La incomodidad de este cuento siempre me ha dejado pensando. ¿Qué haría yo? ¿Qué haríamos nosotros?
Una ciudad próspera, armoniosa, llena de felicidad y donde todo parece perfecto. Un paraíso casi. Esa es Omelas. Un lugar donde hay belleza por todos lados, celebraciones y bienestar. No existe conflicto o tensión. Sin embargo, toda esa felicidad depende de una condición.
¿De qué depende realmente? ¿Del buen trabajo de todos? ¿Del buen corazón de los que ahí habitan? ¿De ciudadanos ejemplares?
No.
Omelas, parte del cuento de ficción de 1973 de Ursula K. Le Guin, sostiene su utopía en algo perturbador, pero que definitivamente nos cuestiona moralmente. El esplendor de Omelas requiere que un niño desafortunado viva perpetuamente en la miseria, en condiciones infrahumanas. Esa es la condición para que todo lo demás funcione, y todos lo saben. Algunos habitantes lo visitan, ven el horror y siguen con sus vidas. Se convencen de que el costo, aunque brutal, sostiene un bien mayor. Otros, en cambio, solo se van en silencio y no regresan. Omelas, sin embargo, sigue existiendo.
La incomodidad de este cuento siempre me ha dejado pensando. ¿Qué haría yo? ¿Qué haríamos nosotros?
Guatemala no es Omelas. Pero la lógica de lo que toleramos, de lo que aprendemos a ignorar o justificar, sí es familiar. Aquí también hay arreglos que funcionan para algunos mientras otros cargan con los costos. Y no hablo de esa narrativa simplista de suma cero entre ricos y pobres (que cualquier noción básica de economía desmonta). Hablo de privilegios y abusos de una clase política desconectada del ciudadano que, al final, financia excesos, ineficiencias y, muchas veces, corrupción. Lamentablemente, acá no es un solo niño, son miles los que sufren mientras otros gozan.
Mientras tanto, normalizamos malas decisiones públicas, recursos desperdiciados, instituciones que fallan. “Así ha sido siempre”, repetimos, como si eso resolviera algo.
El dilema no es si estamos satisfechos con lo que hay, es si estamos dispuestos a hacer frente a ello.
Frente a esto, las respuestas de los guatemaltecos se parecen a las de Omelas. Hay quienes se quedan y se adaptan a la cultura de mediocridad, de sacar provecho donde se pueda o aprovecharse. Otros se van (literal y figurativamente) y se desconectan de lo público, ya no participan, abandonan la expectativa de cambio.
Ambas reacciones son entendibles. Pero ninguna construye una verdadera República.
Las reglas y las instituciones son indispensables para la República que queremos, pero no bastan por sí solas. También requiere ciudadanos que no acepten que el costo de la “estabilidad” recaiga siempre en los mismos, ni que unos pocos se beneficien a costa de todos. Eso exige algo más que indignación coyuntural. Exige permanecer.
No permanecer y adaptarse, tampoco permanecer y resignarse. Permanecer con la disposición, a veces, incómoda de cuestionar, involucrarse y hacer cambio. Ese es el punto difícil. El próximo año con las elecciones nos encontramos otra vez en esa decisión difícil y con ella la tentación de siempre: retirarse y desconectarse de todo lo que pase o quedarse sin volverse cómplice, es decir, solo tolerar las campañas, votar sin convicción y esperar que todo resulte más o menos bien.
En el cuento de Omelas, los que se van nunca regresan. No sabemos si encuentran algo mejor o si logran construir algo distinto. Pero lo que queda claro es que su partida no transforma Omelas. El dilema no es si estamos satisfechos con lo que hay, es si estamos dispuestos a hacer frente a ello.
En lugar de adaptarse o abandonar, quizá existe una tercera vía. Quedarse y asumir costos, sostener convicciones y actuar. Implica en esencia valentía cívica para cambiar las cosas cuando muchos no quieren que cambie o solo no les importa.