Durante años, Trump fue el mejor amigo de Israel. Hoy, muchos se preguntan si esa relación acaba de entrar en una nueva etapa.
Durante años, Donald Trump fue considerado el presidente más cercano a Israel en la historia moderna de Estados Unidos. Reconoció a Jerusalén como capital, trasladó la embajada estadounidense e impulsó los Acuerdos de Abraham, que transformaron el mapa diplomático de Oriente Medio. Por eso, el memorándum de entendimiento con Irán, que firmó ayer en el Palacio de Versalles en Francia, en el marco de la cumbre del G7, representa mucho más que un acuerdo diplomático. Para muchos es el momento en que Washington decidió priorizar otros intereses por encima de la seguridad de su principal aliado en la región.
El argumento de Trump es evitar una escalada que disparara el precio del petróleo, alimentara la inflación y debilitara la economía global. Pero no hay que olvidar que él mismo inició ese caos. Sin embargo, lo que para Washington puede parecer una solución pragmática, para Israel luce como una concesión peligrosa.
El memorándum deja abiertos precisamente los temas que más inquietan a Jerusalén. Irán mantiene capacidad de enriquecimiento de uranio. La Guardia Revolucionaria Islámica no ha renunciado de manera definitiva a su influencia sobre Hezbolá, Hamás y otras milicias aliadas. Los mecanismos de verificación aún deben negociarse. Y mientras todo eso permanece sin resolver, se habla de US$300 mil millones en alivio económico para Irán, liberación de activos congelados y un gigantesco programa internacional de reconstrucción para la economía iraní.
Desde la perspectiva israelí, el problema no es solamente Irán, que está a más de mil kilómetros de distancia. Las amenazas que preocupan a Israel están mucho más cerca. Hezbolá se encuentra en el norte. Hamás continúa siendo una amenaza latente. Siria sigue siendo un territorio inestable. El recuerdo del 7 de octubre permanece profundamente grabado en la memoria colectiva del país. Por eso, cuando los mercados celebran una reducción de tensiones, muchos israelíes observan la situación con una mezcla de escepticismo y preocupación.
La verdadera preocupación de Israel no es el acuerdo con Irán. Es la sensación de que, podría estar quedándose solo.
Las implicaciones políticas pueden ser profundas. En septiembre habrá elecciones en Israel. Ningún dirigente israelí puede permitirse parecer débil frente a un adversario que durante décadas ha cuestionado la propia existencia del Estado judío. La consecuencia podría ser exactamente la contraria a la que busca Washington. Un endurecimiento del discurso político israelí y una mayor presión para actuar unilateralmente si considera que su seguridad está en riesgo.
Tampoco Trump sale indemne de esta apuesta. Durante años criticó duramente el acuerdo nuclear impulsado por Barack Obama. Ahora enfrenta acusaciones de estar ofreciendo concesiones incluso mayores.
La pregunta de fondo no es si Trump sigue siendo amigo de Israel. Probablemente lo siga siendo. La verdadera pregunta es si, por primera vez, decidió que los intereses globales de Estados Unidos pesan más que las prioridades estratégicas de Jerusalén. Si esa percepción se consolida, la relación entre ambos países podría entrar en una etapa completamente nueva.
Las alianzas internacionales rara vez se rompen de manera abrupta. Normalmente comienzan a transformarse cuando los intereses dejan de coincidir plenamente. Y eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo hoy. Mientras Washington celebra haber evitado una crisis inmediata, Israel observa con inquietud cómo las amenazas que considera existenciales siguen sobre la mesa. Quizá el tiempo demuestre que Trump evitó una guerra regional. Pero también existe la posibilidad de que este memorándum sea recordado como la transición a la etapa transformaciones profundas cuyas consecuencias aún nadie puede prever.