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El despotismo es efímero
La autovaloración democrática se sustenta en la libertad de expresión de ideas, el libre acceso a la información y el debate irrestricto.
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El despotismo se traduce en el ejercicio del poder público sin límites, sin frenos ni contrapesos, o sea de manera absoluta, basado en la concentración de poder, el sistemático abuso de autoridad y la intolerancia inquisitorial. Dado que los regímenes despóticos son inmunes a la crítica y la reforma, siempre degeneran en dominación, represión brutal y opresión, lo que, irónicamente, los lleva a su colapso y caída.
Renovarse es vivir.
La autocrítica, el autoexamen o la autovaloración es la aptitud que tiene una persona u organización para reflexionar sobre sí misma y de su accionar, lo que supone la posibilidad de examinar, juzgar, analizar, evaluar y replantear en torno a sus propios proyectos, esfuerzos y resultados. Sin duda, la autocrítica garantiza la renovación y el cambio de actitud. A la democracia liberal le es inherente la capacidad de autoexamen, que le proporciona la fuerza vital para preservar la plena vigencia de sus principios y valores humanistas en el largo plazo.
La autovaloración democrática se sustenta en la libertad de expresión de ideas, el libre acceso a la información y el debate irrestricto, que son el sustrato del cuestionamiento, la contradicción y el disenso, lo que permiten a la democracia liberal mantener su posibilidad de enmienda y potencial.
La democracia liberal podrá padecer disfuncionalidades, desviaciones coyunturales, ineficacia institucional o desajustes de impacto social, político o económico; no obstante, la experiencia histórica dicta que la democracia liberal no sucumbe en tanto cuente con la reserva moral de la autorreflexión, lo que le garantiza la oxigenación y la revitalización. Claro que la incertidumbre propia del porvenir y la mala gestión coyuntural generan angustia, temor y desazón; empero, el autogobierno inherente a la democracia liberal asegura la redefinición de objetivos y la reformulación de estrategias, políticas y prácticas, así como la energía para, en su caso, atenuar el sufrimiento o desconcierto resultante de la imprevisión y la desgracia.
Los regímenes despóticos carecen de la retroalimentación que les aporta la fuerza para renovarse o, en su caso, para reinventarse. Luego, los regímenes con vocación abusadora y opresora resultan efímeros, ya que, inexorablemente, sucumben ante el peso de su codicia exacerbada, su complicidad con la corrupción y la impunidad, así como su incapacidad para promover el bien común.
El despotismo siempre cae en la tentación de autoproclamarse forjador del destino de la gente; y, por lo tanto, usurpa el derecho de los ciudadanos a decidir por sí mismos, los somete a sus designios, coarta sus derechos, así como pretende, con arrogancia, relevarlos de asumir la responsabilidad de su propia vida y convertirlos en clientes (dependientes) o meros engranajes de la maquinaria estatal. “El poder radica en infligir dolor y humillación”, afirma George Orwell (Eric Arthur Blair).
En dos platos, el déspota no confía en el ser humano; y, por ello, se obsesiona por tutelarlo, condicionarlo, silenciarlo, controlarlo y negarle la autonomía personal.
La democracia liberal, al contrario, alienta la opinión libre, el pensamiento crítico, el diálogo, la cooperación inteligente, el debate, la competencia, la transparencia, la meritocracia y el derecho, elementos esenciales que son fuente inagotable de correcciones y transformaciones. Esto último garantiza y facilita una permanente catarsis, que es la clave para la sostenibilidad democrática. “Renovarse es vivir”, dice José Enrique Rodó; en tanto que Miguel de Unamuno sostiene que “el silencio es la peor mentira”.