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El Papa debe ayudar, dando debida atención a su salud

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El Papa debe ayudar, dando debida atención a su salud
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La súbita enfermedad del papa León XIV demuestra lo inesperado de la vida de cualquier ser humano.

Inesperada, dolorosa, preocupante, es la noticia de la extirpación del lóbulo inferior pulmonar del papa León XIV, hecho causante de preocupación, no solo a los 1,400 millones de católicos de todo el mundo, sino a personas quienes lo consideran uno de los seres humanos más importantes, independientemente de lo religioso. Es un adenocarcinoma pulmonar. Su presencia fue anunciada pocas horas antes y atacada de inmediato por médicos de Roma, cuyo informe incluye la palabra maligno, es decir de posible aumento o de metástasis a través de la sangre o el sistema linfático protector del cuerpo contra infecciones. Como dice el dicho, es necesario esperar lo mejor y prepararse para lo peor, pero al mismo tiempo convencerlo de cómo debe actuar.


Ayer mismo se informó oficialmente por el Vaticano de un descanso posoperatorio de una semana y él mismo dijo no estar dispuesto a suspender su viaje a Perú, donde vivió muchos años y lo esperan con todo preparado del 11 al 16 de noviembre. A mi juicio, de ninguna manera es una buena idea. Debe ser convencido de no hacerlo porque sería un esfuerzo demasiado grande, a causa de sus 71 años de vida, la diferencia de 7 horas, el vuelo de unas 15 horas al atravesar el Mediterráneo y el Atlántico, además del territorio de Brasil y Perú, debido al natural e inevitable ajetreo causado por las reuniones con multitudes. Si no se puede, no se puede, y eso debe ser aceptado porque el principal objetivo es mantener su salud en las mejores condiciones posibles.

Manifiesto mi tristeza por esa desagradabilísima sorpresa.


Debido a esto último, lejos de apresurarse en renacer sus condiciones normales, debe darle más tiempo al tiempo. Su cuerpo ya le está enviando mensajes, y uno de ellos es descansar, lo cual no significa estar postrado en un lecho, pero sí reducir sus actividades cotidianas. Para nadie será una sorpresa la constante cobertura de los principales medios de comunicación del mundo acerca del desarrollo de los acontecimientos. Existe una vieja leyenda: en la basílica romana San Pablo Extramuros hay una pintura de cada uno de todos los papas colocadas en las columnas y otros lugares. Ya solo quedan seis espacios, y el fin del mundo ocurrirá cuando ya no haya ninguno.


La situación mundial provoca la necesidad y absoluta conveniencia del valiente actuar de hombres —y mujeres también— valiosos para enfrentar las diversas, contradictorias y constantes manifestaciones del bien y el mal, en el sentido más claro de esos conceptos. Desde el nacimiento y primer uso de la bomba atómica en 1945, nació la posibilidad de la destrucción del planeta. La proliferación de países poseedores de este artefacto, el equilibrio de fuerzas en las grandes potencias se debe al temor del fin de la vida humana y la muerte de los seres vivos del reino animal o del vegetal. Se necesita la fuerza ética y moral de personas como el Sumo Pontífice, cuya fuerza no reside en las armas bélicas, sino en los valores eternos, no en los supuestos avances de esta época.


Los rezos de los millones de católicos del mundo deben contener dos ruegos: uno, el mejoramiento definitivo de la salud del papa Robert Prevost, y dos, por fe solicitar la intervención divina para convencerlo de su obligación de aceptar esa enfermedad y sus requerimientos para sanar, sabedor de la dificultad para el trabajo de quienes deban cuidarlo, si se coloca en una actitud difícil. Ayuda a lograrlo la fuerza indudable de las oraciones, y si constituyen millones de fieles simplemente orando, apoya más. Para finalizar, manifiesto mi tristeza por esa desagradabilísima sorpresa, prueba de qué es lo único necesario para la debilitación de la salud, nunca garantizada y sujeta a la voluntad del Ser Supremo, manifestado a la humanidad hace dos mil años.

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