La maravillosa aventura de avistar un quetzal en San Marcos, ave símbolo nacional.
¿Cuántas personas han visto al quetzal? Es considerada un ave sagrada que simboliza la libertad, la luz y la vida, y forma parte de la identidad guatemalteca.
Al no haberlo visto nunca, decido emprender el viaje con siete compañeros de trabajo hacia San Marcos. Tras nueve horas y media, llegamos al Parque Regional Municipal Refugio del Quetzal, en San Rafael Pie de la Cuesta, San Marcos, a 279 kilómetros de la capital, declarado área protegida desde el 2015.
Con varias cámaras profesionales y lentes de gran alcance, nos adentramos en silencio en un bosque nuboso de 43.5 hectáreas, que alberga más de 70 especies de árboles y arbustos, varios tipos de aves y mamíferos, así como más de 10 fuentes de agua y puentes colgantes.



El guía nos advirtió que era difícil observar al quetzal, ya que la mejor época es entre noviembre y abril. Aun así, decidimos aventurarnos a recorrer la reserva durante más de dos horas, mientras nos brindaba información sobre su importancia y los esfuerzos que se llevan a cabo para conservar esta emblemática ave nacional. Luego de dos horas, entre la densa neblina y el disfrute de las cataratas , no logramos ver ningún quetzal y las esperanzas comenzaron a disminuir. Nos dividimos en dos grupos. Yo decidí detenerme por un momento y sentarme sobre una piedra mojada por las cascadas, que intensificaban su color y le daban un brillo natural, acompañado de musgo en algunas partes. Levanté el rostro para deleitarme con el característico olor a tierra mojada, el paisaje y el frío, y para agradecer a Dios la oportunidad de estar allí. También le pedí que, si era su voluntad, nos permitiera ver al menos un quetzal.
Joya entre árboles
Nos reunimos con el otro grupo y comenzamos el camino de descenso. Pero, como dice el dicho, “al mal tiempo, buena cara”, entusiasmados nos preguntamos entre murmullos si alguien había encontrado algo, y varios respondimos con un movimiento de cabeza de lado a lado.Minutos después, el guía dijo: “Aquí hay un quetzal”. Entre nervios y pasos agigantados, algunos compañeros se adelantaron con sus cámaras. Logré escuchar el sonido continuo de los obturadores y una sonrisa comenzó a dibujarse en nuestros rostros mientras me acercaba sigilosamente con mis compañeros, a quienes les pregunté dónde estaba para poder verlo.

Entre la neblina y el silencio, nuestros ojos se maravillan con lo que ven: un destello verde entre las ramas de un árbol. Es nuestra majestuosa ave nacional, que mide entre 35 y 40 centímetros y luce un hermoso plumaje verde, azul y amarillo, con el pecho de un rojo intenso. El quetzal tiene una cola larga, es veloz, elegante y delicado. Mientras los rayos del sol se cuelan entre los árboles, su plumaje parece cambiar de intensidad y reflejar distintos tonos. El quetzal es una especie endémica de Mesoamérica, que se distribuye desde Chiapas y Oaxaca, en México, hasta el centro y oeste de Panamá. Sin duda, aporta un valioso significado ecológico, cultural y social; es un símbolo de la identidad guatemalteca.
El ave vuela y tratamos de seguirla para continuar fotografiándola, pero la perdemos de vista. Caminamos unos kilómetros más y el guía nos indica que hay una hembra, que se distingue por ser más pequeña, tener la cola corta, la cabeza y el pecho grisáceos, y la parte baja del abdomen roja. Luego aparecen varios quetzales machos seguidos y desbordamos de felicidad. Cada uno tiene tiempo para fotografiarlos y, en una ocasión, uno logra vernos directo a la cámara. El momento se convierte en lo más especial del viaje.



El guía nos indica que somos afortunados de haberlos observado, porque en semanas anteriores varios grupos de turistas no lograron verlos. Nos quedamos en silencio para esperar que se acercaran más quetzales, pero, por estar cerca del mediodía, era más difícil que aparecieran. Regresamos a la entrada principal, revisamos el material fotográfico realizado y comentamos que tras buscar las huellas del quetzal, el bosque nos regaló uno de sus secretos escondidos con el ave nacional, momentos que justificaron nuestro viaje y larga espera, siendo un tesoro que debemos valorar y conservar. Somos afortunados de encontrarlos, donde el tiempo se detuvo y logramos congelarlo en estas fotografías.
