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El lado correcto: un dilema guatemalteco para 2026
En una Guatemala cansada, el acto más revolucionario es salir de la indiferencia.
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Vivimos en un mundo que nos empuja a elegir bandos simples: blanco o negro, héroe o villano, orden o caos. La necesidad de dividirlo todo en dos nos da una sensación de control, aunque sea falsa. Pero hay momentos que rompen esa comodidad. En uno de los últimos episodios de The Blacklist, una pregunta queda suspendida como un juicio: “¿Estás seguro de que estás en el lado correcto?”. Lo inquietante es que no la diga un criminal, sino alguien que actúa en nombre de la ley. La frase revela algo más profundo: incluso quienes creen defender el bien pueden perderse en la sombra de sus propias certezas. Y esa duda, que en la serie funciona como un giro dramático, en Guatemala se vuelve un espejo que no podemos evitar.
Para nosotros, la pregunta deja de ser ficción. Se convierte en un recordatorio incómodo de que lo justo, lo legal y lo correcto no siempre coinciden. Muchas veces son fronteras movidas por intereses, no por principios. Nuestras leyes no siempre funcionan como guía moral. A veces son solo un trámite, un obstáculo o un arma. Lo hemos aprendido con dolor. Nuestro sistema legal rara vez protege al ciudadano común. Con frecuencia protege a quienes ya tienen poder, recursos o conexiones. Cuando la ley se utiliza para blindar privilegios, deja de ser brújula. En Guatemala, se puede cumplir con la ley al pie de la letra y aun así actuar de forma profundamente reprobable. Una contradicción que erosiona la confianza y nos obliga a mirar de frente una verdad incómoda: la legalidad no garantiza la justicia.
La pérdida de confianza también nos obliga a revisar nuestras viejas certezas. Durante décadas nos hicieron creer que el “lado correcto” dependía de elegir entre etiquetas ideológicas: capitalismo, socialismo, libre empresa, comunismo. Hoy esas palabras suenan a museo. No explican nuestra crisis, nuestra rabia, ni por qué seguimos atrapados en un ciclo de desconfianza y frustración. La verdadera división ya no es ideológica, es ética. El eje ya no es izquierda o derecha, sino corrupción o integridad. Y esa frontera es más frágil de lo que queremos admitir, porque no se traza en discursos ni en campañas, sino en decisiones cotidianas.
Un recordatorio incómodo de que lo justo, lo legal y lo correcto no siempre coinciden.
En ese terreno, lo “justo” se vuelve escurridizo. Si en la serie de TV la justicia rara vez aparece en los tribunales, aquí el ciudadano sospecha de cualquier sentencia. Y es aquí donde la pregunta inicial se vuelve peligrosa y nos advierte sobre la arrogancia moral. Es fácil ver la mancha ajena mientras es difícil aceptar la propia. El corrupto casi nunca se ve como villano. Siempre tiene una historia que lo justifica, una excusa, una presión, una necesidad. Todos tenemos una narrativa que nos absuelve. Creer que estamos en el lado correcto solo por nuestras simpatías políticas es una forma de ceguera. Y esa ceguera alimenta el mismo sistema que criticamos.
El inicio del año debería empujarnos a revisar nuestra posición con honestidad. Si alimentamos con pequeñas concesiones el sistema que decimos rechazar, el “lado correcto” es solo un espejismo. No basta con indignarse en redes, ni con señalar o votar. La integridad no es un discurso. Es una práctica diaria, una decisión incómoda. Es renunciar a la zona gris donde tantos se acomodan porque ahí nadie exige demasiado.
Mi deseo para este 2026 es simple: que la pregunta nos acompañe fuera de la pantalla. Que dejemos de refugiarnos en consignas y empecemos a auditar nuestras acciones y autoridades. El lado correcto no se hereda, no se proclama, ¡se demuestra! En una Guatemala cansada, el acto más revolucionario es salir de la indiferencia. Que este año elijamos, de verdad, estar del lado de la verdad.