El costo humano de una dictadura

El costo humano de una dictadura

Venezuela no colapsó en un día. Se fue apagando por una dictadura, mientras su gente aprendía a resistir.

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Resumen Automático

09/01/2026 00:03
Fuente: Prensa Libre 

Mientras el mundo debate la posible caída de un régimen que se prolongó por más de una década bajo Nicolás Maduro —heredero del proyecto autoritario chavista— que gobernó Venezuela durante más de 25 años, los venezolanos discuten algo más crudo y urgente, cómo sobrevivir. Mientras los grandes medios hablan de geopolítica, petróleo, tribunales y sanciones, pocos se detienen en lo esencial, en lo que siente hoy el pueblo venezolano. Ese dolor no cabe en un titular, pero define a un país entero.

Mientras el mundo analiza el poder y el petróleo, los venezolanos luchan por sobrevivir. Esa es la historia que casi nadie se atreve a contar.

En Venezuela, subsistir se convirtió en una proeza cotidiana. No fue únicamente el colapso económico; fue la erosión lenta y constante de la vida diaria. La gente aprendió a callar, a no opinar, a aguantarse. El miedo se volvió parte del paisaje. Bajo el poder de Nicolás Maduro, la política dejó de ser una promesa y pasó a ser una amenaza. No hubo futuro ni esperanza. Quedarse no fue resignación, fue una forma de resistencia silenciosa. Familias completas aprendieron a vivir con lo mínimo, hospitales sin insumos, apagones interminables y una inflación que devoró salarios y dignidad. La vida se hizo pequeña y pensar en grande se volvió un lujo peligroso.

Desde 2014, casi ocho millones de venezolanos han abandonado el país como consecuencia directa del colapso institucional, económico y social, dando origen a una de las diásporas más extensas de la historia reciente de América Latina. Para quienes viven en el exilio, la migración significó una ruptura profunda de sus trayectorias de vida. Profesionales convertidos en mano de obra barata, familias fragmentadas, precariedad jurídica y una inserción forzada en economías que, en muchos casos, no reconocen su experiencia ni su formación.

Irse tampoco fue una solución. Para millones de venezolanos, el exilio es una herida abierta. No es solo cambiar de país, es perder una parte de la identidad y reconstruirse sin garantías. Es vivir con la culpa de haberse ido y con el dolor de no poder volver. Por eso, los sucesos recientes han sido recibidos fuera del país con una mezcla de alivio y esperanza contenida. No hubo euforia desbordada, sino gestos discretos, encuentros comunitarios y un optimismo prudente, aprendido a la fuerza.

El mayor daño del chavismo no fue únicamente económico o institucional, fue humano. Rompió familias, normalizó la pobreza, enseñó a desconfiar del vecino y a sobrevivir sin soñar. Reconstruir Venezuela no será solo un acto político, será un acto moral. No bastarán elecciones ni discursos, habrá que reparar la confianza, sanar la fractura social y devolverle sentido a la palabra futuro.

Los venezolanos dicen que la soberanía petrolera nunca fue real y que el petróleo jamás les perteneció de verdad. PDVSA, una empresa que alguna vez fue orgullo mundial, terminó convertida en una piñata política. El dinero, admiten, “sí se usó”, pero no para el país, sino para financiar al régimen cubano y a otros proyectos socialistas en América Latina. Una soberanía tan absurda que Venezuela, siendo una potencia petrolera, llegó al extremo de ver a su gente dormir en los carros esperando gasolina. Por eso aseguran que ya nada los asusta, porque nada puede ser peor que lo vivido. Han pagado con décadas de exilio, con hambre y con un país en ruinas. Y sostienen que, si reconstruir lo que el régimen destruyó implica que empresas internacionales vuelvan a invertir bajo supervisión, entonces son bienvenidas.

Hoy, cuando el mundo habla del fin de una era, los venezolanos no celebran con fuegos artificiales. Celebran en silencio. Dentro del país hay esperanza, sí, pero también temor. Temor a otra decepción, a otra promesa rota, a otra transición que no llegue al plato, al empleo ni a la seguridad.