Ante el reino de la demagogia religiosa

Ante el reino de la demagogia religiosa

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05/04/2026 00:02
Prensa Libre
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Resumen Inteligente

La gente acepta lo que concuerda con una doctrina que considera buena.

No hay acontecimiento más importante en el ideario del cristiano que la resurrección de Cristo, el vencimiento de la vida sobre la muerte. Se conmemora este día, el Domingo de Pascua, la promesa que mueve la esperanza de un mundo: el más allá, la buena ilusión de que hay algo que sigue, y que ese algo es bueno y eterno. Es lo que se enseña en iglesias, pero no solo en ellas. Se transmite también desde las aulas de los colegios, en grupos de oración, en programas de radio y de padres a hijos; a los nietos, desde la dulce y suave voz de abuelitas devotas.

Estados teocráticos: entes oscuros que inspiran más miedo que admiración.

Pero este es un credo que no es solo un ejercicio personal. Llega a mover y orientar, también, a naciones enteras. Sociedades que aceptan una premisa fundamental, la del manto religioso como guía esperada. Con la intermitencia pendular propia de la historia, a veces con más fuerza y otras con menos, mucha legislación se ha erigido sobre la base de esos principios. La gente acepta lo que concuerda con una doctrina que considera buena. Y eso lo entienden muy bien desde posiciones de poder, desde despachos ejecutivos y curules legislativas.

La religión no es novedad cuando se trata de manipulaciones populares. Desde la primaria nos enseñaban cómo en el Egipto faraónico se mezcló el poder terrenal con figuras divinas, y que en la antigua Mesopotamia los monarcas se proclamaban con mandatos que decían venir de un piso superior. Después vendría Roma, los Estados pontificios, las Cruzadas, exterminios enteros; auténticas catástrofes en las manos de ambiciosos que supieron lo elemental: nada más poderoso que una conveniencia hecha sonar como la voluntad de un dios.

A mi generación le tocó formarse cuando todo esto sonaba a historia antigua. Nos educaron para valorar la democracia y a comprender a las monarquías como sujetos en extinción. Y a los estados teocráticos, por su parte, como entes oscuros que inspiraban más miedo que admiración. Entendimos que mezclar religión con Estado era una práctica que iba de salida. Y que los países más rezagados en ese camino eran -como el nuestro- también los más proclives a la corrupción. Las potencias mundiales marchaban más claramente hacia la política secular.

Pero hoy, hay potencias que imponen un giro que traiciona lo aprendido. En los forcejeos del orden mundial, el faro que antes usó la democracia para lograr el dominio global hoy exhibe a altos funcionarios vistiendo guerras modernas con retórica cristiana. El Papa, en su homilía del Domingo de Ramos, no tuvo que mencionar a nadie. Le bastó recordar que “nadie puede usar a Cristo para justificar la guerra”. No hay guerra santa en Medio Oriente. Y quien intente venderla como tal, merece la más grande y reprobable desconfianza.

Esta semana presencié en Guatemala actos masivos donde la gente manifestó su fe. Pasé a la par de una enorme vigilia y las procesiones masivas lo dicen otra vez: la gente busca aquel ideario mencionado antes. El de la resurrección. El de la vida sobre la muerte, como enseñanza hacia los hijos. Si de veras esto se valora ojalá regresáramos a buscar separar lo político con la demagogia religiosa. O, cuando menos, a señalar a quienes lo invocan para obtener poder. Para lograr ambiciones e imposiciones, mundanas y crueles, que, de cristiano, no tienen nada.

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