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¿Cómo convertimos el mundo en un lugar mejor?
¿Por qué no nos enseñan a ser causa en lugar de efecto? ¿A ser participantes en lugar de espectadores?
La experiencia humana puede ser desafiante. Desde una edad temprana dejamos de ser simplemente nosotros mismos y comenzamos a asumir múltiples roles, cada uno acompañado de expectativas. Los primeros suelen ser “buen hijo” y “buen estudiante”. Luego, la lista crece: “buen hermano”, “buen amigo”, “buen trabajador”, entre otros.
¿Por qué no nos enseñan a ser causa en lugar de efecto? ¿A ser participantes en lugar de espectadores?
Al abrir los ojos cada mañana, ¿qué es lo primero que piensas? ¿“Debo…”? ¿“Tengo que…”? Estas frases, muchas veces automáticas, responden a exigencias internas y externas que rara vez cuestionamos.
Tengo 21 años, lo que significa que la mayor parte de mi vida la he dedicado a ser una “buena” estudiante, hija y amiga. Sin embargo, al cumplir 18 años, me di el tiempo de cuestionar en qué deseaba realmente enfocar mi energía. Me di cuenta de que la plenitud que anhelaba no se encontraba en los roles impuestos, sino en una vida con sentido y dirección.
En términos económicos, la escasez aumenta el valor. Me resulta curioso que, a menudo, como humanos no reconozcamos cuán valiosos son nuestro tiempo y energía. No podemos crear más tiempo; cada persona cuenta con una cantidad incierta y finita. La energía también es limitada: sin ella, no podemos ser ni hacer.
Tomar conciencia del valor de mi tiempo y energía me llevó a un cuestionamiento profundo: ¿Dónde quiero invertir estos recursos tan valiosos? Hacerme esta pregunta me llevó a descubrir dos roles fundamentales que nunca me habían enseñado, pero que transformaron mi visión de la vida.
Ser buena ciudadana: Nos guste o no, nuestro entorno nos afecta y nosotros afectamos a nuestro entorno. Si la realidad en la que vivimos tiene problemas, estos también se convierten en nuestros problemas. Un ejemplo claro es el tráfico: nos afecta a todos, pero también contribuimos a él cada vez que sacamos un auto más a la calle. Al estar inmersos en otros roles, pasamos por alto cómo estos problemas impactan nuestro desempeño diario.
Decidir incluir el rol de “buena ciudadana” en mi vida significó orientar mi energía hacia la contribución. Acciones pequeñas, como escribirle a mi alcalde en redes sociales o tomar decisiones cotidianas con conciencia social me hicieron sentir que mi tiempo estaba bien invertido. ¿Por qué no nos enseñan a ser causa en lugar de efecto? ¿A ser participantes en lugar de espectadores? Quizás, si desde niños nos inculcaran esta mentalidad, habría menos frustración y más compromiso.
Ser buen ser humano: Crecí en un entorno religioso y en una familia con valores, pero no se me planteó de forma concreta que ser un buen ser humano es una elección diaria. No se trata solo de grandes gestos, sino de pequeñas acciones cotidianas: ceder el paso a alguien que necesita cruzar la calle, detenerse a escuchar a alguien que necesita ser escuchado, proteger un árbol en peligro de ser talado o ayudar a un perro callejero.
Descubrí que ser un buen ser humano implica tener la disposición de abrir el corazón en todo momento y de actuar con congruencia de manera consistente.
Esta reflexión me llevó a clarificar mi camino a una edad temprana y es por eso que la comparto.
Si en lugar de enfocarnos solo en los roles tradicionales de “buen hijo”, “buen estudiante” o “buen trabajador” agregáramos “buen ciudadano” y “buen ser humano” a nuestras listas, y estos fueran vistos como prioridades del día a día, ¿cómo cambiaría el mundo? En un país donde 10.6 millones de personas tienen menos de 29 años, estas reflexiones no solo son importantes, sino necesarias. Porque, al final del día, como humanos, no importa solo lo que logramos y las expectativas que cumplimos, sino cómo nos hace sentir la forma en que vivimos y a quiénes tocamos en el camino. Ser, estar y contribuir: ahí reside la esencia de una vida bien vivida.