosnas, donaciones y censos, en dinero y propiedades. El efectivo se otorgaba como préstamo sobre bienes, como casas, tierras, ganado, cosechas o esclavos, para obtener intereses o réditos anuales. También recibían las cuotas que proporcionaban los miembros, entre otros ingresos obtenidos de alquiler y venta de túnicas, estampas, ceras, vestidos o alhajas. Las cofradías estaban formadas según su grupo étnico, ya sea españoles, indígenas, afrodescendientes y castas —mulatos, pardos o mestizos—.
Las de mayor categoría eran las de los españoles. Las de indígenas, afrodescendientes y castas se fundaban en las iglesias de sus respectivos barrios. La participación de las mujeres era restringida. Para los indígenas, ejercer un cargo en la cofradía era símbolo de poder y prestigio, lo cual les permitía hacer préstamos de los fondos de la comunidad.
La Real Audiencia denunció que el número de cofradías en 1637 era excesivo, por lo cual ordenó que se suprimieran las que no tenían licencia episcopal, y que no se fundaran más, pero la disposición no surtió efecto. También intentó mantenerlas fiscalizadas, pues sus ingresos eran altos.
Según datos del arzobispo Pedro Cortés y Larraz, el número de cofradías entre 1768 y 1770 era de mil 908, en 118 parroquias de la arquidiócesis de Santiago.
En 1770 se contabilizaron mil 90 cofradías, cuyo capital era de 265 mil 88 pesos y 45 mil 693 cabezas de ganado. Además de pagar por misas mensuales, aportaban ornamentos, cera, vino, hostias y todo lo necesario para las parroquias. En 1787, el arzobispo Cayetano Francos y Monroy registró en la diócesis tres mil 153 cofradías y hermandades, que se redujeron a dos mil 135, ya que muchas no habían sido autorizadas. A las de mayor importancia se les concedía una capilla en la el templo, en la cual podían enterrar a sus miembros al fallecer.
Su estructura estaba formada por el prioste o hermano mayor, el cargo más importante; mayordomos, alcaldes, diputados, secretario y tesorero. Los miembros de familias españolas adineradas ocupaban los cargos más relevantes —mayordomos y diputados—, lo cual les daba la posibilidad de arrendar tierras y obtener préstamos en efectivo.
Al inscribirse como miembro, el nombre del nuevo socio se anotaba de manera oficial en el libro de asiento de hermanos. Desde ese momento, el nuevo integrante y la cofradía se comprometían al cumplimiento de una serie de obligaciones. Se le entregaba patente en la cual aparecía su nombre y firma del mayordomo.
Con estos contratos, se evidenció que estas asociaciones eran las corporaciones sociales más importantes de la vida colonial. Ganar indulgencias y otros beneficios las hicieron tan populares y necesarias, gracias a lo cual su número se fue incrementando, especialmente en pueblos de indígenas. Tenían tanta relevancia que en el siglo XVII no había pueblo, por pequeño que fuera, que no tuviera una cofradía.
Los papas Clemente XIII y Pablo V intentaron reglamentar esas organizaciones en el siglo XVII, ya que su manejo transcurría con total anarquía.
La situación en que quedaron las cofradías de Santiago y de sus pueblos a raíz de los terremotos de 1773 fue bastante difícil. Las que tenían más recursos resultaron afectadas, pero otras se extinguieron o entraron en un largo receso, como la de Jesús Nazareno de Candelaria.
Al trasladarse la capital al Valle de las Vacas, en 1776, se facilitó la instalación de algunas cofradías, pero desaparecieron otras, poco relevantes. En la década de 1880, las hermandades comenzaron a cobrar un auge inusitado en barrios populares de la nueva metrópoli.
Cofradía de la Santa Vera Cruz
Durante los 14 años que Santiago estuvo asentada en el Valle de Almolonga (1527-1541), tenía solo una iglesia parroquial, bajo la advocación del apóstol Santiago, que en 1534 se elevó a catedral.
Las órdenes religiosas no tuvieron tiempo ni suficiente número de frailes para afianzar su funcionamiento regular, por lo que no pudieron promover la fundación de cofradías penitenciales en ese entonces. En ese entonces existían la del Santísimo Sacramento, de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora —fundada en 1527— y de la Santa Vera Cruz, la única cofradía penitencial en Almolonga, y la primera de su tipo en el país. Fue fundada el 9 de marzo de 1533, bajo la dirección de la orden franciscana.
