Mi hija va a recibir…
No sé cómo será Guatemala cuando mi hija sea adulta.
¿Qué cambia cuando sabes que, dentro de ti, está creciendo una persona que algún día tendrá sus propias preguntas, sus propias decisiones y su propia manera de mirar el mundo?
Hoy estoy esperando una vida nueva. Una niña que todavía no conoce este país, pero que algún día caminará por sus calles, conocerá sus volcanes, escuchará sus historias y descubrirá, como todos nosotros, sus luces y sus heridas. Y mientras ella crece dentro de mí, yo también comienzo a mirar Guatemala de otra manera. Ya no pienso solamente en el país que me tocó vivir. Pienso en el país que ella va a recibir.
Durante años he creído que la educación puede cambiar una vida. Que la participación ciudadana no debería aparecer únicamente cuando llegan las elecciones. Que una sociedad cambia cuando sus personas deciden involucrarse, escuchar, aprender, organizarse y abrir caminos para quienes vienen detrás. He trabajado desde esas ideas, incluso cuando parecía que los resultados tardaban demasiado en llegar.
Hoy esas mismas convicciones tienen un rostro: el rostro de mi hija.
Por eso deseo una Guatemala distinta para ella. Una Guatemala donde una niña pueda crecer sabiendo que su origen no determina su destino. Donde estudiar no sea un privilegio reservado para unos cuantos, sino una posibilidad real. Donde las oportunidades no dependan del lugar donde nació, del apellido o de cualquier tipo de circunstancias…
Quiero que primero pueda ser niña. Que juegue, que aprenda, que imagine. Y que cuando llegue el momento, pueda escoger qué quiere hacer con su vida. Deseo que ser mujer no signifique renunciar a sus propios sueños.
Quizá por eso hoy pienso que la maternidad también es una forma de esperanza.
También quiero heredarle raíces: deseo que conozca los pueblos de Guatemala, sus tejidos, sus idiomas y sus memorias, mostrando respeto por quienes estuvieron antes que nosotros.
Que entienda que este país no cabe en una sola historia ni pertenece a una sola manera de verlo. Que pueda amar Guatemala sin idealizar la nación y que posea la capacidad de cuestionar, con fuertes convicciones que la vinculen a la tierra que la vio nacer. Porque también deseo que sea una ciudadana. No solamente una persona que algún día vote, sino alguien que entienda que la ciudadanía comienza mucho antes y continúa mucho después de una elección. Que sepa que ayudar a construir una comunidad también es hacer país.
Que escuchar a otra persona, defender un derecho, enseñar, abrir una oportunidad o participar cuando sería más fácil quedarse al margen también transforma una sociedad.
Quizá por eso hoy pienso que la maternidad también es una forma de esperanza. No una esperanza ingenua, de esas que esperan que las cosas cambien solas, sino una esperanza que obliga a preguntarnos qué estamos haciendo mientras esperamos. No sé cómo será Guatemala cuando mi hija sea adulta. No sé qué problemas tendrá que enfrentar ni qué país encontrará cuando llegue el momento de recorrerlo con sus propios pasos. Pero sí sé que no quiero quedarme esperando que alguien más construya la Guatemala que sueño para ella.
Quiero hacer mi parte, porque he aprendido que las grandes transformaciones también comienzan en lugares pequeños: en una escuela, en una comunidad, en una conversación, en una persona que decide participar, en una madre que educa a su hija para que sepa que su voz importa.
Hoy una nueva vida comienza dentro de mí. Y con ella comienza también una nueva manera de mirar el futuro.