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Qué cambiará con el Mundial 2026 y por qué marcará una nueva era en la historia del fútbol
Entre estadios, migración y redes sociales, el próximo Mundial plantea un escenario inédito y deja lecciones clave para países que aún sueñan con clasificar. En entrevista, Rafael Tinoco analiza el impacto cultural, político y deportivo que trasciende la cancha.
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El Mundial 2026 marcará un antes y un después en la historia del futbol: será el primero con 48 selecciones y se disputará en tres países —Estados Unidos, México y Canadá—, con una magnitud logística y mediática sin precedentes.
Más allá del espectáculo deportivo, el torneo plantea debates sobre infraestructura, migración, cultura, economía y desarrollo del fútbol en regiones que aún buscan consolidarse.
En esta entrevista, Rafael Tinoco, expresidente de la Unión Centroamericana de Futbol (UNCAF) analiza el impacto global del evento y aterriza la conversación en Guatemala: las limitaciones estructurales, los retos mentales del jugador, el papel de la juventud y los procesos que el país debe asumir si quiere aspirar, algún día, a clasificar a una Copa del Mundo.
¿Qué se puede esperar del Mundial 2026 con su nueva estructura y formato ampliado?
Me impresiona y entusiasma ver un Mundial con 48 equipos y múltiples sedes en Estados Unidos, México y Canadá. Esta estructura rompe la dimensión tradicional del torneo y lo convierte en un evento aún más grande. Ya era el mayor evento deportivo del mundo, y ahora su alcance será mayor.
No se trata solo de los estadios, sino de la fiesta que se generará en las ciudades sede y a nivel global. El impacto se sentirá en todos los países participantes. Basta ver casos como Curazao o Surinam: naciones pequeñas que, al clasificar, se paralizan por completo.
¿Cree que el Mundial 2026 tendrá un impacto que trascienda el torneo y se proyecte hacia el futuro?
Sí, es un Mundial que va a trascender por su magnitud. Para la FIFA representa un reto organizativo enorme, por la logística y todo lo que implica un torneo con esta cantidad de equipos y sedes. Durante ese mes, el futbol dominará la conversación pública: tendrá una cobertura total y será el centro de atención, incluso para quienes no siguen el deporte.
Ese impacto hace que, al menos durante el torneo, la atención se concentre en el futbol. Aunque el evento termina, deja un efecto que impulsa al siguiente Mundial. El crecimiento del torneo ha sido constante y esta edición, por su escala, marca una nueva dimensión. Habrá que ver cómo la FIFA organiza todos los elementos adicionales que se han mencionado, como espectáculos y actividades previas, para entender hasta dónde llega esa transformación.
¿Qué cambios culturales genera un Mundial durante el evento y qué impacto deja después en las sociedades que lo albergan?
El impacto cultural y organizativo depende mucho de cada país, pero sí hay efectos que permanecen. La infraestructura deportiva queda y también el aprendizaje en organización, y eso luego se traslada a otros deportes.
En Guatemala ocurrió algo similar con el Mundial de Futsal 2000. Antes no había sede ni espacios adecuados, y después del evento se desarrolló infraestructura, como el domo, lo que permitió que el país se posicionara a nivel regional en futsal dentro de Concacaf. Eso es lo principal que queda: infraestructura y capacidad organizativa.
En el plano cultural, la gente se adapta y respeta las reglas del evento. Aunque es un torneo muy grande y siempre existen riesgos o problemas, estos se resuelven porque la planificación es extensa. FIFA organiza estos eventos con muchos años de anticipación: se definen rutas, transporte, hoteles, seguridad, fan fest y protocolos ante distintos escenarios. Hay coordinación entre policías y fuerzas de seguridad de distintos países para que el evento funcione. Los riesgos asociados al fanatismo están contemplados y para eso existe preparación previa.

El Mundial es un evento que puede unir, pero también generar tensiones entre naciones. ¿Cuál es su percepción sobre ese fenómeno?
Los conflictos entre aficionados durante un Mundial son mínimos si se comparan con los que se dan en ligas o partidos entre clubes. El ambiente es distinto. Basta ver el momento en que se abren las puertas de los estadios: se percibe la ilusión de personas que planificaron durante meses cómo conseguir boletos, hospedaje y transporte para vivir la experiencia, sin importar si juega su selección o el equipo que quieren ver.