El obispo Francisco Marroquín fue el hermano número uno y se encargaba de las conmemoraciones de Cuaresma y Semana Santa, según la tradición española. Su centro de culto era la reliquia de la Verdadera Cruz en la que fue crucificado Cristo, o lignum crucis,promovida por los franciscanos, dada la devoción que esta orden tenía por este misterio.
Se menciona en sus ordenanzas de 1533 que las esposas de los cofrades y solteras podían integrar esta organización e ir en la procesión descalzas; debían llevar velas encendidas. Su sede se encontraba en el templo parroquial, que luego fue elevado a catedral, como se indicó anteriormente. Al trasladarse la ciudad al valle de Panchoy, en 1543, dicha cofradía se instaló en el convento de San Francisco, que celebraba la procesión de Sangre, en la que llevaban imágenes de Pasión, el Jueves Santo por la tarde. Estaba integrada por españoles “nobles” —de buena posición social— y estaba bajo el patronato del Ayuntamiento.
José Álvarez, encargado de Relaciones Públicas de esa cofradía, refiere que, a raíz de sucesos políticos y sociales, esta tuvo que suspenderse, pero se restituyó como tal en el 2011, en su sede actual, en el templo capitalino de San Francisco, con la misión de promover el culto a la Cuaresma y Semana Santa.
Álvarez destaca que el lignum crucis que se procesionaba el Jueves Santo llegó a Santiago en el siglo XVI, pues los franciscanos fueron encomendados para custodiar Tierra Santa. En la actualidad, la cofradía de la Santa Vera Cruz se encarga de la organización de la procesión de Cristo de la Preciosa Sangre y de la Virgen de Dolores, el quinto Viernes de Cuaresma, del Señor Sepultado, “Cristo de la Penitencia”, y de Nuestra Señora de la Soledad, el Viernes Santo.
Señala que en el 2011, 2012 y 2013, el lignum crucis presidió el cortejo del Señor Sepultado, pero, debido a que se extravió, aunque fue recuperado, ahora es resguardado en la Catedral Metropolitana.

La Santa Vera Cruz o lignum crucis, que pertenece a la cofradía del mismo nombre y que fue la primera penitencial fundada en Guatemala, en 1533. En la foto, preside el cortejo del Señor Sepultado del templo de San Francisco, el Viernes Santo del 2013. (Foto Prensa Libre, cortesía de José Álvarez)
Cincuenta cofrades integran la entidad, pero también existe la sección de penitentes, que portan un capirote que les cubre el rostro y que abre el paso de cortejos procesionales. Hace 15 años, la participación de devotos en estas procesiones era escasa, pero ahora, según Álvarez, el recorrido se ha extendido y los turnos se agotan.

Imagen del Cristo de la Preciosa Sangre, de cuya procesión se encarga la cofradía de la Santa Vera Cruz. (Foto Prensa Libre: cortesía de José Álvarez).
Evolución a través del tiempo
Durante el período de dominación española, las cofradías agrupaban a personas que tenían intereses económicos y sociales, pues esas entidades ejercían funciones bancarias y facilitaban las alianzas matrimoniales, refiere Fernando Urquizú, doctor en Historia del Arte.
Cuando los liberales tomaron el poder por las armas, en 1829, expropiaron a la Iglesia y expulsaron a las órdenes religiosas y, por ende, a las cofradías, que fueron suprimidas por la ley, señala el historiador y doctor en Sociología Aníbal Chajón. “De ahí aparecen las hermandades, que financiaban sus actividades de culto con donaciones de sus miembros, pues las cofradías obtenían sus recursos con bienes inmuebles, ganado y préstamos”, añade. Fue en ese entonces cuando las hermandades adquirieron las características que conocemos en la actualidad, asevera.
Con la llegada de Mariano Gálvez a la presidencia (1831-1838), cambió la función de las procesiones y se redujo la participación de los pobladores. Cuando asumió Rafael Carrera el cargo y fundó la República, en 1847, se comenzaron a reorganizar las cofradías, durante su gobierno conservador, que patrocinaba actividades católicas. Por ejemplo, proporcionaba la banda marcial, sin costo, para que acompañara los cortejos procesionales.
