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Multiculturalidad: ¿privilegio o lastre?
Su objetivo, cobrar multas de hasta Q35,000 por tráfico de productos no certificados.
Los españoles del siglo XVI que desembarcaron después del genovés en 1492 admiraron las culturas mesoamericanas, su desarrollo urbano y arquitectónico, y el comercio de ricos productos. Valores que no fueron justipreciados durante la invasión y conquista, pues sus objetivos y ambición estaban enfocados en el oro y la plata; no en tejidos, frutos, especias, sal e incienso, en función del interés por el enriquecimiento individual. El influjo de la evangelización fue determinante para la gloria de la iglesia, de los reyes católicos y la expansión del imperio.
En términos religiosos, desde el origen de los tiempos, el hombre ha usado productos aromáticos como medio para comunicarse y agradar a sus dioses y ancestros, por lo que en esta región no podía ser de otra manera. Aquí proliferaban y lo siguen haciendo, diversos productos naturales (inciensos) que pueden ser foliculares, maderables o resinas, como el copal que se encuentra en Cahabón y Lanquín, Alta Verapaz; La Palmilla, Izabal y Paxcamán, Petén; así como otros, preparados con trementina de pino y aserrín en varias presentaciones: ensartas, bola, cuilco, guacalito; estoraque, cáscara y palito, que se comercian en los mercados departamentales. Su olor evoca estados mentales que nos acercan a los planos más sutiles de la naturaleza; eleva las plegarias, purifica el recinto sagrado y ahuyenta a los malos espíritus. Su uso dio lugar a la creación de incensarios de cerámica horneada, representados en estelas y códices mayas; lo mismo que en la atractiva cerámica actual. También están las bellas piezas de orfebrería religiosa de la época colonial.
Una costumbre ancestral como la descrita, aunque usted no lo crea, amable lector, es víctima de las mil y una lacras que agobian a mi país. Si esos vicios se deben a simple ignorancia, no lo sé, pero me atrevo a asegurar que su origen tiene herencia independentista, cuando autoridades, criollos e iglesia de la Capitanía General del Reino de Guatemala la acordaron en 1821 y, sin recato alguno asentaron en el Acta: “Que siendo la independencia del gobierno español la voluntad general del pueblo de Guatemala, y sin perjuicio de lo que determine sobre ella el congreso que debe formarse, el señor gefe político la mande publicar ‘para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo’”. Declaración que no deja duda del desprecio por el pueblo, su importancia, deseos e intereses. El resaltado es mío.
Y me respondo: es un privilegio. Y su tratamiento, materia del Ministerio de Cultura y Deportes.
Puntualizo el caso, con las trabas que los artesanos deben salvar ante autoridades de seguridad durante el trasporte desde los lugares en donde cultivan y preparan los inciensos. Los policías decomisan sus productos con pretextos como “áreas protegidas”, “deforestación ilegal” y otros argumentos. Su objetivo: cobrar multas de hasta Q35 mil por tráfico de productos no certificados. Acto de corrupción denunciado frente a autoridades del Organismo Ejecutivo, desde el inicio del presente siglo, sin resultados.
Me pregunto: ¿La multiculturalidad es un privilegio o un lastre para el país? Y me respondo: es un privilegio, y su tratamiento, materia del Ministerio de Cultura y Deportes.
Corresponde a ese Ministerio, desde su presencia en el gabinete de gobierno, instruir a sus colegas de Educación, Agricultura, Ambiente, Desarrollo, Gobernación y otras instancias sobre el patrimonio cultural (intangible en este caso) y su protección. Sobre identidad cultural y respeto a la multiculturalidad para que el Estado finalmente rechace tajante y categóricamente las prevalecientes taras de racismo y discriminación e impida que el lastre de la ignorancia nos siga hundiendo.