Horas antes del partido, la gente ya está reunida en actividades previas alrededor de los estadios. La actitud cambia, incluso en los países sede. Se ha visto en contextos complejos, como Rusia o Canadá, donde normalmente los trámites de ingreso son estrictos, pero durante el Mundial el entorno se transforma.
También ocurre con las normas locales. En Qatar, pese a las restricciones culturales, los aficionados se adaptaron, respetaron las reglas y el orden. El Mundial modifica el comportamiento colectivo y genera un ambiente de convivencia poco común en otros eventos deportivos.
¿De qué manera el fenómeno migratorio ha contribuido a enriquecer el futbol a nivel mundial?
La migración ha ampliado y fortalecido el futbol. Se vio claramente en Alemania 2006, cuando la selección alemana ya incorporaba jugadores de origen migrante, lo que ayudó a romper paradigmas que antes eran un tabú. Hoy las selecciones utilizan todos sus recursos y convocan a los mejores jugadores disponibles para competir al más alto nivel, algo que ya no genera cuestionamientos como en el pasado.
En los últimos Mundiales, este tema ha dejado de ser un obstáculo. Además, la FIFA ha sido firme en la lucha contra el racismo: existen protocolos claros, advertencias a los aficionados y la posibilidad de detener los partidos. Si las conductas persisten, incluso se puede cancelar un encuentro. Aunque no fue fácil implementar estas medidas, el proceso avanza y ha contribuido a frenar este tipo de ataques.
“El Mundial modifica el comportamiento colectivo y genera un ambiente de convivencia poco común en otros eventos deportivos”
-Rafael Tinoco
Estados Unidos será una de las sedes del Mundial. ¿Cómo observa el contexto migratorio y la participación de aficionados ante las políticas actuales en ese país?
Las políticas migratorias de Estados Unidos son actualmente estrictas, pero el Mundial es una fiesta y, mientras la gente se comporte, el evento debería desarrollarse con normalidad. No parece un escenario para operativos como redadas durante el torneo.
El contexto político hace que el tema sea sensible, pero no considero que durante el Mundial ocurra algo fuera de lo previsto. Si a algún aficionado no se le permite el ingreso, será por razones específicas. Hoy los controles comienzan incluso antes del viaje: para otorgar una visa se revisan antecedentes y hasta redes sociales. En ese sentido, es preferible un entorno seguro dentro de los estadios.
La seguridad en los Mundiales es muy alta. Desde la compra del boleto y la asignación del Fan ID, los aficionados pasan por procesos de verificación estrictos. Estos eventos no pueden permitirse fallas en ese aspecto, y por eso el control es exhaustivo desde el inicio.
¿Cómo participa hoy la juventud en el futbol, tanto desde el rol de deportistas como desde el de aficionados?
La participación de la juventud se da en dos ámbitos distintos. Por un lado, está el deportista: el niño o joven que sueña con llegar a una selección, que sabe que existe una posibilidad y se esfuerza por mantenerse en su equipo, en su liga y en sus torneos. Ese sigue siendo un camino claro.
Por otro lado, está el joven aficionado, cuyo rol ha cambiado con las redes sociales. Antes el fanático iba a ver el partido; hoy busca estar, compartir y formar parte de la experiencia. El entorno mediático y digital es muy fuerte y ha transformado la forma de consumir futbol. Ahora los partidos se pueden ver en cualquier momento desde un teléfono, algo impensable antes, cuando había que adaptarse a horarios fijos de radio o televisión.
Este nuevo escenario ha llevado al futbol a otra dimensión. Los departamentos de redes sociales de la FIFA son enormes y los jugadores se convierten en superestrellas, como se ha visto con el efecto Messi.
¿Qué representa ganar el trofeo de la Copa del Mundo para jugadores, aficionados y países?
Para un jugador y para un aficionado, no hay nada comparable a ser campeón del mundo. Se pueden ganar otros torneos, como la Champions League o copas regionales, pero el título mundial tiene un valor distinto. El campeón del mundo es campeón del mundo, y ese logro marca un ciclo de cuatro años. Es un momento único.
Además del prestigio deportivo, el país ganador recibe premios económicos millonarios que suelen reflejarse en infraestructura deportiva. Para los jugadores, ganar una Copa del Mundo los coloca en otro nivel: su vida cambia, se convierten en figuras mediáticas y aumentan de forma significativa su valor en el mercado. Las ofertas que reciben se multiplican y, desde ese momento, se les trata de manera diferente por haber alcanzado el máximo logro del futbol.