Con la reforma liberal de 1871, el Gobierno dio continuidad a las formas de pensamiento tradicional, pero se les prohibió a las cofradías recibir herencias como recaudación de recursos —casas, fincas o cabezas de ganado— y fungir como “prestamistas”, refiere Urquizú.
En 1892, cuando llega a la presidencia de la República José María Reina Barrios, da carta libre para que se reorganicen las hermandades, con el liderazgo del arzobispo Ricardo Casanova y Estrada, quien regresó del exilio en 1896, siempre y cuando lo hicieran bajo las leyes liberales.
La primera en hacerlo fue la de Jesús Nazareno de Candelaria, el 15 de enero de 1898, según se establece en la patente de la hermandad. Al asumir la presidencia Manuel Estrada Cabrera, en 1898, brindó apoyo para consolidar la alianza entre la Iglesia y el Estado, y las cofradías funcionaron como empresas culturales de apoyo al Gobierno y a la comunidad.
Las antiguas cofradías a principios del siglo XX comenzaron a funcionar como empresas modernas capitalistas, al vender turnos como principal fuente de financiamiento, lo que las hizo autosustentables. Esta eventualidad fue aprovechada por particulares que comenzaron a sacar procesiones, sin presencia formal de sacerdotes o jerarquía eclesial, lo que llevó a tomar medidas drásticas, al extremo de reducir los cortejos citadinos mediante un decreto especial, en 1910.
El papel principal de las hermandades ha sido adherir a la mayor cantidad de devotos en los desfiles sacros y visibilizarse como entes piadosos de la sociedad, señala Urquizú.
Según el Modelo de estatuto para asociaciones, hermandades, cofradías y agrupaciones de piedad popular, de la Arquidiócesis de Santiago de Guatemala (2017), están compuestas por un presidente, que es el párroco de la iglesia; vicepresidente y junta directiva, integrada por un encargado general, un subencargado, el tesorero, un secretario y tres vocales.
Según datos proporcionados por Luis René Sandoval, director de Comunicación Social y portavoz de la Arquidiócesis de Santiago de Guatemala, en esta provincia eclesiástica tienen ahora contabilizadas 56 hermandades y cofradías registradas, mientras que las asociaciones de Pasión llegan a 76.
Fuentes consultadas: Vida social, económica y religiosa de la cofradía de Jesús Nazareno del templo de Nuestra Señora de La Merced, en Santiago y en la Nueva Guatemala, de 1582 a 1821, de Gerardo Ramírez (2007); Desarrollo de las cofradías en Guatemala en el siglo XVI, de Abraham Solórzano, Ceceg (2019); Crónicas y recuerdos de Jesús Nazareno de Candelaria, de Fernando Urquizú y Erick Espinoza (2013); Historia de las cofradías de la Candelaria, especialmente la de Jesús Nazareno, de Mario Ubico (1995); Crónicas y recuerdos de la Virgen de Dolores del antiguo templo de Santo Domingo de la Nueva Guatemala de la Asunción, de Fernando Urquizú y Michele Pinsker (2014); Modelo de estatuto para asociaciones, hermandades, cofradías y agrupaciones de piedad popular, de la Arquidiócesis de Santiago de Guatemala (2017); Las capillas de Jesús Nazareno de Candelaria y su función en el ideario popular de la Antigua y Nueva Guatemala de la Asunción, de Fernando Urquizú (2010); Consideraciones sobre la imagen de Jesús Nazareno de la Merced de Guatemala, de Federico Prahl (1995); Las cofradías guatemaltecas, de Celso Lara, Cefol (2013); Cofradía de los Siete Dolores de la Santísima Virgen del antiguo templo de Santo Domingo, tomo I, de Fernando Urquizú, Michele Pinsker y Mario Ubico (2019); La cofradía indígena del Santísimo Sacramento del municipio de Palín, de Escuintla, siglos XVII y XXI, de Juan Cornelio Alonzo Gutiérrez (2007); jesusdelamerced.wordpress.com y hsssantodomingo.org.








