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La Chica de la Frontera

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La Chica de la Frontera
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El título de esta prosa mundana, “La Chica de la Frontera”, es el de un libro escrito por el doctor Genard Méndez y que tuvo la gentileza de obsequiarme. Después de leerlo concluyo que trata de dar un testimonio de su vida de galeno, que la disfrutó con su esposa, Hortencia, que es La Chica […]
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El título de esta prosa mundana, “La Chica de la Frontera”, es el de un libro escrito por el doctor Genard Méndez y que tuvo la gentileza de obsequiarme. Después de leerlo concluyo que trata de dar un testimonio de su vida de galeno, que la disfrutó con su esposa, Hortencia, que es La Chica de la Frontera. Es una historia de una pareja dedicada a aliviar las dolencias de los seres humanos, no solo de las que perturban nuestro cuerpo, sino también de las que se dan a causa de precarias condiciones de vida. Para ese sentimiento de solidaridad, que ya traía desde su niñez, se hizo médico y cirujano en la antañona Facultad de Medicina de la Carolingia, con una vocación para comprender lo que significa dedicarse a tratar de resolver los problemas de la salud. Y le cupo la buena ventura de formar pareja con la Chica de la Frontera: ella también dedicada a la práctica médica como enfermera. Yo conocí a Genard en la Escuela Normal, cuando ingresó después de iniciar la secundaria en la Antigua Guatemala, incorporándose a la promoción 1952-56. Genard es originario de Jutiapa, allá por donde sus poetas dicen que se asoma al sol, después de remontar las aristas del Suchitán. Fue un alumno estudioso, muy serio en el internado, sin mayores contrariedades, a pesar que nos tocó vivir el trauma del cambio de Director de la Escuela, cuando se despidió al maestro Francisco Herrarte y nombraron a un señor de pocos amigos. Con su sencillez provinciana, tuvo la oportunidad de ingresar a la Facultad de Medicina, y recuerda a grandes maestros como los doctores Alarcón y Martínez Durán. En su trajinar como estudiante de medicina, conoció a Hortencia, cuando ella trabajaba en el Centro Médico, donde consolidó su experiencia como enfermera, que se había iniciado en el Hospital de Chiquimula. El sacrificio que significa estudiar en la Universidad con limitaciones, se supera con esfuerzo y firmes propósitos. Así, Genard principió a ganarse la vida en sanatorios privados, pues sus conocimientos ya eran los indicados para desempeñarse. Su relación con Hortencia llegó, como es natural en la impetuosa juventud, a procrear el primer hijo como pareja de solteros, que después se unieron en matrimonio que celebró el Popy Godoy, que para variar se le olvidó dar el aviso al Registro Civil. Genard se ha desempeñado como médico en centros asistenciales públicos, atendiendo enfermos que requieren recuperar su salud, que muchas veces no es a causa de microbios, bacterias o virus, sino a las endémicas carencias de los grupos marginales. Recuerdo que una vez fui jurado de un certamen literario en la Facultad de Medicina y leímos un cuento que se titulaba: “Síndrome de Pluricarencia Infantil”, que traducido significaba: hambre. El trasfondo del libro de Genard es, en parte biografía y en parte un romántico relato sobre cómo se encontró con la Chica de la Frontera, a quien conoció en su trabajo hospitalario, que venía de la aldea El Amatillo, en Jutiapa, en la ruta a la frontera con El Salvador, en donde alguna vez pasó el tren. Y dice Genard, al presentar su libro, que lo escribe porque “Cada letra, cada página escrita fue dictada para el amor de mi vida, para HORTENCIA”. Ella acompañó a Genard en su labor como médico, en las buenas y en las malas, hasta que llegó la terrible dolencia que la ciencia aún no resuelve; y si bien los médicos se explican el fallecimiento como el final de ciclo biológico, el drama duele mucho más cuando se trata de la partida de un ser querido. El libro La Chica de la Frontera es una lectura agradable, en donde, sin complicaciones literarias, se pinta un trazo muy humano de un médico y una enfermera.

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