Más allá de la duración del torneo, ¿qué repercusión económica deja un Mundial y cómo impacta en países como Guatemala?
En el caso de Guatemala, el impacto posterior es limitado y se concentra más en el gasto y el consumo durante el evento. Ya se habla de fondos de inversión vinculados al futbol, y la FIFA ha impulsado mecanismos junto con países sede futuros, como Arabia Saudita, para el desarrollo de estadios. Para países como el nuestro, esto debería ser una señal para invertir y mejorar la infraestructura deportiva, que es uno de los grandes déficits y una de las razones por las que no se logra clasificar a un Mundial.
La infraestructura es un problema serio: desde las condiciones de los estadios hasta el tipo de grama necesaria para el alto rendimiento, estamos muy lejos de los estándares internacionales.
En términos económicos, habrá más gasto, pero también mayor consumo. Restaurantes y bares se verán beneficiados, especialmente porque el Mundial se jugará en nuestra zona horaria, con varios partidos diarios desde la mañana hasta la noche. Ese movimiento económico será fuerte durante el torneo, y aún más evidente en los países clasificados y en las sedes mundialistas.

¿Por qué la infraestructura deportiva es uno de los principales obstáculos para que Guatemala pueda aspirar a un Mundial?
Centroamérica no tiene la capacidad para albergar un Mundial, y en el caso de Guatemala el problema es más evidente. Nuestros estadios fueron construidos entre las décadas de 1950 y 1970, y ya no cumplen con los requerimientos que exige un evento de esta magnitud.
Además, la infraestructura no se limita al estadio. FIFA evalúa aspectos clave para los jugadores, como vestuarios adecuados, tipo de grama, salas de prensa, atención a áreas VIP, control de flujos de personas, transporte público y conectividad entre sedes. En otros países, como Brasil, estas exigencias implicaron inversiones específicas, como líneas de transporte específicas.
Guatemala no cuenta con esa capacidad: ni en estadios, ni en hoteles, ni en sistemas de transporte para recibir grandes volúmenes de visitantes. La infraestructura deportiva quedó estancada en el tiempo y, a nivel centroamericano, solo Belice presenta condiciones similares. El resto de países de la región ya superó a Guatemala en este aspecto.
¿Y esto cómo afecta en el tema de clasificación de los jugadore a un mundial?
La infraestructura incide directamente en las eliminatorias. Si un jugador está acostumbrado a jugar en campos en mal estado, no está preparado para competir en terrenos de primer nivel. La grama, por ejemplo, debe ser híbrida, bien balanceada y de alta calidad.
Esa infraestructura es la que marca el desarrollo de un país. En el caso de Guatemala, el futbol refleja ese estancamiento.
Pensando en el futuro, ¿qué acciones concretas debe tomar Guatemala para aspirar a clasificar a un Mundial?
Clasificar a un Mundial es un proceso de largo plazo. Un primer paso acertado ha sido buscar jugadores guatemaltecos o con posibilidad de obtener el pasaporte en Estados Unidos, y ese trabajo debe continuar. Pero no se trata de apostar a un ciclo de cuatro años. Para llegar a un Mundial hay que clasificar selecciones Sub-17, Sub-20 y Sub-23, e incluso a los Juegos Olímpicos. Ese es el camino.
Guatemala debe entender que no se trata de desearlo, sino de construirlo. Los jugadores tienen que creer que es posible, y ahí existe un problema importante: el aspecto mental.
Hoy lo que ocurre es que Guatemala suele caer ante rivales más pequeños. Es un problema de mentalidad. Hay que trabajar psicológicamente al jugador, convencerlo de que puede competir y sostener ese proceso en el tiempo.
También es clave dar seguimiento a los futbolistas que ya han participado en torneos juveniles mundialistas. Esos jugadores deben convertirse en referentes para las siguientes generaciones. En otros países, como Colombia, varios futbolistas de selecciones Sub-20 fueron contratados en el extranjero; en Guatemala eso no está ocurriendo. Para crecer, los jugadores deben salir a competir fuera del país y profesionalizarse en otras ligas.
Finalmente, se debe invertir mejor en infraestructura deportiva. Recursos existen, pero el problema está en la ejecución. Sin instalaciones adecuadas, sin procesos juveniles sólidos y sin un trabajo serio en lo mental, no es realista pensar en llegar a un Mundial de forma inmediata.